Cordialmente, una carta para ti (septiembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2021.

Creer sin haber visto

Amigo lector: Lo primero, decirte que mucho me alegraría hayas disfrutado de un verano feliz y recuperador; también me alegraría que Jesús Eucaristía y nuestro san Manuel te hayan protegido a ti y a tu familia del coronavirus, un serio peligro que no cesa de acecharnos y que tanto nos ha cambiado la vida. Lo segundo, me agradaría hablarte de otro peligro que también nos acecha y está cambiando nuestras vidas. Paso a hablarte de él.
Este otro peligro tiene un nombre: el materialismo. Y es un peligro porque nos empuja a una interpretación de la vida en la que no tienen cabida los valores espirituales. El actual materialismo hace que utilicemos los ojos de la carne, pero no los del espíritu. Esto trae como consecuencia que creamos únicamente en lo que podemos ver y tocar. Todo lo que no es posible ver ni tocar no existe para quienes hacen una interpretación materialista de la vida.

Lo que te acabo de decir, querido lector, nos permite caer en la cuenta de que en el mundo de hoy existen muchos que son seguidores de Tomás, uno de los discípulos de Jesús. Como recordarás, después de resucitado, el Señor se apareció a sus discípulos para infundirles el Espíritu Santo, pero aquel día no se encontraba Tomás entre ellos. Cuando sus compañeros le contaron lo ocurrido, él les dijo: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25). Hoy, dos mil años después, hay cristianos que también adoptan una actitud semejante a la de Tomás ante todo lo que no han visto. Es la interpretación materialista de la vida, en nuestros días mucho más peligrosa, porque se la quiere revestir de cierto carácter científico.

Creer solamente en lo que vemos es fuente de agnosticismo y de ateísmo, ya que, como no es posible ver a Dios con los ojos de la carne, se termina por negarle, por no creer en Él. En nuestros días se viene extendiendo la filosofía del «no creer en lo que no se ve» o «ver primero para creer después». Y es el caso que esta filosofía de la vida se está imponiendo con fuerza, debido a que cada vez son más los que solo ven con los ojos de la carne, porque se le han secado los ojos del espíritu.

Precisamente, en lo anterior radica la gran diferencia que hay entre el creyente y el no creyente. En efecto, mientras que el primero ve con los ojos de la carne y también con los del espíritu, el segundo solamente ve con los ojos de la carne, porque los del espíritu o nunca tuvieron visión o la perdieron con el paso de los años… Algo muy triste y preocupante, amigo lector.

Con ojos de fe
El hecho de que se esté extendiendo la interpretación materialista de la vida trae como consecuencia que la muerte no sea vista como un tránsito a otro estado, sino como una meta final. Para quienes solo ven con los ojos de la carne, no hay un más allá después de la muerte, no existe la vida eterna. Todo termina aquí. La visión materialista de la vida lleva así a la más absoluta despreocupación por la salvación del alma. Lo que importa es proporcionarle satisfacciones al cuerpo y vivir del mejor modo posible, según los dictados del carpe diem, es decir, gozando del momento presente sin pensar en rendir cuentas a nadie. Esta actitud ante la vida y ante la muerte lleva necesariamente a ese «nihilismo existencial» del que nos hablaba Benedicto XVI.

Volviendo, amigo lector, al pasaje evangélico de la aparición de Jesús resucitado, recordarás que pasados ocho días de aquella primera aparición, el Señor se volvió a aparecer a sus discípulos en el mismo lugar. Y al igual que la vez anterior, también ahora las puertas estaban completamente cerradas por temor a los judíos. Pero en esta ocasión sí estaba Tomás entre ellos.

Después de saludar a todos, Jesús se dirigió a Tomás, y le dijo: «Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente». Es lógico suponer que Tomás estaría desconcertado y avergonzado no solo ante el Maestro, sino también ante sus propios compañeros, por lo que únicamente acertó a decir: «¡Señor mío y Dios mío!»… Jesús, con esa cercanía y ese inmenso amor que tanto arrastraba a las gentes, le dirigió estas palabras: «Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron» (Jn 20, 29).

Si todos creyésemos sin haber visto, si tuviésemos más fe, es seguro, amigo lector, que se detendría el avance de este materialismo que tanto daño viene haciendo. Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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