Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2021.

«Yo de buena gana me gastaré y me desgastaré por vuestras almas» (2Co 12,15)

Afirma san Manuel: «Su único trabajo no puede ser más que éste: gastarse y desgastarse totalmente por los fieles… Su única pena ésta: que se pierdan las almas; su única alegría: que las almas malas se hagan buenas, y que las buenas se hagan santas; su norma: sacrificarse por el bien de las almas; su ambición: dame almas, toma lo demás. Su sueño: morir por ellas…» (OO.CC. III, n. 4751).
¡Cómo ardía en el corazón de san Manuel la necesidad de sacerdotes santos! ¡Con qué fuego hablaba a los seminaristas y sacerdotes de Málaga y Palencia! ¡Cómo reflejan estas palabras suyas su entrega, sacrificio, donación como sacerdote y obispo!

Oremos en esta hora santa por la santidad de los sacerdotes, para que en medio de sus muchas dedicaciones sean hombres de Dios; en medio de tantas tentaciones del mundo, del demonio y de la carne, sean fieles a su vocación y constantes en su vida espiritual; en medio de numerosas burlas y calumnias, sean fuertes en el amor divino y perdonadores de sus enemigos.

«El sacerdocio es un estado consagrado por Dios para el servicio de las almas. El sacerdote es el hombre de las almas; porque [los] hombres tienen su profesión por afición, por carrera, por modo de vivir; el sacerdote es sacerdote por consagración y por estado» (OO.CC. III, n. 4750).

Oración inicial
Señor Jesús, enviado del Padre, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que en el seno de la Madre Iglesia has llamado a algunos al ministerio sacerdotal, con la misión de apacentar al pueblo cristiano con su ejemplo de vida, con su predicación ardiente y con su servicio generoso y gratuito, ven en su ayuda con la fuerza del Espíritu Santo y santifícalos en la verdad. P.N.S.J.

Escuchamos la Palabra
2Co 12,11-18

Meditación
Apóstol significa enviado. El enviado del Padre es Jesucristo. Él quiso llamar y elegir a algunos, de entre la multitud de los discípulos, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. Eligió doce para que fueran apóstoles: enviados suyos. «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo» (Jn 20,21).

El Señor sigue llamando, aunque las circunstancias familiares, sociales y de la Iglesia, en ocasiones, dificultan que el llamado escuche la voz de Dios; o escuchándola, sea sordo a su llamamiento. La mies sigue siendo mucha y los obreros pocos. ¡Cómo hemos de orar por las vocaciones al sacerdocio y por la perseverancia de los que ya han sido ordenados presbíteros! San Pablo, en este fragmento de la Segunda Carta a los Corintios, se presenta como el más pequeño de los apóstoles, siendo nada; pero, a la vez, con la fuerza y la valentía, con la certeza de fe y el ardor evangelizador de cualquier apóstol.

Toda su misión la ha vivido y desarrollado en pura gratuidad, sin esperar nada a cambio, sin ser gravoso para ninguna comunidad, ganándose el pan con su trabajo, entregándose a ellos noche y día, porque lo único que le mueve es el amor a Dios y, desde ese amor, amando a los miembros de esa comunidad de Corinto, movido por el Espíritu Santo, lo mismo que sus colaboradores más directos: Timoteo y Tito. Las palabras de san Pablo han de ser un estímulo permanente para cualquier sacerdote de hoy; han de ser una espada de Evangelio para aspirar a la santidad sacerdotal: «No aspiro, ciertamente, más que a dar gusto al Señor, sirviéndole con todas las fuerzas de mi ser». «Señor, queremos ser santos. Señor, podemos ser santos. Señor, debemos ser santos. Señor, con tu gracia, seremos santos» (Vble. D. José Mª García Lahiguera).

Escuchemos nuevamente a san Manuel
Es imprescindible que el sacerdote–apóstol se deje configurar con Cristo sacerdote, desde la gracia sacramental que recibió el día de la ordenación, desde la intimidad constante con el Buen Pastor, desde el abandono completo en las manos del Padre, desde la apertura permanente a la acción del Espíritu Santo que va obrando maravillas en él. Si Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1Tim 2,4), el sacerdote–apóstol ha de arder en fuego divino para entregarse, sin medida, a la misión que el Señor y la Iglesia le piden: « Que el valor absoluto de un alma es fácil de conocer, pero imposible de comprender, porque un alma vale tanto como la sangre de nuestro Señor Jesucristo, con que ha sido rescatada y elevada» (OO.CC. III, n. 4755). Por eso, el sacerdote–apóstol hace suya la experiencia del apóstol san Pablo: «De buena gana me gastaré y me desgastaré por vuestras almas» (2Cor 12,15).

Las claves para esa revolución en el amor del sacerdote, imagen del Buen Pastor, las señala san Manuel: «el secreto de aquellos triunfos está en la silenciosa abnegación, en el sacrificio oculto, en la oración constante y humilde de un alma desconocida o al parecer insignificante» (OO.CC. III, n. 4755).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.