«Su afmo. P. in C. J.» (septiembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena especial de septiembre de 2021.

«Ya soy palentino»: Cartas de san Manuel González al ser nombrado obispo de Palencia

Un telegrama llegaba en la tarde del 4 de octubre de 1935 al primer piso del bloque 4 de la calle Blanca de Navarra en Madrid. Sus destinatarias, María Antonia González y su sobrina María de la Concepción, seguramente sonrieron al ver que decía simplemente: «Ya soy palentino, gracias a Dios. Manolo».

Tres meses antes, el 5 de julio de 1935, D. Manuel González había escrito al nuncio Tedeschini con premura y preocupación. Él, que había manifestado en varias ocasiones aquello de «viudo sí, pero en segundas nupcias no» (OO.CC. IV, n. 6399), ahora, tras haberse reunido el día anterior con el representante del papa en España y escucharle, se apresuraba a ponerse a disposición de la Iglesia para seguir con su misión como obispo. Ese día escribió: «Tengo hambre de servir a la Iglesia a gusto de mis Superiores. Nada más que eso» (OO.CC. IV, n. 6427).

Pocos días después, el 4 de agosto, recibió estando en Elorrio el anuncio oficial de su nombramiento como obispo de Palencia, que agradeció en la carta que envió al nuncio como acuse de recibo (OO.CC. IV, n. 6436), y el 5 de agosto L’Osservatore Romano publicó el nombramiento. «Gracias a Dios todas las noticias que recibo acerca de la nueva diócesis son excelentes» le decía al nuncio en esa carta. Las fuentes con las que contaba D. Manuel eran buenas. Por diferentes razones había estado cerca de dos obispos de Palencia: uno, el cardenal Almaraz, que fue arzobispo de Sevilla y de quien recibió el orden episcopal, había sido desde 1893 hasta 1907 obispo de esa diócesis; y otro su buen amigo D. Agustín Parrado, director de las Marías de Salamanca, que fue obispo de Palencia desde agosto de 1925 hasta abril de 1934, cuando fue designado arzobispo de Granada, precisamente la archidiócesis de la que dependía Málaga.

Carta premonitoria
La carta que en 1925 escribió D. Manuel en El Granito y que dirigió a D. Agustín en su despedida de Salamanca fue premonitoria. La dirige a las Marías de Palencia, y en ella se alegra de que fueran a contar con un obispo «de muchos Sagrarios abandonados» (OO.CC. IV, n. 5658). Lejos estaba entonces D. Manuel de saber lo que significaría Palencia para la Obra de los Sagrarios Abandonados, y muy especialmente para las que con el tiempo serían las Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Diez años después, en vísperas de su traslado a Palencia, D. Agustín le orientará en relación con su nueva sede; así se lo pidió D. Manuel en agosto de 1935 en una de las primeras cartas que escribió tras recibir su nombramiento (OO.CC. IV, n. 6445) y así lo hizo el arzobispo de Granada, pues en las cartas de D. Manuel a su hermana y a su sobrina, en las que trataba del traslado a Palencia, las referencias a las indicaciones y recomendaciones de D. Agustín son constantes.

Entre las muchas cartas que recibió D. Manuel al conocerse la noticia de su designación como obispo de Palencia se encontraba la del representante del gobierno en esta provincia. Casualmente D. Victoriano Maesso había desempeñado el cargo de gobernador civil de Huelva, antes de serlo de Palencia. El 20 de agosto de 1935 le respondió, aprovechando para presentarle sus respetos. La carta, que fue publicada en un periódico palentino, no se encuentra entre las recogidas en el volumen editado de la correspondencia del san Manuel González, pues supimos de ella a poco de haber salido de imprenta este tomo de sus Obras Completas. Aprovecho, pues, para darla a conocer ahora. Decía así:

«Muy estimado señor mío: Acabo de recibir su atento y cariñoso besalamano, y me apresuro a significarle mi más profundo agradecimiento por su bondadosa felicitación con motivo de mi traslado de la Sede de Málaga, a la de esa noble y gloriosa Sede de Palencia, así como por las inmerecidas frases de elogio que me dedica, recordando su paso por el Gobierno civil de Huelva. Considerando su afectuoso saludo como presagio de la armonía, en que Dios mediante, ha de vivir la autoridad civil y la eclesiástica de Palencia, ayudándose mutuamente para laborar por la prosperidad espiritual y temporal del pueblo, hónreme en ofrecerme de V.E. afmo. s.s. y c. en C.J.»

Palencia fue un caramelito de Dios para D. Manuel y quiero pensar que D. Agustín debió influir, como arzobispo metropolitano, pero también como amigo, para llegar a una solución al destierro malagueño que le obligaba a vivir en Madrid. Desde Palencia podría dedicarse a sus obras eucarísticas, al mismo tiempo que gobernaba la diócesis, y por otro lado se le alejaba de Madrid.

Relaciones Iglesia y Estado
Conviene en este punto recordar que las relaciones entre la Iglesia y el Estado en España fueron difíciles ya desde 1931. Los gobiernos durante la Segunda República Española no intervinieron en el nombramiento de obispos como le permitía el concordato entonces vigente, aunque suspendido en sus efectos, pero la Ley de Confesiones y Congregaciones religiosas de marzo de 1933 tras establecer que éstas «nombrarán libremente a todos los ministros, administradores y titulares de cargos y funciones eclesiásticas» añadía «el Estado se reserva el derecho de no reconocer en su función a los nombrados en virtud de lo dispuesto anteriormente, cuando el nombramiento recaiga en persona que pueda ser peligrosa para el orden o la seguridad del Estado». El traslado de D. Manuel a Palencia en 1935 era de algún modo una medida de prudencia diplomática de la Santa Sede, pues suponía alejar de la capital de España a un obispo que sin duda tenía gancho entre los católicos españoles; aunque nunca se había señalado por tomar posiciones políticas, pese a vivir en un momento en el que las circunstancias parecían exigirlo. Cuando algunos teólogos y sociólogos católicos se manifestaban por la necesidad de una respuesta política desde la Iglesia a los problemas, acuciantes, que se presentaban a comienzos de aquellos difíciles años 30, y estas posturas no fueron bien vistas por la Santa Sede, D. Manuel, siempre fidelísimo al papa, escribió:

«Los teólogos y sociólogos católicos me inspiran una gran admiración y un gran respeto, pero por sabios y santos que sean, cuando habla el Papa y de manera tan clara y terminante como en las Encíclicas que V. conoce, yo me pongo siempre de parte del Papa, aunque los demás, y aun mí misma inclinación me digan lo contrario. Porque ¿podemos suponer que el Vicario de Cristo en sus Encíclicas nos va a dar normas contrarias a la verdadera Doctrina de la Iglesia y que unos señores particulares van a ser más sabios para instruir a los fieles?» (OO.CC. IV, n. 6212).

Una nueva bendición
En aquel enrarecido clima de la sociedad española algunos quisieron ver este destino de Palencia como un nuevo e injusto destierro del obispo; sin embargo, D. Manuel estaba convencido que siendo un acto de obediencia al papa, aquello iba a ser una nueva bendición, aunque como tantas otras que recibiera, viniera acompañada de la cruz: dejar aquel seminario de Málaga, la casa de las Marías Nazarenas, etc., y por eso en septiembre de 1935 escribió: «Jesús me quiere ahora en Palencia ¡Viva Palencia!» (OO.CC. IV, n. 6498).

Tras la toma de posesión del obispado, que tuvo lugar el día 4 de octubre, D. Manuel se dirigió al monasterio de San Isidro de Dueñas, donde estaría de ejercicios espirituales desde el domingo 6 hasta el sábado 12 de octubre, día en el que entró oficialmente como nuevo obispo a su sede en esa ciudad «rica en Fe y Piedad», como explicaba a sus hijas (OO.CC. IV, n. 6453). Los actos que tuvieron lugar ese día y la extraordinaria acogida que le ofrecieron los palentinos es narrada con detalle por Campos Giles en El obispo del Sagrario Abandonado (vol. II, pp. 503 y ss.). Aquel cariño que mostraban por su nuevo obispo se prolongaría y crecería con el tiempo.

Cuando fue nombrado obispo de Palencia D. Manuel llevaba cuatro años, el tiempo que había pasado en Ronda y en Madrid, alejado de su rebaño. Él que como pastor ansiaba tanto estar cerca de sus ovejas, ahora iba a poder tener uno nuevo y la oportunidad de estar junto a él. ¡Con qué alegría retomó las visitas pastorales! y dar catequesis a aquellos niños de los pueblos de Palencia, que hablaban con un acento «que ya lo querría yo para los días de fiesta».

Palencia era, además, un lugar bien comunicado, lo que facilitó el que pudiera atender sus obras eucarísticas y mantener contacto con quienes cultivaban su amistad o buscaban su consejo: «como esto coge de paso para muchos sitios –le dirá al joven sacerdote José María Escrivá–, espero que no pasará sin hacer una pequeña escala en Palencia» (OO.CC. IV, n. 6773).

Noticias siempre halagüeñas
Tan contento iba a Palencia que, aun siendo andaluz y por tanto acostumbrado a las temperaturas cálidas del sur de España, ni siquiera el clima frío de este lugar le parecía mal. Era un tema, este del tiempo, que preocupaba más a quienes le escribieron felicitándole por su nombramiento que a él mismo, que respondía: «hace frío, pero menos que en Burgos y León; nieva y llueve poco, en cambio un cielo despejado y hermoso» (OO.CC. IV, n. 6446). Al escribir en aquellos días a su hermana y su sobrina les contó cómo el obispo de Logroño le «dio gran cantidad de noticias todas muy halagüeñas, hasta del frío que dice no es tan fiero, por el mucho sol que hay» (OO.CC. IV, n. 6459); aunque al mismo tiempo, al conocer la distribución del palacio episcopal de Palencia, les confió a ellas su idea de hacer un «gran jardín sevillano en el gran patio de entrada hoy abandonado y con cascotes» (OO.CC. IV, n. 6490).

Fueron muchas las felicitaciones y muestras de cariño que recibió D. Manuel en aquellos días finales del verano de 1935; aunque algunas de las cartas que las contenían dejaban reflejar cierta tristeza, especialmente las que llegaban desde Málaga. Seguramente tuvo que hacer un gran esfuerzo para responderlas y afortunadamente se conservan muchas de las que escribió aquellos meses. Especialmente emotiva es la carta con la que respondió los buenos deseos que para su pontificado palentino le hacía llegar su amigo Manuel Siurot. En la confianza de su antigua y sincera amistad le escribe:

«Sea mi primera palabra, correspondiendo a la suya: ¡Viva el Corazón de Jesús! ¡Viva la Inmaculada Milagrosa Ntra. Madre! ¡Viva el Amo! Gracias a Él, voy a salir de la situación de desterrado en la que me ha tenido metido más de cuatro años. Muchísimo me duele dejar definitivamente a Málaga, ¡hay allí tantas personas y obras buenas tan queridas mías…! Pero estoy muy contento, primero, porque es el Corazón de Jesús quien me saca de allí para llevarme a Palencia que, según me aseguran todos es la Diócesis más religiosa de España, en donde podré trabajar directamente en la Viña del Señor. Además, tiene la Diócesis un Clero muy numeroso y muy bien formado y un Seminario repleto de alumnos ¡Viva el AMO!» (OO.CC. IV, n. 6476).

Precisamente la primera visita que realizó como obispo de Palencia fue al seminario de la diócesis, el seminario de San José, que, tras el comienzo de la Guerra civil española en 1936, llegó a acoger a seis seminaristas malagueños, como contó en una carta que escribió a sor María de Santiago Lisbona a comienzos de 1937 (OO.CC. IV, n. 6643).

Aspiración fundamental
En medio de todo aquel torbellino de acontecimientos (los problemas del traslado, las presentaciones, los nombramientos…), D. Manuel tenía una aspiración fundamental: «Tengo verdadero deseo de verme metido en trabajo palentino» (OO.CC. IV, n. 6487) y pronto se metió de lleno en la labor pastoral de aquella diócesis; en poco más de un año como obispo pudo hacer la visita a todos los pueblos que la componían, que no eran pocos. En enero de 1937 le decía a sor María de Santiago: «concluí felizmente mi visita por los pueblos».

En su primer día como obispo de Palencia D. Manuel escribió: «Día 4 de octubre: primer viernes. Tomo posesión de Palencia. Me ofrezco como pequeña hostia sonriente y quiero ser vicario del Corazón de Jesús en Palencia» (El Obispo del Sagrario Abandonado, vol. II, p. 502). Jesús recogió ese ofrecimiento, Dios le había llevado a ese apacible lugar no para otra cosa más que para ser santo, como antes le había llevado a Huelva, a Málaga y al destierro en Gibraltar y Madrid, y san Manuel fue sonriente vicario del Corazón de Jesús en esta ciudad castellana en la que hoy, junto al Sagrario, descansan sus restos.

Aurora M.ª López Medina
En memoria de Mª Soledad Botín, m.e.n. y también palentina de corazón, quien de niña conoció a san Manuel
y ha sido pequeña hostia sonriente en su larga vida de misionera eucarística, descanse en paz
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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