Ponencias del Simposio teológico

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2021.

La Eucaristía, fuente de la vida cristiana (I)

El 52º Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Hungría (Budapest, 5-12/09/2021), estuvo precedido, como ya es habitual, por un importante Simposio teológico (Esztergom, 2-4/09/2021). La ponencia de apertura, a cargo del sacerdote Pierangelo Sequeri, versó sobre «La Eucaristía como fuente de la vida cristiana». Mons. Pierangelo Sequeri nació en Milán (Italia) en 1944 y recibió la ordenación sacerdotal en 1968. Es teólogo, profesor, escritor, compositor y presidente del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para los Estudios sobre el matrimonio y la familia, entre otras cosas. Ofreceremos en varios números de nuestra revista una traducción de su valiosa intervención.
Es objetivo de esta ponencia bucear en las fuentes que nos permitan encontrar la relación entre la Eucaristía y la Iglesia, porque la Iglesia hoy es muy diversa a la de siglos anteriores y, sobre todo, a la de los inicios del cristianismo. La primera fuente a la que debemos remitirnos, en todo caso, es la grandiosa teología del Cuerpo del Señor expuesta en el Evangelio de Juan. Más allá de la terminología utilizada, que contiene algunos términos que pueden resultarnos confusos, contiene una síntesis teológica elevada e insustituible.

Textos neotestamentarios
También los escritos de san Pablo, más allá de la discusión sobre el tema de la justificación y de establecer la justa relación con la antigua Alianza, muestran una grandiosa teología del Cuerpo del Señor, Aquel por quien todas las cosas han sido creadas (cf. Jn 1,3). El apóstol se sabe enviado a mostrar el «misterio escondido desde siglos y generaciones» (Col 1,26), es decir, que el Señor está al inicio de todo, y todas las cosas fueron creadas porque al inicio de todo existía el Cuerpo del Señor, el destino de su encarnación y, por tanto, todas las cosas. Esto incluye, incluso, los pájaros del cielo, los peces del mar y todo lo narrado en el relato de la creación.

Esta grandiosa teología del Cuerpo del Señor nace de la celebración misma de la Eucaristía y nos dice mucho sobre la relación que tendría que haber también hoy en la misma cristología para no alejarse de la celebración.

En las Cartas de Pablo están incluidos unos himnos cristológicos que, obviamente, surgieron con anterioridad. Los primeros escritos paulinos datan de mitad del siglo I, por lo tanto estos himnos son inmediatamente anteriores: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, […] se hizo hombre» (Flp 2,5.7); «el misterio escondido durante siglos» (Col 1,26); «en él fueron creadas todas las cosas» (Col 1,16). En todos se muestra cómo Jesús es el Señor, es el Cuerpo del Verbo.

Es un error, cristianamente grave, más aún, es herético, afirmar que Jesús es la parte humana de la encarnación. Jesús es la encarnación del Hijo eterno, no su parte humana.

Himnos cristológicos
Estos himnos litúrgicos de los primeros años del cristianismo son los que expresan la teología del Cuerpo del Señor. Cuando los cristianos no tenían aún a santo Tomás de Aquino, etc., a los grandes teólogos de nuestra época, sino que tenían solo la celebración de la Eucaristía, eran estos himnos cristológicos de la liturgia, los que acompañaban la celebración cristiana, quienes contenían todo el bagaje teológico.

Esto contradice a quienes afirman que el dogma cristiano ha evolucionado lentamente a partir de la predicación de Jesús y que, con el tiempo se admitió su divinidad. No es exacta, por tanto, la afirmación de que el dogma haya nacido a partir de los concilios como Calcedonia, Éfeso o Nicea. Es, evidentemente, muy anterior.

Uno de los milagros más importantes del Nuevo Testamento se reconoce al ver cómo los primeros cristianos, que contaban solo con la Eucaristía y su fraternidad familiar, expresaban la verdad del Cuerpo del Señor, celebrada en la Eucaristía, en toda su profundidad y toda la altura que tiene en el dogma cristiano y que constituye la verdad central del cristianismo. La liturgia le había dado forma. Los himnos musicales y cantados precedieron a los cánones. Esta gran cristología no es sino un conjunto de himnos que se cantaban en la Misa, y allí ya estaba condensado todo.

Es importante dar a este punto su justa valoración, ya que es inútil intentar hacer reconstrucciones de un proceso que no existió y a través del cual se habría llegado a la consideración de la divinidad de Jesús. Por el contrario, es el dogma el que llega después, el que se desarrolla, profundiza y da forma a la intuición de los primeros cristianos, surgida del simple contacto con la Eucaristía. Celebrar y adorar el Cuerpo del Señor entregado por nosotros y por nuestra salvación ha sido la fuente de la cristología, ha creado la convicción de que «nosotros consideramos al Señor el Dios para nosotros». No hay otro modo de pensarlo y de sentirlo. Si celebras su Eucaristía, esto te penetra. Esto es hermoso. ¿No debería darnos confianza, también hoy? Si celebramos la Eucaristía como se debe, con la intensidad que se debe, nos impregnamos de la fe cristológica. Y después, si somos capaces, podemos hacer una teología del Cuerpo como la de san Juan, como la de san Pablo, y después como la de Orígenes o como la de san Agustín. En los primeros tiempos del cristianismo no había manuales, por el contrario, la celebración de la Eucaristía y los himnos que se cantaban en Misa eran la fuente de todo.

Algunos exegetas han conseguido reconstruir el camino por el que , partiendo de la celebración del Cuerpo muerto y resucitado del Señor, del Cuerpo encarnado, del Logos, se ha llegado al canon neotestamentario (los escritos, textos que poco a poco se convirtieron en el cuerpo literal, el cuerpo-texto de la fe cristiana, escritos evangélicos, escritos de Pablo, etc.). Esto es a la vez, fascinante y muy iluminador.

Eucaristía y vida cotidiana
El contexto de la Eucaristía, por tanto, son los vínculos de la vida cotidiana. La celebración del Cuerpo del Señor indica cuál es el contenido, la novedad conmovedora del cristianismo: Dios cuida nuestros cuerpos mortales, no solo nuestras almas. Así se ha entendido, incluso cuando la filosofía que existía entonces no les ayudaba a pensar esto.

El contexto es el de las relaciones en la vida cotidiana. Parece una cosa sencilla, pero esta afirmación niega que el contexto de la revelación sean las instituciones de la política, de la economía, de la religión. No son ellas, su autoridad o su forma de organización (más allá de que sean importantes y necesarias) quienes son capaces de hacer emerger el sentido profundo y verdadero de la Eucaristía. Por el contrario, la vida cotidiana, las relaciones familiares, la amistad, la cercanía, sí fomentan y hacen realidad el conocimiento y la transmisión del cristianismo durante siglos.

Cabe preguntarse por qué ha ocurrido esto ya que las religiones siempre han tenido necesidad de apoyarse en la autoridad, en las instituciones. Más aún, se han asociado con ellas en la comunidad. No así el cristianismo, que por mucho tiempo tiene solo esto, la Eucaristía y las relaciones de la vida cotidiana, que conforman la Iglesia. Comprobamos, sin embargo, que imperio Romano cayó y la Iglesia de la Eucaristía permaneció y, más aún, se extendió, llegando a salir de las catacumbas, de los escondites… La Iglesia no necesitaba este aparato organizativo. Funcionaba así, no por la autoridad. La autoridad llegó después, cuando la comunidad cristiana era ya una gran red de comunión, de amistad, de relaciones, de vínculos de la fe, arraigada en la experiencia de la Eucaristía. Así era fuerte, el resto se añadió después.

Y la Iglesia fue fuerte y manifestó su vitalidad mientras mantuvo viva esta relación entre Eucaristía y vida cotidiana, es decir, entre celebración y todos los aspectos que forman la vida humana: sus relaciones, sus afectos, sus pasiones, sus esperanzas… Cuando perdió el contacto con la vida cotidiana y, por el contrario, comenzó a preocuparse demasiado por la institución, la fe cristiana comenzó a empobrecerse. Aún se puede comprobar en los países donde la relación con las instituciones ha sido, por muchas razones, más bien difícil, ha resistido siempre la Eucaristía y los vínculos familiares, incluso cuando ya no llegaba ni siquiera el sacerdote. Es la Eucaristía quien los ha mantenido unidos.

Este elemento fundamental, que constituye la fuente, ¿qué nos dice hoy? Fundamentalmente, que nuestra relación con la vida cotidiana se ha empobrecido porque ya no está centrada en la adoración del Cuerpo del Señor. Debemos enseñar de nuevo que la fuerza de la Eucaristía no reside en las instituciones sino en los vínculos de la vida cotidiana, porque el Señor Jesús ha anunciado a Dios por medio de parábolas de la vida cotidiana, diciendo que Dios está en el campo, en el hijo, en el padre, en la madre, en el amigo.

Esto es extraordinario desde el punto de vista de la religión. Las religiones hablan de grandes eventos para anunciar el descubrimiento de Dios. Jesús, en cambio, habla solo de la vida cotidiana. Para Él es el único lugar de la revelación. El cristianismo de los orígenes lointuyó y entendió perfectamente. Por eso comprendió que debía partir del binomio Eucaristía y vida cotidiana. Curiosamente, solo con esto ha subsistido incluso cuando cayó el Imperio Romano.

Estamos invitados a considerar la Eucaristía como un principio de reorganización del cristianismo en torno a la vida cotidiana. Es necesario recuperar estos vínculos, afectos, esperanzas y angustias que los hombres y mujeres viven, considerando secundaria la relación del cristianismo con las organizaciones y autoridades de la sociedad. La Humanidad actualmente, de por sí, ya padece la presión de la autoridad en la vida, en la misma familia. Nosotros, por el contrario, debemos restituir dignidad a los vínculos de la vida cotidiana, que desde siempre ha sido la energía constructiva y propulsora del cristianismo. Si lo conseguimos, el cristianismo renacerá; si, por el contrario, buscamos soluciones institucionales, no lo conseguiremos.

[Continuará]

Transcripción, traducción y adaptación de textos: Mª Andrea Chacón dalinger, m.e.n., Ana Mª Fernández, m.e.n., y Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.