Nacidas para eucaristizar (noviembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2021.

El Nazaret del Cielo

Unidas a la oración de la Iglesia universal, que el 2 de noviembre conmemora a los fieles difuntos, este mes queremos dedicar un espacio para recordar con gratitud a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret que nos han precedido y que ahora forman parte del «Nazaret del Cielo».
Han pasado cien años desde que las primeras Nazarenas comenzaran a vivir en comunidad. A lo largo de este tiempo, muchas de ellas ya han cumplido su misión en la tierra y han sido llamadas a la presencia del Señor en el cielo. Gracias a la historia de Nazaret que escribió nuestra Madre María de la Concepción González, sobrina de nuestros fundadores y segunda superiora general, podemos saber quién fue la primera hermana que murió en Nazaret, y cómo fue el momento de la despedida. Se llamaba María Desamparados Alabau y era valenciana.

Un fruto maduro
Nos cuenta nuestra Madre: «El año 1923, se nos llevó Jesús como primicia de Nazaret de la tierra a la primera hermana que moría en él; tan pequeño aún y ya daba un fruto maduro que inaugurase aquella comunidad de arriba que hoy es ya numerosa. […] En el poco tiempo que vivió entre nosotras, del 7 de marzo del año 22 al 7 de agosto del 23, sólo 15 meses, pudimos admirar su entrega incondicional y ferviente, tan generosa como bien probada, a Dios y a su vocación; había sufrido mucho por la fuerte oposición de sus padres para realizar ésta; tenían ellos distinto modo de pensar que su hija, pero pasando por encima de todos los obstáculos se lanzó a los 26 años a formar parte de una fundación desconocida que aún no se sabía si iba a prosperar o a derrumbarse, en un sitio también desconocido y lejano para ella; su ejemplaridad desde que pisó el umbral de Nazaret fue, sí, muy grande en su misma sencillez y se incorporó a la nueva vida como si en toda la suya no hubiera hecho otra cosa».

Después de acompañarla durante una dolorosa enfermedad, la naciente comunidad despidió con gran tristeza a la Hna. Mª Desamparados en su partida hacia la Patria celestial. «Era el día 7 de agosto de 1923 a las 4 de la mañana cuando por vez primera, una María Nazarena pasaba de este mundo al Padre que está en los cielos». San Manuel, entonces obispo de Málaga, dispuso todo lo necesario para el funeral y el entierro. Luego reunió a las hermanas y les dijo que la Hna. Mª Desamparados era «el primer botón de muestra» que iba al cielo. Y, con su gracia natural, animándolas en aquel momento tan difícil para todas, les dijo que tenían que imitar su entrega y sencillez, para que luego no les dijese el Señor, cuando ellas fuesen al cielo, que lo habían engañado, porque la «muestra» había sido mejor.

El cielo en la tierra
Muchos años después de la muerte de aquella primera hermana, podríamos preguntarnos: ¿cómo eran y qué herencia nos han dejado las Misioneras Eucarísticas que ya forman parte de «la comunidad de arriba», como decía nuestra Madre Mª de la Concepción? En este tiempo jubilar, sembrado de ocasiones para recordar y agradecer los orígenes de nuestra congregación, para dar gracias por las personas–raíces que con su entrega han hecho florecer y fructificar el carisma eucarístico reparador, compartimos algunos testimonios en los que brillan las virtudes de hermanas que dieron su vida en Nazaret con sencillez, alegría y fidelidad.

Así lo leemos en estas líneas: «Algo que han tenido en común todas las hermanas que están en el Nazaret del Cielo es su saber estar en la tierra y su cercanía, su vida de oración y la entrega en lo que cada una hacía, por muy pequeño que fuera» (Hna. Zuly Mª). «El hecho de haber llegado hasta el final permaneciendo fieles con enfermedades y limitaciones propias de la edad, creo que ya es una virtud admirable; al final fueron hostias vivas inmoladas y entregadas» (Hna. Mª Lourdes del Pozo). Por todas ellas, hoy elevamos un himno de gratitud a Dios, que hace obras grandes en nuestra pequeñez: «Gracias, Señor, por nuestras hermanas que en vida mantuvieron el anhelo fiel de hacer de Nazaret el Cielo aquí en la tierra, que aportaron sus virtudes para que siga floreciendo y para que nosotras hoy celebremos día a día la pertenencia a nuestra congregación» (Hna. Mª Carolina German).

En pocas pinceladas, a las hermanas que han pasado al Nazaret celestial se las puede describir como «mujeres fieles y con sentido de pertenencia a nuestro Instituto, con un gran amor a la Eucaristía y entregadas al carisma con todo su ser, construyendo comunidad, hablando con amor de nuestros fundadores y valorando lo que recibían. No vi que fueran conformistas o se quedaran de brazos cruzados, entregadas al trabajo dentro o fuera de Nazaret. Mujeres de oración y de calvario cuando les tocó vivir momentos de enfermedad o dolor. El recuerdo más edificante es la alegría» (Hna. Martha Mª Jiménez).

«De la puerta de al lado»
En la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, el papa Francisco nos habla de la santidad «de la puerta de al lado» (cf. nn. 6-9). Los santos de la puerta de al lado son aquellas personas que hemos conocido y que, aun sin haber sido beatificadas o canonizadas, constituyen para nosotros un modelo de santidad porque han reflejado la presencia de Dios en sus vidas, y su recuerdo es un testimonio edificante que nos alienta en el seguimiento de Cristo. En este sentido, compartimos algunos destellos de santidad con que nos han iluminado algunas Misioneras Eucarísticas de Nazaret que ya gozan de la presencia del Señor en el banquete de las bodas eternas.

Nos cuenta la Hna. Mª Delfina que, a lo largo de sus 67 años de vida nazarena, conoció a muchas hermanas, «la lista sería muy larga, pero quiero destacar a nuestra Madre María de la Concepción, sobrina de los fundadores, modelo en todo para las demás». La Hna. Mª Teresa Paz también recuerda con especial cariño a nuestra Madre Mª de la Concepción, y la describe como «la eterna sonrisa, transmitía paz y daba paz a cada una de nosotras cuando hablábamos con ella, y nos regalaba algunas palabras, como estas: “Pido y deseo que la paz de Jesús esté siempre contigo y que la irradies donde quiera que estés y así Él se sienta acompañado con las almas que esa paz conquiste para su Eucaristía abandonada”».

De la Hna. Teresa Mª González, que también era sobrina de nuestros fundadores, recuerda la Hna. Teodosa Mª, «me contaba que formaban los grupos de los Niños Reparadores, y cómo le gustaba cantar, y que llegaron a formar unos coros con voces preciosas. Resaltaría su celo por mantener la raíz del carisma heredado de san Manuel, su “tiito Manolo”, como le decía. También su preocupación por la belleza de la música en la liturgia. Un día en la capilla de la comunidad en carretera de Burgos me dio un papel escrito por ella, donde me decía: “Sé siempre fiel al Señor, Él no defrauda nunca”. Y en otra oportunidad me dijo: “Recuerda que, aunque caigas, Él y la Virgen siempre estarán a tu lado para ayudarte a levantar”».

No es fácil hacer una selección en medio de tantos testimonios edificantes, pero finalizamos con el recuerdo de una de las últimas hermanas que ha fallecido, Mª Dionisia: «Tuve la oportunidad de conocerla y compartir con ella unos días en Palencia. Mis palabras son de gratitud, pues me enseñó que fundamentalmente una religiosa vale por lo que es más que por lo que hace, también me enseñó el desprendimiento de las cosas que a veces creemos esenciales, que al final lo que permanece es el Señor, que nunca nos deja» (Hna. Mª Lucila). Ciertamente, no alcanza un par de páginas para escribir sobre nuestras hermanas del Nazaret del cielo, para expresarles todo nuestro cariño y gratitud, pero, teniendo a todas en el corazón, nos despedimos pidiendo especialmente por ellas: «Imploramos humildemente tu misericordia, Señor, para que nuestras hermanas que entregaron su vida al servicio del Evangelio, alcancen el premio de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (Oraciones diversas por los difuntos, Misal Romano).

Mª Andrea Chacón Dalinger, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, Nacidas para eucaristizar, San Manuel González, San Manuel González García.

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