Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2021.

«A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común» (1Cor 12,7)

Afirma san Manuel González que «la Iglesia, siempre maestra, ¡qué hermosamente, qué pedagógicamente ha sabido dar a conocer y gustar el misterio divino del Sacrificio y de la participación del Cuerpo físico y místico de Jesús! Y ésa es la razón, que pudiera llamar gráfica o pedagógica de la mayor parte de los movimientos que realiza el sacerdote en su Misa, como inclinaciones, genuflexiones, reverencias con los ojos y con la cabeza, bendiciones, abluciones y besos» (OO.CC. III, n. 5253).
El misterio divino de la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida cristiana. Es comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es comunión sacramental que nos conduce a la comunión existencial con los hermanos. El infinito amor que recibimos de Cristo Eucaristía nos exige dar gratis lo que hemos recibido gratis. Cada gesto y movimiento que realiza el sacerdote dentro de la Eucaristía lo hace en obediencia a la Iglesia y en nombre de toda la comunidad cristiana, como expresión sacramental del amor, reverencia y actualización del misterio de amor que encierra.

El papa Francisco nos ha invitado a toda la Iglesia a preparar, con una participación viva y comprometida, el próximo sínodo de los obispo, sínodo dedicado a la sinodalidad de la Iglesia, que significa caminar juntos como pueblo de Dios en marcha. Para caminar juntos, esta preparación del sínodo reclama que todos los bautizados hemos de implicarnos en una reflexión profunda sobre las acciones de la Iglesia en el momento actual: cuáles han de ser sus prioridades, qué formas debe tomar en su ser y su hacer ante la realidad actual, cómo cumplir la misión que ha recibido del Señor: ser sal de la tierra y luz del mundo, qué nos están demandando los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Tres claves nos ha dejado el papa Francisco para preparar el sínodo de la sinodalidad: «Comunión, participación, misión». Comunión con Dios y con los hermanos. Participación viva y creativa. Misión de cada bautizado en correspondencia con su vocación personal y con la vocación de la Iglesia: «Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (Evangelii nuntiandi, n. 14).

La adoración eucarística en cada católico debe fortalecer nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia y nuestro amor por ella; y, a la vez, ha de ser puente orante hacia todos los hombres, dando gratis lo que de Cristo hemos recibido gratis.

Oración inicial
Oh Dios, Trinidad santa, comunión perfectísima de las tres personas trinitarias, que nos convocas a todos los bautizados, en tu nombre, a tener un mismo pensar y un mismo sentir, concédenos el don de la oración continua en favor de la comunión de todos tus hijos, de la participación responsable de la preparación de este sínodo y de la misión de la Iglesia, en la cual todos somos misioneros. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Jn 17,11. 20-23.

Meditación
La oración sacerdotal expresa la confianza total de Cristo en el Padre, pide por la glorificación de su humanísima humanidad, ruega por sus discípulos, a los que va a enviar como mensajeros de su acción salvadora, y suplica al Padre por la unidad entre todos los que crean en Él a lo largo de la historia, hasta que algún día alcancemos definitivamente la misma gloria que el Hijo ha alcanzado.

Estos fragmentos de la oración sacerdotal nos evocan lo que san Juan Pablo II llamó la «espiritualidad de comunión». En su Carta apostólica Ante el nuevo milenio, señalaba que el primer reto de la Iglesia para el siglo XXI era el ser «casa y escuela de comunión». Será posible la sinodalidad si la basamos en esta espiritualidad de comunión, en la certeza de que Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, está intercediendo constantemente ante el Padre con estas mismas palabras que manifestó orante en la última cena. Para caminar juntos, hemos de estar en comunión unos con otros; o, al menos, tender hacia esta comunión, para que este camino sinodal no sea una mera lluvia de ideas, o un contraste de pareceres, o una reivindicación de igualdad, o un cúmulo de propuestas inalcanzables, o una estrategia para conquistar el mundo. La sinodalidad reclama mucha oración, permanente invocación al Espíritu Santo, posibilidad de un continuo Pentecostés, iluminación de los acontecimientos desde la Palabra de Dios, sintonía de corazones, conversión de personas y estructuras, cambio de mente en lo afectivo y lo efectivo.

Todo ello ha de estar acompañado y sostenido por la escucha: escucha de la voz de Dios en la Sagrada Escritura, escucha de unos a otros en el seno de las comunidades cristianas, escucha del sufrimiento de tantos desheredados de la tierra, escucha de los pastores a los fieles, escucha a los niños y los jóvenes… Deseos de buscar la verdad en la caridad, para que, desde el diálogo fraterno, entre todos, sepamos discernir lo que el Señor pide a su Iglesia en la hora presente.

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
En tiempos de D. Manuel todavía no se hablaba de esa relación estrecha entre Eucaristía y sinodalidad. Pero sí podemos trasladar alguno de los efectos de la Comunión eucarística al compromiso que debe adquirir todo católico en el acercamiento a sus hermanos y a los hombres de buena voluntad.

Dice san Manuel en su libro Camino para ir a Jesús: «Sin duda ninguna, una sola Comunión en sí tiene virtud para llenar a un alma de visión y parecido de Jesús. Pero así como por el alimento corporal no da Dios la vida total, sino sostenimiento por un día, así, dando su Cuerpo en alimento espiritual, sostiene, robustece y hace crecer la vida sobrenatural cada día» (OO.CC. I, n. 828).

«La Comunión que, bien digerida, va obrando en el comulgante una creciente asimilación al espíritu, al carácter y hasta a la carne inmolada de Jesús, en el cielo producirá una asimilación perfecta a la gloria de Jesús: el entendimiento conocerá con luz de gloria, que es la caridad consumada, y el cuerpo, después de la resurrección revestido y saturado de gloria, se unirá a su alma a gozar eternamente del fruto de sus buenas Comuniones. Entonces será el perfecto cumplimiento de la promesa de Jesús: “Como Yo vivo del Padre, el que me come vivirá de Mí” (Jn 6,58)» (OO.CC. I, n. 836).

La Eucaristía bien vivida y celebrada, como eterna novedad y fascinante encuentro con Jesucristo nos anticipa el Cielo, nos siembra semilla de eternidad, nos afianza en la certeza de alcanzar la gloria de Dios después de la muerte: «Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad» (EdE 18). La adoración eucarística es prolongación gozosa, serena, íntima, fuerte de la comunión sacramental en la Eucaristía. Detrás del pan eucarístico, hemos de contemplar la realidad de Cristo, de la Iglesia, de los pobres y de la vida eterna. Este tiempo de adoración eucarística debe ser un momento de intensa súplica por el crecimiento en la espiritualidad de comunión en el corazón de cada católico y dentro de los distintos tipos de comunidades cristianas que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia.

La adoración eucarística es tiempo propicio para la acción de gracias por los muchos pasos que se han dado para que laicos, consagrados, sacerdotes y obispos nos escuchemos y caminemos juntos. Es tiempo propicio para alabar al Padre, porque nos quiere, a todos los creemos en Él, y le decimos «Padre nuestro» (¡Padre de todos!), unidos en un mismo pensar y un mismo sentir como los primeros cristianos que «lo tenían todo en común» (Hch 4,32).

Letanía al Hijo de Dios, iniciador y restaurador de la comunión

Respondemos: ¡Bendito seas, Señor!

  • Jesús, verbo eterno del Padre.
  • Jesús, verbo encarnado.
  • Verbo que puso su tienda entre nosotros.
  • Enmanuel, Dios con nosotros.
  • Sol que naces de lo alto.
  • Jesús, anunciado por Abraham.
  • Jesús, nacido de mujer en la plenitud de los tiempos.
  • Jesús, nacido sin hogar, colocado en un pesebre.
  • Jesús, Primogénito de todo lo creado.
  • Jesús, fuente de la creación.
  • Jesús, luz para alumbrar a las naciones.
  • Jesús, gloria del pueblo elegido.
  • Maestro, buena noticia de salvación.
  • Cristo, reflejo de la gloria del Padre.
  • Jesús, Mesías de Dios.
  • Redentor que nos congregas en la unidad.
  • Redentor que regeneras al género humano.
  • Víctima inmolada en el altar de la cruz.
  • Orante continuo al Padre para que seamos uno.
  • Revelador del amor de Dios a todos los hombres.
  • Profeta de la verdad y la justicia.
  • Profeta del Reino de Dios entre los hombres.
  • Profeta que trae la buena nueva a los pobres.
  • Profeta en quien se cumplen las profecías.
  • Rey que triunfas siendo levantado en la cruz.
  • Rey que vences el pecado y la muerte.
  • Rey que derrotas el odio y la división.
  • Rey que atraes hacia ti todas las miradas.
  • Rey atravesado por la lanza del soldado.
  • Cordero del que manó sangre y agua.
  • Cordero al que no le quebraron las piernas.
  • Pastor que has resucitado de entre los muertos.
  • Pastor de la nueva Humanidad.
  • Pastor que nos congregas en comunión de hermanos.
  • Pastor que nos convocas en tu misión.
  • Pastor que nos alimentas en la Eucaristía.
  • Pastor que nos guías a fuentes de agua viva.
  • Pastor que nos defiendes del enemigo.
  • Pastor que das la vida por tus ovejas.
  • Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:
    ¡Perdónanos, Señor!
  • Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:
    ¡Escúchanos, Señor!
  • Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:
    ¡Ten misericordia de nosotros!

Oración final
Oh Cristo, resplandor eterno del Padre, nacido pobre y humilde en el pesebre de Belén, sigue intercediendo, como sumo y eterno sacerdote, por la comunión entre nosotros, la participación viva en la responsabilidad de la Iglesia y la misión de llevar el Evangelio a todos los rincones de la tierra, para que lleguemos a ser «uno en tu amor», como los sois el Padre y tú; así el mundo pueda creer que tú eres el único y verdadero Salvador y, por tu gracia, sean muchos los que se salven. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.