Cordialmente, una carta para ti (octubre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2021.

La acedia, un mal de nuestro tiempo

Amigo lector: Puesto que seguimos en plena pandemia, y son (somos) muchos los que están (estamos) preocupados por ella, es posible que alguien pueda pensar que la acedia tenga algo que ver con el coronavirus… Y es lo cierto que quienes así piensan no van muy descaminados, porque esta pandemia está influyendo poderosamente en la acedia, como vamos a ver.
Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), la palabra acedia significa pereza, flojedad; pero también tristeza y angustia. Este segundo significado es el que vamos a seguir en esta carta. Por su parte, el cardenal Robert Sarah afirma que la acedia es «una forma de depresión, un enfriamiento (del alma), una laxitud espiritual, consistente en una especie de atrofia de la vitalidad interior, de desaliento, de “atonía del alma”, como decía Evagrio Póntico en el siglo IV» (Se hace tarde y anochece, Ediciones Palabra, Madrid).

A continuación, lector amigo, el cardenal Robert Sarah se refiere a Jean–Charles Nault, abad benedictino del monasterio de Saint–Wandrille (Francia), quien define la acedia como una tristeza que invade el alma ante lo que debería ser su mayor felicidad: la relación de amistad con Dios. La acedia hace que el alma pierda la alegría de conocer y de amar a Dios. Lo que el alma siente, por el contrario, es desagrado y tristeza. La acedia se convierte así en una aversión generalizada a todo lo que significa vida espiritual o vida religiosa. Algo triste y decepcionante, pero que en nuestros días es una realidad.

Sigue analizando el mencionado cardenal el mal que hoy caracteriza a las sociedades de Occidente, y lo califica como una «tristeza consciente de sí misma», lo que lleva a eliminar el verdadero motor de toda espiritualidad, esto es, el deseo de Dios. Ante el llamamiento que Dios nos hace a la santidad, «el hombre occidental se repliega sobre sí mismo, se niega a dejarse atraer, elige instalarse en la tristeza y rechaza la felicidad que Dios le ofrece». La consecuencia es la amargura, la angustia, en una palabra, la acedia que en nuestros días se viene adueñando de nuestros corazones.

Por supuesto, apreciado lector, que la acedia no es una variante del coronavirus; sin embargo, sí tiene mucho que ver con él, como te decía al comienzo de esta carta, porque viene aumentando la acedia y las depresiones en todo el mundo. La muerte de seres queridos a causa de la pandemia, el miedo al contagio, la crisis económica que se ha desencadenado, la inseguridad ante un futuro incierto y que no veamos la luz al final del túnel, ¿cómo no iban a ocasionar tristeza y depresiones?, ¿cómo no van a hacer que aumente la acedia que ya existía? En esta ocasión viene bien el dicho «ha llovido sobre mojado». A la acedia que ya había le ha caído otra encima, con lo que se ha convertido en un auténtico mal de nuestro tiempo.

Es probable, lector amigo, que te preguntes si no habrá alguna solución para esta acedia que está invadiendo nuestras vidas. En este sentido, cabe decir que el propio cardenal Sarah emprendió la búsqueda de algún remedio para este mal, y lo encuentra en santo Tomás de Aquino. En efecto, el Doctor Angélico decía que el remedio contra la acedia no estaba en nosotros, sino en Dios, mejor dicho, en su venida a este mundo, en la Encarnación, en la Navidad.

Es muy cierto que cuando vemos que Dios se hace Niño, que nace en un humilde pesebre para acercarse a nosotros y para traernos la salvación, ¿cómo vamos a sentir tristeza?, ¿cómo vamos a tener acedia? La Navidad trae alegría y aleja toda tristeza. Pese a los males que nos rodean, pese al odio y sed de venganza que hay en este mundo, pese a la pandemia que nos amenaza, la cercana Navidad nos está diciendo que hemos de volver nuestros ojos hacia ese Niño Dios que nos trae la alegría de la salvación y que nos anima a seguir el camino, a pesar de todas las dificultades que encontremos en él.

Estamos, amigo lector, a un par de meses de la Navidad. Sería maravilloso que ya empezásemos a prepararnos para la venida de Dios al mundo, a prepararnos para celebrar la Navidad. Pero no ha de ser solamente con fiestas, regalos y luces de colores, que también, sino principalmente tratando de convertir en realidad la esencia del cristianismo, que no es otra cosa que amar a Dios y al prójimo por Dios. Amar a ese Niño que va a nacer y a quienes nos rodean por amor a Él. Si lo hacemos así, es seguro que vendrá la alegría a nuestros corazones y se alejará la acedia que hoy viene amargando nuestras vidas. Vale la pena intentarlo. Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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