Orar con el obispo del Sagrario abandonado (septiembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2021.

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,50)

Afirma san Manuel González en su libro El abandono de los Sagrarios acompañados que «la Comunión tiende por su propia virtud, y llega, si no se le pone obstáculo voluntario por el hombre, a unir, por asimilación, a cada hombre con Cristo, dándole a vivir la misma vida suya, no sólo de hombre, sino de Dios» (OO.CC. I, n. 194).
En casi todos sus escritos, D. Manuel nos adentra en el misterio del infinito amor de Dios por los hombres a través de la Comunión eucarística. Él mismo se lamenta de lo poco que se habla de este abandono del dogma de la Comunión: «¡Cuánto habría que lamentar y que declarar sobre ese poco reparado abandono de la teología de la Comunión!» (OO.CC. I, n. 192). Siempre será poco lo que se hable. Nadie ama lo que no conoce. Cuanto más se conozca el misterio del infinito amor del Padre entregándonos a su Hijo como comida y bebida de salvación, tanto más amaremos esa presencia viva y tanto más iremos a cada Comunión eucarística con verdadera hambre de Él, pan de vida.

«La Comunión es comida que pide de nuestra parte espiritual estómago limpio (estado de gracia) y un poquito de hambre (recta intención) […] Jesús quiere ser comulgado para un fin mucho más necesario y absoluto. Ese fin señalado y revelado en estas palabras: “Mi carne es verdadera comida…”» (OO.CC. I, nn. 191. 193).

Así lo hemos recibido, vivamente, de los padres de la Iglesia, como nos enseña san Cirilo de Alejandría: «Así, pues, comiendo la carne de Cristo, el Salvador de todos, y bebiendo su sangre, tenemos la vida en nosotros y llegamos a ser uno con él, permanecemos en él y él en nosotros. Es necesario que viniera a nosotros de la manera propia de Dios, por el Espíritu Santo, y que, en cierta manera, se mezcle con nuestros cuerpos a través de su santa carne y su sangre preciosa que, en el pan y el vino, recibimos como bendición vivificante».

Una corriente de vida divina atraviesa toda la Historia de la Iglesia, con la misma realidad y fundamento: La Eucaristía es centro, culmen, fuente y corazón del pueblo de Dios; y, por tanto, de cada uno de nosotros. Así nos lo ratifica san Manuel: «En la unión tan íntima y en semejanza de vida tal como la de un hermano con su hermano, como la de un miembro de un cuerpo con otro miembro del mismo, de tal modo que toda Comunión, por propia virtud y por intención de su divino Autor, no deja de obrar e influir hasta hacer de cada comulgante un hijo verdadero de Dios. Hermano perfecto de Jesús. Miembro vivo y rebosante de salud de su Cuerpo. Participante y heredero de todos sus bienes y méritos. En una palabra: otro Jesús» (OO.CC. I, n. 194).

Oración inicial
Oh Padre, que en tu Hijo, muerto y resucitado, has realizado la obra de nuestra redención, concédenos que la participación frecuente en este Sacramento del amor, sea para nosotros fuente de vida eterna, árbol fecundo de frutos inagotables, experiencia de ser amados hasta el extremo por Él, por el don que ha hecho de sí mismo en favor de toda la Humanidad. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Jn 6, 41-51.

Meditamos este Evangelio
La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. La imagen del pan es sencilla y cercana, porque es el alimento básico de cualquier ser humano, accesible incluso a los más pobres y desheredados de la tierra. Jesús se sirve de esta imagen del pan para mostrar su cercanía y sencillez, su gratuidad y abundancia en cada Eucaristía. Se llama a sí mismo con estos títulos: «Yo soy el pan bajado del cielo»; «Yo soy el pan de la vida»; «el que coma de este pan vivirá para siempre».

Con estas imágenes nos está indicando de dónde viene y a dónde va después de su muerte: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1). Viene de Dios y vuelve a Dios. Y, a su vez, se queda para siempre con nosotros: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).Así sucede también con nosotros: podemos ir a Él porque el Padre nos ha dado el don de la fe para creer en su Hijo como Mesías y Salvador. Podemos ir al Padre porque Él es el camino: «Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jn 14,6-7).

«Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarca al hombre en su totalidad» (EdE 18).

«En cada Celebración eucarística se realiza sacramentalmente la reunión escatológica del Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas y descrito en el Nuevo Testamento como “las bodas del cordero” (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos» (SaCa 31).

Escuchamos nuevamente a san Manuel González
Al obispo del Sagrario abandonado le dolía que tantos y tantos cristianos hubieran abandonado al Señor, como fue abandonado por los suyos en toda su pasión y en su muerte:

«¿Por qué no ha de poder decirse que Jesús está abandonado en su Sagrario, de miles de vecinos bautizados y adoctrinados que no van, aunque tenga a su lado a un sacerdote fiel como san Juan y a un grupo de almas constantes y compasivas, como las primeras Marías?» (OO.CC. I, n. 136).

«Hablo de católicos que creen y saben que nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, está real y vivo en el Santísimo Sacramento, y, viviendo cerca de Él y sobrados de tiempo y fuerza para el quehacer, el recreo, el casino, la taberna, no van nunca ni a recibirlo ni a visitarlo, ni guardan con Él relación de amistad o gratitud ninguna» (OO.CC. I, n. 141).

Hacemos nuestras estas palabras de san Manuel, porque también hoy nos duele que tantos familiares y amigos hayan abandonado la participación en la Eucaristía dominical. No nos quedemos en el mero lamento y mucho menos en la crítica a los otros. ¡Testimoniemos nuestra fe en la Eucaristía, en el valor inmenso de recibir a Jesús Sacramentado, en dejarnos eucaristizar para irradiar, a tiempo y a destiempo, nuestro amor al Sacramento de la caridad! Ha de dolernos nuestra propia negligencia en la participación distraída en ella, o nuestra poca transmisión de su valor infinito. Lo que le duele a Jesús ha de dolernos a nosotros:

«Si esa acción de la Misa no es una de tantas acciones como realizó y realiza el Corazón de Jesús en su vida mortal, y ahora en su vida eucarística, sino la principal, más querida, costosa y fecunda de todas, la que tanto absorbe y condiciona a las demás, que pudiera llamarse la “única acción suya…”; si la Misa, repito, y el altar y la acción de la Misa es eso, habéis de convenir conmigo en que Jesús en la Misa padece muchos y muy crueles abandonos» (OO.CC. I, n. 159).

Ante esa realidad que también acontece hoy, hemos de pedir al Espíritu Santo que nos acreciente la preparación de este Sacramento antes de ir a su celebración: con verdadera hambre espiritual del pan de vida, con la interiorización de la Palabra de Dios que luego se proclamará, con el deseo de ofrecer nuestra vida como una ofrenda agradable a Dios. Porque «la santa Misa es el acto central, la obra maestra, la clave del arco, el tronco vital de toda la liturgia, hasta el punto de que ésta es siempre eucarística» (OO.CC. I, n. 177).

Podemos dar gracias ininterrumpidas de su presencia real y sacramental después de haberle recibido porque, desde nuestra pequeñez y pecado, nos unimos a la acción de gracias que toda la Iglesia le dirige al Padre por la entrega de su Hijo: «¡Qué gozo siente mi alma! Por muy ofendido, despreciado, blasfemado e injustamente tratado que sea Dios por parte de muchos hombres, mi Madre la Iglesia y cada uno de los que tenemos la dicha de pertenecer a su cuerpo y a su alma, podemos dar a Dios infinitamente más gloria que ofensas puede recibir de los pecados de los hombres» (OO.CC. I, n. 183).

Unamos con toda generosidad y desprendimiento de nosotros mismo cuando, en la Comunión, nos unimos a la entrega de Cristo en favor de los hombres: «Si la perfección de la ley está en la caridad y la perfección de ésta es el Sacrificio, sacrificándonos cada día con Jesús sacrificado, realizamos el acto mayor y mejor de amor a Dios y de odio a muerte a su mayor enemigo, que es el egoísmo» (OO.CC. I, n. 188).

Participemos de una manera viva en cada Eucaristía para permitir a Jesucristo que día a día nos vaya eucaristizando, nos vaya transformando en cristos Eucaristía: «La Comunión, más que una siembra, es una manducación, digestión y asimilación de Jesús vivo, por el hombre. ¿Para qué? Sin duda para preparar gradualmente y obtener de cosecha en su día, muchos hombres–Jesús, y como hoy es y está Jesús en el cielo. Esto es, como Hombre–Dios sacrificado y glorioso. O más breve, como Hostia gloriosa del cielo» (OO.CC. I, 195).

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre, porque tu Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se manifiesta como el pan que viene de ti para dar vida al mundo; bendito seas, porque a Él nadie puede ir si tú, oh Padre, no le llevas, si tú no le concedes el don de la fe.

Bendito y alabado seas, Padre, fundamento de todo lo que existe, porque solo escuchándote a ti y aprendiendo de ti, en tu revelación divina a la Humanidad, llegamos a tu Hijo, pan de la vida.

Bendito seas, Jesucristo, porque existes junto al Padre desde toda la eternidad y eres uno con Él. Bendito tu nombre santo, porque creyendo en ti y alimentándonos de tu carne, depositas en nosotros semillas de eternidad. Tu presencia eucarística y la comunión en tu pan de vida nos garantiza la vida para siempre. Creemos y sabemos que cada Eucaristía es un anticipo del cielo en la tierra.

Gracias, Cristo Jesús, por ser el pan vivo bajado del cielo; gracias por darte por entero en cada celebración de tu Memorial para irnos eucaristizando.

Gracias porque nos constituyes en discípulos tuyos, en íntima comunión contigo para, luego, poder construir la comunión de amor con los hermanos, en la puesta en práctica del mandamiento nuevo del amor, en las distintas formas de vida comunitaria de la Iglesia.

Bendito y alabado seas, Espíritu Santo, porque te haces presente en cada Eucaristía cuando el sacerdote impone sus manos sobre el pan y el vino para que tú santifiques esos dones, de forma que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Así, con tu fuerza, luz y gracia, das plenitud a nuestras vidas, santificas nuestras comunidades, nos congregas como pueblo de la nueva alianza y nos envías en medio de los hombres para anunciar el Evangelio a los pobres y para lograr que la humanidad se vuelva loca de amor por la Eucaristía. Gracias, oh Paráclito.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.