Con mirada eucarística (septiembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2021.

Las fieles y leales hormigas

Pasa el verano con velocidad cansada, el segundo verano de esta pandemia contumaz que parece que no cesa. Estamos con nuestros nietos contemplando la actividad de un hormiguero curioso: más de cinco metros de una hilera de hormigas que van y vienen desde el césped hasta el agujero donde empieza la entrada de su casa.

Cuidado, no las piséis, dice la abuela Teresa, que no se corte el reguero, porque, aunque insignificantes, tienen que cumplir con la misión que Dios les ha encomendado en esta tierra en la que vivimos. A veces lo pequeño, lo menos importante, lo que pasa desapercibido, nos da las mayores lecciones y consejos. «En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).

La revelación de lo pequeño
Un simple beso después de tanto tiempo nos muestra la calidad del cariño; una mano que aprieta la otra mano en la que se deposita una moneda nos habla de la solidaridad y del desprendimiento; una palabra puede romper años de soledad; un voluntario que porta alimentos esconde la ternura del alma. Estamos acostumbrados a lo deslumbrante, a lo noticiable, y nos pasa desapercibido el gesto que muestra la grandeza de Dios.

Sin ostentación alguna, expuestas a la miseria de la muerte, el reguero de hormigas se nos muestra compacto y solidario. No regañan, no riñen, no se inmutan por nada. Una tras la otra sin ninguna prepotencia. Porque nada es tan importante como el cumplir con el deber, hacer bien el trabajo. Nadie es más que nadie. «Al atardecer de la vida –dice san Juan de la Cruz–, nos examinarán del amor». La abuela añade más ejemplos a los nietos hasta concluir que en esas hormigas puede apreciarse el amor de Dios en la creación del mundo.

La incertidumbre del día y de la hora
Están almacenando alimentos para pasar el duro y frío invierno. En el césped recogen los diferentes nutrientes que encuentran entre la tierra y las hojas y vuelven, sin cansancio ni reproches, a depositarlos en las habitaciones de su casa, su hormiguero diminuto que, si pudiera apreciarse, esconde una verdadera obra de ingeniería. De pronto nos damos cuenta de que hay una hormiga que transporta un grano bastante más grande que ella y que apenas puede arrastrarlo. Parece que no les importa el esfuerzo ni el cansancio, con tal de estar preparadas para lo que va a venir.

Las hormigas, sigue diciendo la abuela a los nietos, son como las cinco vírgenes prudentes que esperan al novio por la noche con sus lámparas encendidas, porque tienen aceite más que suficiente. En cambio las otras cinco vírgenes, las necias, no han hecho provisión de aceite y no pueden encender sus lámparas para recibir al novio. Se fueron entonces a comprarlo, a destiempo. «Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron en el banquete de boda y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Pero él respondió: En verdad os digo que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora» (Mt 25,1-13).

Sabemos que seremos llamados al banquete final, pero no sabemos ni el día ni la hora. Lo importante, como hacen las hormiguitas, es estar preparados siempre, no dejar para mañana, pues mañana puede ser tarde. El futuro feliz se construye permanentemente con el esfuerzo de la esperanza en Dios, se construye en el presente, ahora mismo, cada minuto de nuestra vida, pues desconocemos la fecha de la boda. Eso sí, sabiendo que Dios es infinitamente misericordioso, que no nos exige más de lo que podemos, aunque la carga se nos antoje tan pesada como la de esa humilde hormiga que casi no puede arrastrarla.

La certeza de la fe
Siempre son leales a la cita. Todos los veranos la tierra se puebla de hormigueros, se despiden por el frío y de nuevo vuelven a aparecer. No preguntan, sencillamente cumplen. No cuestionan, simplemente acatan la propia realidad. En su compleja organización no cuestionan el papel que les toca desempeñar, y no se quejan de ello. Se reconocen diferentes, aunque no discriminadas. Aceptan las dificultades y las superan. Así sigue explicando la abuela Teresa, que compara la perfecta organización del hormiguero con la cuestionada organización del género humano.

Qué diferente, con demasiada frecuencia, es el comportamiento humano, que se rebela contra su propia realidad. Lo estamos comprobando en la presente situación que estamos viviendo. Junto a la cordura de la solidaridad, del entendimiento, de la responsabilidad, del amor, aparecen las conductas egoístas, el desprecio, el ensimismamiento, la incomprensión. A pesar de que la propia realidad está ahí, con su potencia de muerte, no se entienden determinados postulados negacionistas de una pandemia que asola a la Humanidad entera. Se va incluso más allá del «si no lo veo, no lo creo».

Recordemos la célebre escena de Tomás cuando orgullosamente afirma: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25). Hay realidades a las que no alcanza la razón y, porque no las alcanza, las negamos. La falta de evidencia sensorial no quiere decir que no exista otro tipo de dimensión a la que se puede acceder a través de la fe, dejando que la duda opte por la posibilidad de su existencia. Cuando por fin Tomás toma conciencia de la propia realidad, le dice Jesús: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29).

Hasta el próximo año, leales y fieles hormigas. Si Dios quiere.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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