Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2021.

«Andad, aprended lo que significa
“misericordia quiero y no sacrificios”» (Mt 9130)

Afirma san Manuel González: «Padre celestial, gracias te doy porque has querido y ordenado hacer de los dos caminos de la Vida y de la muerte, no dos líneas paralelas, que jamás se encuentran, sino convergentes en un punto. Por el primero de esos caminos va avanzando la Misericordia tuya y por el otro se arrastra fatigosamente la miseria nuestra, y una y otra van avanzando hasta encontrarse en un puente que se llama oración» (OO.CC. I, n. 940).
Dios es infinita misericordia. «No se cansa nunca de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia» (EG 3). Necesitamos rezar a diario el salmo penitencial por excelencia: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado» (Sal 51,3-4).

¡Qué bien se expresa san Manuel al decir que misericordia divina y miseria humana se encuentran en el puente de la oración! Es aquí, orando, donde reconocemos nuestra debilidad, nuestro pecado: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre« (Sal 51,7). Es en el examen de conciencia diario donde nos dejamos iluminar por la Palabra para vivirnos en verdad ante Dios: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida», dice Jesús (Jn 8,12).

Cristo es la luz. Cristo es la verdad. Desde su luz, Él ilumina nuestras tinieblas, saca al clamor de su verdad nuestras mentiras, rompe nuestras esclavitudes, arranca de nosotros el corazón de piedra, duro y soberbio, y nos da un corazón de carne capaz de amar y darse sin medida. Solo Cristo nos libera de toda atadura: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32).

La presencia eucarística de Jesús como pan de vida, pan que podemos comulgar, pan que podemos adorar, nos mueve a dejarnos convertir por Él, a dejarnos transformar por su infinita misericordia. Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. La Eucaristía es el sacramento del amor, el memorial de la muerte y resurrección de Cristo, el sacrificio incruento que actualiza el sacrificio cruento de Cristo en la cruz.

Cada vez que venimos a adorar esa presencia eucarística de Cristo estamos reconociendo que su amor no tiene fin, es eterno, permanece para siempre. Cada vez que adoramos a Cristo Eucaristía podemos escuchar, en lo profundo de nuestra alma, la misma oración que oraba Jesús cuando le estaban crucificando: «Padre perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

En la adoración eucarística nos juntamos los miserables, los pecadores, nosotros, y Quien es infinita misericordia: Jesucristo. Él es el rostro misericordioso del Padre. Solo nos pide que nos dejemos bañar en misericordia, que vayamos a Él humildes y arrepentidos para que nos pueda perdonar: «un corazón quebrantado y humillado tú, oh Dios, no lo desprecias» (Sal 51,17).

Oración inicial
Te damos gracias, Padre, porque enviaste a tu Hijo como salvador de los hombres. Él se encarnó para redimirnos con su muerte y resurrección; Él subió al leño de la Cruz cargando con los pecados de toda la Humanidad; concédenos un espíritu de verdadero arrepentimiento y sincera conversión para que, purificados por tu infinita misericordia, podamos alcanzar los gozos de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Escuchamos la Palabra
Lc 23,39-43

Los dos ladrones
Jesús es la misericordia de Dios. El buen ladrón es la persona miserable que se ha dejado tocar por la mirada de Jesús, estando ambos en el suplicio de la cruz.

La mirada de Jesús es sanadora, santa, transformadora, purificadora. El buen ladrón reconoce que el Nazareno es una persona justa y sin maldad, condenado a muerte de manera injusta: «Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo castigo de lo que hicimos, en cambio este no ha hecho nada malo» (Lc 23,41).

Jesús misericordioso ve lo que hay en el corazón de ese ladrón arrepentido. Cuando este se dirige a Él, pidiendo alcanzar el Reino definitivo, desde su deseo de salvación, el Señor le responde: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).

En la cruz, en el Calvario, se juntan la misericordia infinita y la miseria redimida, el justo que carga con los pecados de toda la Humanidad y el malvado que ha sido transformado por el perdón divino; el Cordero de Dios que da su vida por los amigos y el extraño que experimenta la amistad de Cristo; el Libertador que libera del pecado y de la muerte y el convertido que aguarda el Reino de los cielos; el Siervo del Señor que había anunciado su resurrección y el esclavo de su maldad que vive en esperanza el tránsito de su muerte.

No son dos caminos separados, como dice san Manuel, sino un puente convergente: la vida ha vencido a la muerte, el bien ha triunfado sobre el mal, la bondad del Crucificado abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido. «No era posible que la muerte tuviera domino sobre Él… Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte» (Hch 2,24).

El puente que ha unido a ambos ha sido la oración: el buen ladrón pidiendo con fe su salvación ha sido escuchado; el sanador, el médico de cuerpos y almas ha acogido esa oración y le ha prometido la entrada en su Reino.

Meditamos nuevamente con san Manuel
«¡Tu Misericordia! ¡Ése es el secreto de todos tus viajes, Jesús peregrino de la tierra, ésa es la fuerza que te impulsaba a escalar montañas y a bajar a valles y playas y a navegar por el mar y a andar sobre sus ondas y a entrar en cabañas de pescadores y en palacios de potentados y a tomar parte en festines de bodas y en duelos de muertos! ¡Tu Misericordia! ¡Ése es tu secreto y ése es el único porqué de todos tus pasos sobre la tierra como es el secreto y el porqué de tu vida de perpetuo inmolado del Altar y del Sagrario!» (OO.CC. I, n. 940).

Letanías a Jesús misericordioso
Respondemos: Ruega por nosotros

  • Jesús, reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser.
  • Jesús, Dios humanado que te abajaste para salvar a los hombres.
  • Jesús, bondad infinita, que asumiste nuestra condición humana.
  • Jesús, que viniste a los tuyos, y los tuyos no te recibieron.
  • Jesús, que por humildad naciste pobre en un pesebre.
  • Jesús, esclavo de los discípulos , que les lavaste los pies para purificar sus pecados.
  • Jesús, siervo de los siervos, que justificaste a muchos porque cargaste con los pecados de ellos.
  • Jesús, pastor de las ovejas dispersas, que convocaste a las multitudes para anunciar el Evangelio.
  • Jesús, sanador de cuerpos y de almas, que curabas a los ciegos que te seguían por el camino.
  • Jesús misericordioso, que en la muerte y la resurrección nos has abierto las puertas del paraíso.
Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.