«Su afmo. P. in C. J.» (noviembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2021.

«Ni mueren del todo, ni para siempre»

Cartas de consuelo ante la tumba

En agosto de 1933, El Granito de Arena (n. 619) publicaba, con el título «Consuelo ante la tumba», unos consejos de san Manuel González para los que lloran la muerte de seres queridos. Son pensamientos que ya había puesto por escrito en alguna ocasión en esas cartas de pésame que a lo largo de los años tuvo que enviar, pero el motivo que le llevó a sintetizarlos y publicarlos en aquel momento fue uno muy personal que él mismo nos explica: «en estos días se ha dignado el Corazón de Jesús visitarme para llevarse con Él a uno de los míos ¡Bendito sea!».

El 30 de julio de aquel año había fallecido en Sevilla a los 20 años, e inesperadamente, su sobrina Anita González Ruiz, un duro golpe no solo para él sino para toda su familia, y para ellos puso por escrito «unos pensamientos que a mí me consuelan mucho» (OO.CC. II, n. 2916) y que fueron redactados para que aparecieran impresos en el recordatorio de la joven difunta.

Cercanía del dolor
No era la primera vez, ni sería la última, que san Manuel sentía muy de cerca el dolor de la muerte de seres queridos, ya lo había sufrido con la de sus padres, o la de su cuñada fallecida en plena juventud dejando dos hijos pequeños; también vio morir, sin comprenderlo demasiado, a varios de aquellos primeros jóvenes Misioneros Eucarísticos Diocesanos, como años después conocería la muerte de muchos sacerdotes de Málaga víctimas de crueles martirios. Además, como sacerdote y director espiritual, tuvo que dar consuelo a muchas almas que sufrían al perder a quienes más amaban; pero estos seis consejos, que podemos leer en El Granito de agosto de 1933, son pensamientos que se habían ido fraguando en el corazón de san Manuel González durante años. De algún modo los podemos ver en los textos de algunas de sus cartas, y vienen a resumir cómo los cristianos podemos acercarnos con paz a la muerte de esas personas a las que hemos querido, y que nos han querido mientras estuvieron en este mundo.

Por ejemplo, podemos leer tres, escritas a finales del verano de 1920, que posiblemente tuvieran como fondo una situación muy parecida a la que hemos vivido en todo el mundo durante estos últimos meses. Fueron muchos los que perdieron a familiares y amigos a causa de la gripe española entre los años 1918 y 1920. Aquella pandemia se ensañó con personas jóvenes, entre 18 y 30 años, que murieron dejando sin consuelo a sus familias. En estas cartas, que están escritas durante el final de la epidemia, los fallecidos son tres jóvenes: un sacerdote, una religiosa y una madre de familia; tres situaciones diferentes pero que consideradas desde la fe tienen algo en común, al morir en gracia ellos «ni mueren del todo, ni para siempre».

Ya tuve oportunidad de escribir, en diciembre de 2017, sobre D. José Moreno Fernández, uno de los primeros Misioneros Eucarísticos Diocesanos, le llamaban de forma cariñosa Morenito y falleció con 28 años, en esos últimos días de agosto de 1920. D. Manuel Domínguez, arcipreste de Álora, fue el encargado de escribir al obispo para explicar los detalles acerca de la muerte de aquel joven sacerdote, párroco de Benaoján, un pueblo de la serranía de Málaga. Le contó cómo, acompañado por sus feligreses, aprovechó el momento de su muerte para enseñarles… a morir. Decía san Manuel:

«Ese cuadro del Cura solitario de pueblo muriendo sin Sacerdote, y poniendo por un heroico esfuerzo de caridad, sobre las angustias de su agonía, su amor de hijo, que consuela a sus padres de la pena de su separación y su celo de Pastor, que se pone a enseñar a sus fieles a morir preparándose a sí mismo a la muerte, ese cuadro, repito, es de la belleza sobrenatural» (OO.CC. IV, n. 5557).

En la carta, en la que se narraban las circunstancias de su muerte y la conmoción que causó entre los fieles de Benaoján, podía leerse «no se puede describir el duelo del pueblo: todo el mundo llorando. Un dato es que no se vendió aquel día el pan y comestibles del abasto público, porque en ninguna casa se comió en mesa hasta pasado el entierro» (El Granito de Arena, n. 313, 5/10/1920, pp. 557-558). San Manuel ordenó publicar aquella carta en el boletín de la diócesis de Málaga, explicando cómo, al dar cuenta de la preciosa muerte de uno de aquellos Misioneros Eucarísticos Diocesanos quería «que tomen parte en el consuelo, en la edificación y en el santo orgullo que yo he tenido al leerla, todos nuestros queridos Sacerdotes Diocesanos».

Días después, el 12 de septiembre de 1920, san Manuel tuvo que escribir a un amigo de Sevilla para narrarle los últimos momentos de la vida de su hermana religiosa fallecida en Málaga, de los que había sido testigo:

«Quedé edificado de ver la alegría con que veía acercarse la muerte ¡tal era la expresión de felicidad que se dibujaba en su rostro! –contaba en su carta– costaba trabajo pedir al Señor que la dejara en este mundo, pues estaba tan cerca de la dicha eterna, que parecía que ya empezaba a disfrutarla» (OO.CC. IV, n. 5558).

San Manuel estaba convencido de que conocer todos estos detalles serviría de consuelo para esta familia pues, como escribió años después, ante la muerte de los seres queridos es consolador «meditar más en la hermosa vida que empiezan los que se duermen en Jesús que en la pobre vida que dejan» (OO.CC. II, n. 2916). El recuerdo del rostro, feliz, de aquella religiosa gravemente enferma, sin duda ayudaba a pensar en ello. Debía de pertenecer esta joven a una familia de abogados, pues al despedirse añadió un mensaje para una de sus tías:

«Esté completamente tranquila de que su Niña ha ganado el único pleito que nos importa ganar en esta vida».

«Por V. y sus hijitos»
Mediante un rescripto fechado el 28 de diciembre de 1920, el obispo de Málaga concedió, como era costumbre entonces, indulgencias a quienes practicaran cualquier acto de piedad en sufragio del alma de Dña. Mercedes Valcárcel de G. Varela, «ejemplar María, Madre y Esposa», añadió de su puño y letra el obispo. Una nota manuscrita al pie del documento da además unas palabras de pésame para su esposo, D. Fidel García Varela:

«He ofrecido sufragios por ella y oraciones por V. y sus hijitos para que el Amo, único consolador de verdad, les dulcifique su pena» (OO.CC. IV, n. 5564).

Hacía unos meses que Dña. Mercedes había fallecido dejando a su viudo a cargo de varios hijos pequeños. D. Fidel no tardó en escribir a san Manuel, seguramente agradeciendo las indulgencias otorgadas y ofreciéndose además a ocupar el cargo de administrador de El Granito en Molina de Aragón, que su esposa había venido desempeñando, y ello, aunque como notario, y padre de varios hijos, no debía sobrarle el tiempo. En respuesta recibió en febrero de 1921 una carta cuya lectura resulta especialmente conmovedora:

«¡Cómo siento su pena y cómo la vengo poniendo junto al Sagrario que es donde las penas toman virtud de suavizarse y santificar a quien las padece! Siga V. buscando a su ausente compañera en su Comunión diaria y verá V. cómo la siente y la encuentra al lado allá de la Hostia de su Comunión y acabará por persuadirse que no hay entre ella y V. más que ausencia de ojos, pero no incomunicación, ni distancia larga…» ¡Qué consuela esto! ¿Verdad? (OO.CC. IV, n. 5571).

En estas letras parece latir ya el pensamiento que san Manuel sintetizaría con estas palabras en 1933: «Saborear que de nuestros queridos muertos cristianos no nos separa un abismo invadeable, sino esto solo: El canto de una Hostia consagrada. Al lado allá ellos gozando o esperando gozar pronto de la vista y posesión del mismo Jesús en quien, al lado acá, nosotros creemos y esperamos» (este texto, originariamente publicado en El Granito en 1933, pasó a formar parte del libro En busca del Escondido en su 5ª dición [1952] y, como tal, está recogido en el segundo tomo de las Obras Completas de san Manuel, II, n. 2916).

D. Fidel se trasladó poco después a Galicia su tierra de origen, sus hijos en homenaje a aquella madre a la que apenas conocieron y que sin embargo tan cerca estuvo siempre de ellos, adoptarían el apellido compuesto García–Valcárcel. Con el tiempo, uno de ellos, D. Jesús, sería el promotor del establecimiento de Caritas en España. En diciembre de 2019, los descendientes de este matrimonio recibieron una copia de estos documentos que D. Fidel entregó en su momento para el proceso de canonización de san Manuel.

Corazón lleno de esperanza
Las tres cartas comentadas hasta aquí están referidas a personas que murieron en plena juventud, quizás es distinto el dolor cuando se trata de una persona mayor, cuando a la tristeza infinita de perder a un padre o a una madre se une la alegría y la acción de gracias por haberlos tenido cerca durante muchos años. Así lo expresaba san Manuel en las cartas de pésame que escribió a dos Marías al fallecer sus padres.

En diciembre de 1924 el sevillano D. Juan Antonio Cavestany había fallecido en Madrid a los 63 años. Era padre de una numerosísima familia, tuvo 16 hijos. Una de sus hijas, Amalia, que convivía con él, recibió una consoladora carta de san Manuel en la que le decía: «en medio de las lágrimas que el dolor de la separación arranca a la naturaleza, el corazón se llena de esperanza y el alma se consuela pensando que la separación no es para siempre sino por un breve espacio de tiempo, pasado el cual hijos y padres volverán a unirse en abrazo eterno y a gozar de las dulzuras del cariño del hogar para siempre. ¡Qué alegría ser y vivir buen cristiano! Así no se muere ni para siempre ni del todo. ¡Qué alegría saber que el Jesús de la Hostia de nuestra Comunión y de nuestro Sagrario es el Jesús, gozo eterno de nuestros padres y camino seguro para incorporarnos a ellos en una felicidad sin fin!» (OO.CC. IV, n. 5643).

Dña. Gertrudis Barrié había perdido a su madre anciana en 1933, y recibió entonces de san Manuel estas palabras de pésame: «perder a una madre tan buena es muy doloroso; pero tener a la madre en el Cielo, y en este caso no es temeridad asegurarlo, porque ha salido de esta vida cargada de virtudes y de sufrimientos, no es perderla; es tenerla muy cerca y en comunicación real, aunque no la veamos. Está tan cerca que no nos separan de ella más que las especies sacramentales. Jesús Sacramentado está en medio; del lado allá, ella adorando y gozando de Él, viéndolo cara a cara; del lado acá, nosotros adorando y recibiendo a ese mismo Jesús, creyendo y esperando que llegue el día en que desaparezcan también para nosotros esas especies y veamos claramente a Jesús y a los nuestros que viven en Él» (OO.CC. IV, n. 6165).

La teología de la comunión de los santos queda explicada de una forma muy visible cuando san Manuel la traslada a la Comunión eucarística; esa imagen de lo que está al otro lado de la finísima hostia consagrada, y de esta como lo único que nos separa de quienes allí ya participan de la comunión completa en Cristo, responde a esa idea suya de eucaristización de la vida, que alcanza hasta su final.

Muchísimas más serían las ocasiones en las que san Manuel tuvo que dirigirse a personas que habían perdido a sus seres queridos para proporcionarles consuelo, algo que fue especialmente difícil cuando se trató de personas que sufrieron martirio en los años de la Guerra Civil española; sin embargo, he querido destacar aquí las escritas antes de agosto de 1933 para dejar que sea san Manuel quien sintetice esos pensamientos consoladores, que nos acercan al mismo tiempo a Jesús Sacramentado y a nuestros queridos difuntos. Concluyo con las mismas palabras con las que él acababa entonces, recordando «que Dios es siempre Padre, lo mismo cuando da la vida a sus hijos que cuando se la quita. Padre nuestro que estás en los cielos… hágase tu voluntad…»

Aurora M.ª López Medina
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *