Nuevo Directorio para la catequesis (septiembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2021.

Como Él

La palabra «método» nos evoca a un procedimiento que hemos de realizar para alcanzar un objetivo. Es el modo por el cual conseguimos algo. El método o la metodología en la evangelización adquieren tantos enfoques y prismas que todo puede servirnos o nada puede servirnos. Además, tenemos que tener claro cuál es la finalidad que pretendemos.
Se trata más bien de saber ordenar, integrar y armonizar distintos elementos en su justa medida teniendo siempre en cuenta el interlocutor. Es cuestión de saber mezclar bien los ingredientes dándoles el punto de sal necesario, como si estuviéramos cocinando la mejor paella del mundo.

El gran pedagogo
El método evangelizador y catequético tiene mucho de imitación del gran pedagogo que es Dios. Dios en su amor inmenso a la Humanidad, quiso abajarse y por su encarnación Él mismo se hizo camino, Él mismo se convirtió en método. Solo Jesús es el que nos conduce al Padre, solo Él es el camino, la verdad y la vida. De este modo, si queremos llegar a la plenitud, es decir, a la comunión con Dios en Jesús, hemos de reproducir el modo que Él tiene de llegar a nosotros. La pedagogía divina es la fuente de todo método y de toda evangelización.

Dios guía a su pueblo desde la antigüedad. Nunca ha abandonado a los suyos. En su amor y misericordia ha buscado siempre al hombre para que entre en comunión con Él. Todo el Antiguo Testamento es un gran ejemplo de la fidelidad de Dios frente a las infidelidades y pecados del pueblo en la búsqueda de su rostro. Fue por la encarnación donde Dios, enviándonos a Jesús, selló su alianza con nosotros de una vez para siempre. La pedagogía de Dios, por tanto, nos habla de abajamiento, de acercamiento, de tener la mano tendida para que todo aquel que lo busque lo encuentre. Esta pedagogía se muestra claramente en la vida pública de Jesús, en la que siempre tiene gestos de acogida, escucha, curación, comprensión, empatía, perdón…

Este abajamiento nos recuerda que Dios optó por el hombre, lo puso en el centro de su proyecto salvador al asumir su carne, su historia, sus dificultades, su pecado… La Iglesia, por tanto, en su afán misionero está llamada a reproducir este abajamiento, ha de ponerse a la altura del hombre de cada tiempo. Impulsada por el Espíritu Santo, la comunidad cristiana, a través de la catequesis se acerca a cada persona, con su historia, con sus dudas, con sus deseos y esperanzas. Y es allí, donde ha de resonar el mensaje salvador del Evangelio. Es en la catequesis y en el anuncio misionero donde la Iglesia tiene que vivir el principio de la doble fidelidad, a Dios y su proyecto, al hombre y su realidad. Es por esto que la catequesis se servirá de una pluralidad de métodos que bien articulados nos lleven a cumplir este principio.

¿Deductivo o inductivo?
La Iglesia en los siglos pasados ha buscado ser fiel a la primacía de la gracia adoptando el método deductivo, es decir de los principios de la fe sacar conclusiones para la vida cristiana. De esta manera, se daba mucha importancia a la memoria, al conocimiento de las verdades de la fe ya que sin esto no se podía aparentemente vivir en cristiano. La irrupción de las ciencias humanas en la historia del pensamiento, hizo que el hombre y todo lo que le rodea sea tenido en cuenta para desde las experiencias humanas buscar respuestas en las grandes verdades de la fe. Este método inductivo partía de lo humano, de la experiencia, poniendo la vida del catequizando en el centro. Ambos métodos pueden y deben unirse, la doble fidelidad, a Dios y al hombre, así nos lo exige. Es tan necesario partir de la realidad y experiencia del grupo o del catequizando como conocer de memoria el Credo y llenar de contenido la catequesis. El peligro está cuando absolutizamos uno de los dos métodos. Tan peligroso es buscar solo los principios teológicos, generales de la fe y vivir una fe marcada por el cumplimiento moral de la fe, como quedarnos en la realidad que vivimos sin reconocer la primacía de la gracia y la acción del Espíritu Santo sobre nosotros.

En el acto catequético se invita siempre a partir de la experiencia humana iluminándola e interpretándola siempre desde la fe y el Evangelio. La experiencia personal de fe siempre ha de ser acompañada por la experiencia de la fe de la Iglesia. En catequesis siempre hemos de pasar del creo al creemos, del yo al nosotros, de la experiencia humana a la experiencia de la gracia.

Sergio Pérez Baena, Pbro.
Publicado en centenario MEN, El Granito de Arena, Nuevo Directorio para la catequesis.

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