Enseñanzas de san Manuel (noviembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2021.

La Santísima Trinidad, misterio de amor

Existen suaves colinas, altas montañas y cumbres excelsas que nos elevan a lo más alto. Cuando hablamos de la Santísima Trinidad, el Misterio más sublime, fundamental, de nuestra fe cristiana, nos asemejamos a los alpinistas que intentan escalar el Everest a la luz del Sol divino, el único que puede hacer posible el ascenso. Y en esa cumbre bendita, el paisaje más bello que podemos contemplar es la relación de la Virgen María con las Tres Divinas Personas. ¡Oh Misterio de amor! ¡Del amor de Dios a su criatura y de la criatura a su Dios! (Las cifras entre paréntesis remiten al número de Obras Completas de san Manuel González).
Dice san Maximiliano Kolbe: «Del Padre, a través del Hijo y del Espíritu Santo, desciende cada acto de amor de Dios… El vértice del amor de la creación que regresa a Dios es la Inmaculada, el ser sin mancha de pecado, toda hermosa, toda de Dios» (Para un libro, n. 1310: Escritos, Roma 2003; cf. n. 1320).

San Manuel es uno de los santos alpinistas que ha subido al Everest y ha sabido extasiarse ante el panorama de la «Hija, Madre y Esposa de Dios». Dedicaremos tres artículos a presentar sus intuiciones. Iniciamos el primero con sus enseñanzas sobre la Santísima Trinidad.

1. Todo en una frase
Con una sola frase, san Manuel es capaz de decir muchísimo. Veamos cuatro ejemplos en campo trinitario.

1.1. Presencia del Padre y el Espíritu Santo en la Eucaristía
La Eucaristía es el tema de san Manuel. En al menos tres ocasiones lo une al Misterio de la Santísima Trinidad, afirmando la presencia del Padre y el Espíritu Santo en la Eucaristía.

En primer lugar, en un texto sublime sobre la Eucaristía como Credo abreviado encontramos, en una sola frase, una enseñanza de primer orden tanto desde el punto de vista trinitario como eucarístico: «En la Eucaristía están, no escritos sino vivientes, los dogmas fundamentales: la Trinidad, porque en donde está el Hijo, están el Padre y el Espíritu Santo» (1461).

El alcance de esta afirmación es inefable: en el Sagrario no solo está Jesús realmente, sacramentalmente presente, sino también, en Él, el Padre y el Espíritu Santo por el misterio de la circumincesión (o sea, la presencia o inhabitación recíproca de las Tres Personas de la Trinidad: Catecismo de la Iglesia Católica, n. 255). Solamente el Hijo está sacramentalmente presente en la Eucaristía con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Pero cuando visito a Jesús en el Sagrario, en el Hijo también encuentro al Padre y al Espíritu Santo, porque los tres son inseparables.

Nadie duda que la Eucaristía es «la fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11); pero san Manuel, con una claridad y profundidad divinamente inspiradas, muestra todo lo que significa esa centralidad absoluta de la Eucaristía: «Creer en la Eucaristía es creer en todo el Credo», porque «en ella están, no escritos sino vivientes, los dogmas fundamentales» de la fe cristiana: la Trinidad, la Encarnación y Redención, la Iglesia, el cielo y la comunión de los santos… «¡Credo abreviado y vivo de mi Sagrario!» (2159).

Otro texto semejante, más detallado en su explicación de todo lo que encontramos en el Sagrario, lo ofrece en un contexto muy diferente: su explicación sobre lo que debe ser una María: «ante todo una enterada del Sagrario […] por dentro y por fuera […] ¡Enterada de que el Sagrario por dentro tiene a todo Jesús y de que por fuera tiene a todo lo de Jesús!» (o sea, el universo entero). Sobre el Sagrario por dentro, dice: «Enterada de que el Sagrario por dentro tiene a Jesús, Dios y Hombre verdadero, Hijo de Dios y de santa María Virgen. Por tener a Jesús Dios, tiene al Padre Dios y al Espíritu Santo Dios y, en torno de las tres divinas Personas, a toda la corte de ángeles y de santos del cielo, y por tener a Jesús Hombre sacrificado, todos sus méritos de Redentor» (612; cf. 411, 2160, 5225).

El que se entera de esta verdad, anhelará con toda el alma convertirse en una María o un Juan, y comprenderá la importancia, urgencia y perennidad del apostolado que cumplen.

Por último, al final de El Rosario sacerdotal, en el «Examen práctico sobre mi Padrenuestro», al referirse a la afirmación: «que estás en el cielo», indica que el Padre está en todas partes, «pero de modo singular en tres cielos»: «en el cielo empíreo» con los bienaventurados, «en el alma limpia» y «en el Santísimo Sacramento, pues que está en él real y verdaderamente su Hijo Sacramentado y siendo uno con su Padre y su Espíritu Santo no pueden separarse» (2629). La originalidad y fecundidad teológica de san Manuel no dejan de sorprendernos. ¿A quién se le hubiera ocurrido relacionar el «Padre nuestro que estás en los cielos» con la Eucaristía? ¡Qué bello y consolador es pensar que cuando rezo el Padrenuestro frente al Sagrario, al decir «Padre nuestro que estás en los cielos» estoy diciendo también: Padre nuestro que estás tan cerca de mí aquí en el Sagrario!

Por tanto, no es exagerada la afirmación categórica de san Manuel: «A más frecuencia de Sagrario, más cristianismo; a menos Sagrario, menos cristianismo» (46). Si la Eucaristía es «el más abreviado y más completo de los catecismos», un catecismo «no de papel impreso, sino de carne palpitante» (1461); si en ella encontramos «vivientes» las verdades fundamentales de nuestra fe, incluyendo a la Santísima Trinidad; entonces ¡qué dichosos seremos si nos volvemos unos enterados del Sagrario!

1.2. La Trinidad en nuestra alma
Luego de ver estos textos tan sublimes sobre la presencia de toda la Trinidad Santa en el Sagrario, veamos ahora dos que afirman su presencia en nosotros.

Jesús dijo en la Última Cena: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y a él vendremos y en él haremos morada» (Jn14,23) y san Pablo nos confirma que «somos templos del Espíritu Santo» (1Cor 3,16; 6,19). En una «Aspiración» de su Decenario al Espíritu Santo dice san Manuel: «Aspiración: Conocer, estimar y no perder por nada la morada del Espíritu Santo en nuestra alma limpia, en unión del Padre y del Hijo…» (5316).

Esta aspiración, sobre todo dado que se trata de un ejercicio de piedad en honor del Espíritu Santo, pudo haber quedado en no perder la morada «del Espíritu Santo», pero san Manuel agrega «en unión del Padre y del Hijo». Es la misma afirmación que hizo hablando del Sagrario: no encontramos solamente a Jesús, sino también al Padre y el Espíritu Santo; no es solo el Espíritu Santo el que mora en nosotros, sino también el Padre y el Hijo.

1.3. Reinado de la Santísima Trinidad en nosotros
La segunda petición del Padrenuestro: «Venga a nosotros tu reino» significa para san Manuel pedirle al Padre Dios «el modo mejor y más agradable de glorificarle», el cual sería que «nos conserve siempre en la vida sobrenatural de la gracia» (2634).

Es común hablar en teología espiritual de la necesidad de nuestra transformación en Cristo y de ser movidos en todo por el Espíritu Santo (Rm 8,14). San Manuel lo expresa en términos trinitarios, anhelando que al vivir en gracia de Dios, «llegue a una unión tan íntima con Él, que por ella mi alma sea transformada en Dios y sea movida en todo por la Trinidad Santísima, que reinará en mí sin encontrar resistencia» (2634).

De nuevo una interpretación trinitaria del Padrenuestro. Al explicar «Padre nuestro que estás en los cielos» habló de tres cielos, incluyendo el alma en gracia y el Santísimo Sacramento, pues al estar en él el Hijo Sacramentado, están también su Padre y su Espíritu Santo. Aquí habla del alma «transformada en Dios y movida en todo por la Santísima Trinidad», para que la Trinidad «reine en ella sin resistencia».

1.4. Dejar a la Santísima Trinidad «cesante»
Jesús nos advirtió que «sin Él no podemos hacer nada» (Jn 15,5). Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta aceptarlo! San Manuel dijo algo ciertísimo: «Si lo bueno que esperamos, si lo que ha de traer el reino de la justicia y de la caridad sobre esta sociedad pagana, no lo hemos de sacar del Sagrario, esperad sentados, propagandistas y hombres de acción, esperad sentados» (3778; cf. 3771-3777).

En términos trinitarios nos dice lo mismo con una frase lapidaria y original a la vez: «Y qué le queda a un apóstol de Jesús y a su obra si despide de ella a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo? Para él, la cesantía más vergonzosa, y para su obra, el fracaso más ignominioso. Ni más ni menos» (4768; cf. 4758-4767).

2. Todo en un párrafo
He aquí verdades trinitarias expresadas de manera insigne en un párrafo que se pueden meditar muchas veces, sacando gran provecho.

2.1. La gloria de Dios
El ser humano fue creado para glorificar a Dios. Muchas personas hoy no comprenden por qué se deba rendir gloria a Dios ni ven ningún sentido en ello. Si nos detuviéramos a reflexionar quién es Dios, contempláramos las maravillas de su creación, ahondáramos en la grandeza del ser humano, creado a su imagen y semejanza (Gén 1,26-28) y leyéramos y releyéramos las páginas del Evangelio, que nos revelan su amor y misericordia infinitos, llevados hasta el extremo de la Encarnación y muerte en cruz, el glorificar a Dios se nos volvería una reacción natural y gozosa. La glorificación de Dios es en realidad el ápice del amor. «Te adoro», le dice el esposo a la esposa; la madre al hijo. Pero solo en el caso de Dios lo podemos decir con toda propiedad. Si amáramos a Dios como lo aman los santos, glorificarlo y verlo glorificado sería nuestra felicidad más grande. Tal es el caso de san Manuel. Ofrecemos solo un ejemplo.

Muchas veces explica cómo la Eucaristía es el acto más perfecto de culto que podemos rendirle a Dios. Por eso, celebrar la Misa es lo más grande que puede hacer un sacerdote. En este contexto sintetiza por qué debemos glorificar a Dios: «Ésa es la gran obra del sacerdote en el Altar […] dar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador, Conservador, Redentor y Glorificador el culto de alabanza, gratitud, reparación e impetración que tiene derecho a recibir por ser quien es, por habernos dado lo que nos ha dado, por haber sido ofendido por nuestra vileza y por querer lucir su misericordia en nuestra miseria» (5252).

San Manuel anhela que sacerdotes y fieles comprendan que «el primer fin esencial» de la santa Misa es «la adoración digna y adecuada de Dios por la oblación real del Sacrificio del cuerpo físico y místico de su Hijo», tal como es expresado por el gesto del celebrante de alzar la Hostia y el Cáliz y pronunciar la doxología con que termina el Canon. Y concluye: «Por la Misa, por cada Misa, recibe la Trinidad augusta todo honor y gloria» (5257).

Se hace tres preguntas: ¿adoran y enseñan a adorar los sacerdotes por medio de la actitud con que celebran la santa Misa?; «¿se dan los fieles por enterados con su actitud recogida, su silencio externo e interno de que con su Misa están dando a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo todo honor y gloria?; si un infiel, que no supiera nada de la Misa ni del culto cristiano, entrase en un templo al tiempo de la Misa […] ¿deduciría por lo que vieran sus ojos que aquello era el acto más grande y solemne con que aquellos hombres y aquellas mujeres estaban dando todo honor y gloria a Dios?» (5258).

2.2. La obra de la redención
Un tema que desarrolla san Manuel en varias obras es «lo que da, lo que busca, lo que encuentra el Corazón de Jesús por y en las almas». En el siguiente texto, que es una síntesis estupenda del Evangelio cristiano, lo expresa en términos trinitarios: «La caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo buscando el alma perdida del hombre por medio del Hijo Encarnado, crucificado, resucitado y Sacramentado y la libertad del alma para dejarse encontrar o seguir perdida: ¿no son los extremos del eje en torno del cual giran nuestra religión, nuestro culto y nuestra teología? ¿No es ésta la síntesis de cuanto creemos, esperamos, amamos, guardamos y recibimos?» (5211).

2.3. En qué consiste la vida espiritual
En términos totalmente Trinitarios, san Manuel ofrece una síntesis perfecta de lo que es la vida espiritual a la cual todos estamos llamados. Nada queda por agregar: «Rezando y cantando la doxología, hay que adorar a esta Trinidad que nosotros confesamos. Conocer a Dios y adorarlo es el principio de la vida del espíritu. Confesar a la Santísima Trinidad, este misterio íntimo de la vida de Dios, es la iniciación en la vida sobrenatural. Progresar en la confesión, reverencia y adoración de este misterio, es el progreso en esta vida. Predicarlo y aplicar su virtud soberana a las almas, es el misterio sacerdotal y apostólico. Contemplar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, debe ser su consumación inefable» (2655).

2. 4. La gracia
Hoy muchos cristianos no tienen claro qué es la gracia ni su importancia fundamental. En un párrafo, san Manuel explica su origen, la parte que le toca a la Iglesia y nuestra correspondencia a ella en términos cristológicos que no olvidan a las otras dos personas divinas: «Nuestra gracia, pues, viene de Jesús, que en cuanto Dios, es autor y fin de la gracia en unidad con el Padre y el Espíritu Santo y en cuanto Hombre es modelo y precio de la gracia […] Su Corazón de carne hipostáticamente unido a la divinidad, es la fuente perenne e inagotable de la que mana por medio de los siete Sacramentos de la Iglesia, de la oración y de los ejercicios de virtudes de los fieles, las aguas purísimas de la Gracia divina» (3944; cf. 3939-3948).

3. Con sencillez pastoral
San Manuel, así como domina la teología al punto de poder explicar las doctrinas más difíciles de forma clara y sintética, así también está familiarizado de primera mano con los graves problemas que aquejan a sus fieles, procura ayudarlos a resolverlos adecuadamente y se muestra siempre cercano. Veamos dos ejemplos en clave trinitaria.

3.1. La rutina en la oración
Un consejo tan sencillo como efectivo para un problema tan común y frecuente: la rutina en la oración. Contra este «gran enemigo» ¿qué hacer? «Un gran remedio: La renovación frecuente de la presencia afectuosa de Jesús, que ora con nosotros a la Santísima Trinidad, santiguándonos y repitiendo el Gloria al Padre lentamente» (2656).

3.2. Oraciones para la primera Comunión
San Manuel poseyó el raro don no solo de ser un gran catequista infantil, sino de tener una comprensión profunda del alma del niño, los peligros que lo rodean y la formación espiritual que requiere. Una oración que redactó para un niño que hacía su primera Comunión inicia dirigiéndose a Jesús, que ha cambiado «su casita del Copón de plata por la casita de su alma» y culmina con una alabanza y acción de gracias a la Santísima Trinidad (cf. 4579).

Viene luego, por tercera vez, una interpretación Trinitaria de una petición del Padrenuestro: «¡Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos den el pan nuestro de cada día, la paz de nuestras almas con la alegría y la salud, y a nuestros queridos difuntos el descanso eterno» (4580).

Conclusión
El recorrido que hemos realizado por algunos textos trinitarios de san Manuel nos ha revelado la profundidad de su comprensión del Misterio de la Santísima Trinidad, la solidez de sus enseñanzas, la conexión eucarística que a menudo realiza, la precisión, concisión y originalidad con que se expresa. En los próximos dos artículos veremos sus enseñanzas sobre la Santísima Trinidad y la Virgen María.

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, Enseñanzas de san Manuel, San Manuel González, San Manuel González García.

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