Adviento con María

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2021.

Dios se enamoró de la humildad de María

El mes de diciembre, si bien culmina con la deseada celebración de la Navidad, litúrgicamente está marcado por el Adviento, tiempo de gozosa preparación para vivir el nacimiento del Emmanuel, el Dios con nosotros. En este tiempo litúrgico destaca la presencia de la Virgen María, a la que celebramos en su Inmaculada Concepción y en Nuestra Señora de Guadalupe, y a la que invocamos de modo especial como Madre de la esperanza.
Ella, sin eclipsar al Sol naciente, su Hijo, ilumina nuestro camino desde la sencillez de su vida al servicio de los demás. Un momento privilegiado que así lo refleja fue la Visitación a su prima Isabel, en el que de sus labios brotó el Magníficat. El papa Francisco nos comentaba la idea central de este cántico el pasado 15 de agosto.

¡Una foto de María!
Queridos hermanos y hermanas, en el Evangelio de hoy destaca el Magníficat. Este canto de alabanza es como una «fotografía» de la Madre de Dios. María «se alegra en Dios. ¿Por qué? Porque ha mirado la humildad de su sierva», así lo dice (cf. Lc 1,47-48).

La humildad es el secreto de María. Es la humildad la que atrajo la mirada de Dios hacia ella. El ojo humano busca siempre la grandeza y se deslumbra por lo que es ostentoso. Dios, en cambio, no mira las apariencias, Dios mira el corazón (cf. 1Sam 16,7) y le encanta la humildad. La humildad de los corazones le encanta a Dios. Hoy, mirando a María, podemos decir que la humildad es el camino que conduce al Cielo.

La palabra «humildad», como sabemos, viene del latín humus, que significa «tierra». Es paradójico: para llegar a lo alto, al Cielo, es necesario permanecer bajos, como la tierra. Jesús enseña: «El que se humilla será exaltado» (Lc 14,11). Dios no nos exalta por nuestros dones, riquezas, o por las habilidades, sino por la humildad. Dios está enamorado de la humildad. Dios levanta a quien se abaja, levanta a quien sirve. En efecto, María no se atribuye más que el «título» de sierva, servir: es «la esclava del Señor» (Lc 1,38). No dice nada más de sí misma, no busca nada más para sí misma. Solamente ser la sierva del Señor.

Entonces, hoy podemos preguntarnos cada uno de nosotros en nuestro corazón: ¿cómo está mi humildad? ¿Busco ser reconocido por los demás, reafirmarme y ser alabado, o más bien pienso en servir? ¿Sé escuchar, como María, o solo quiero hablar y recibir atención? ¿Sé guardar silencio, como María, o siempre estoy parloteando? ¿Sé cómo dar un paso atrás, apaciguar las peleas y las discusiones, o solo trato siempre de sobresalir? Pensemos en estas preguntas, cada uno de nosotros. ¿Cómo está mi humildad?

Necesitados de Dios
María, en su pequeñez, conquista primero los Cielos. El secreto de su éxito reside precisamente en reconocerse pequeña, en reconocerse necesitada. Con Dios, solo quien se reconoce como nada es capaz de recibirlo todo. Solo quien se vacía es llenado por Él. Y María es la «llena de gracia» (v. 28) precisamente por su humildad. También para nosotros, la humildad es el punto de partida, siempre, es el comienzo de nuestra fe. Es esencial ser pobre de espíritu, es decir, necesitado de Dios. El que está lleno de sí mismo no da espacio a Dios, y tantas veces estamos llenos de nosotros, pero el que permanece humilde permite al Señor realizar grandes cosas (cf. v. 49).

El poeta Dante se refiere a la Virgen María como «humilde y más elevada que una criatura» (Paraíso, XXXIII, 2). Es hermoso pensar que la criatura más humilde y elevada de la historia, la primera en conquistar los cielos con todo su ser, cuerpo y alma, pasó su vida mayormente dentro del hogar, pasó su vida en lo ordinario, en la humildad. Los días de la Llena de gracia no tuvieron mucho de impresionantes. A menudo se sucedieron iguales, en silencio: por fuera, nada extraordinario. Pero la mirada de Dios permaneció siempre sobre ella, admirando su humildad, su disponibilidad, la belleza de su corazón, nunca tocado por el pecado.

Mensaje de esperanza
Este es un gran mensaje de esperanza para nosotros; para ti, para cada uno de nosotros, para ti que vives las mismas jornadas, agotadoras y a menudo difíciles. María te recuerda hoy que Dios también te llama a este destino de gloria. No son palabras bonitas, es la verdad. No es un final feliz artificioso, una ilusión piadosa o un falso consuelo. No, es la verdad, es la pura realidad, viva y verdadera como la Virgen Asunta al Cielo. Celebrémosla con amor de hijos, celebrémosla gozosos pero humildes, animados por la esperanza de estar un día con ella en el Cielo.
Y ahora pidámosle a ella que nos acompañe en el camino que conduce de la Tierra al Cielo. Que ella nos recuerde que el secreto del recorrido está contenido en la palabra humildad. No olvidéis esta palabra, y que la Virgen nos la recuerde siempre. Y que la pequeñez y el servicio son los secretos para alcanzar la meta, para alcanzar el Cielo.

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.