Los títulos que san Manuel da a la santísima Virgen

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2021.

¿Cómo la llama? (I)

Contamos, en este número de El Granito, con la voz autorizada de Dª. Deyanira Flores, doctora en Teología y Mariología. Es profesora en la Universidad Católica de Costa Rica, la Universidad Teológica de América Central, el Centro Mariano Servita, de México, y el Instituto Internacional de Investigaciones Marianas de la Universidad de Dayton, Ohio, EE.UU. Además, es gran devota de san Manuel y apasionada estudiosa de sus escritos.
Los apelativos que una persona le da a otra son muy reveladores del conocimiento y los sentimientos que tiene para con ella. ¿Cómo llama san Manuel a la Virgen María? En sus Obras Completas encontramos un número elevado de diferentes títulos que le da a la «Inmaculada, Hija, Madre y Esposa de Dios» (n. 648). Nuestra intención es explorar estos títulos en sí mismos, arriesgando dejar por fuera la importancia de verlos en sus contextos, con el propósito de mostrar la riqueza que se puede encontrar en los meros títulos y despertar la inquietud de conocer todo el contenido. Si esto me dice sólo el título, ¡qué será el texto completo! ¡qué será toda la obra de san Manuel!

Nos limitamos a los primeros tres volúmenes de sus Obras Completas. Para facilitar la lectura, citaremos solo el número del párrafo: Vol. I: nn. 1-1609; Vol. II: nn. 1610-3851; Vol. III: nn. 3852-5325.

Los títulos en sí
La riqueza teológica y originalidad detrás de los títulos que da san Manuel a Jesucristo y a la Virgen es casi inagotable. Cada uno engloba una doctrina larga y hondamente meditada y asimilada, y demuestra su profunda espiritualidad, fertilidad de mente y fina sensibilidad.

Algunos de estos títulos son muy cortos: «Madre» (1237, 1361, 2431); «la Inmaculada» (2924). Otras veces une varios títulos, por ejemplo: «Madre Inmaculada, altar primero, trono perpetuo, Esposa, Madre e Hija de la Trinidad augusta» (5136); «María Inmaculada, Madre del divino Abandonado y Maestra de las Marías» (1178). Otros los podríamos llamar explicativos, porque en cuestión de pocas palabras desarrollan su significado de manera muy perspicaz. Ofrecemos sólo tres ejemplos: «La pura criatura que a la Trinidad augusta ha dado más gloria y ha obtenido para el cielo y para la tierra más bienes que todas las puras criaturas juntas» (2616); «Inmaculada Madre María, dispensadora del más rico don de los cielos y de la tierra. Dadora de Jesús mortal en el Evangelio, de Jesús glorioso en el cielo y de Jesús Sacramentado en el Sagrario» (1140); «Su Madre Inmaculada, la sembradora, la gran sembradora no sólo de la vida de Dios, sino del Dios de la vida» (957).

La riqueza, variedad, originalidad y profundidad de los títulos que le adjudica a Cristo revelan a san Manuel como un gran cristólogo, que recuerda a san Ambrosio (+397) por lo completo y claro de su doctrina cristológica. He aquí algunos de ellos: «Aprendiz del taller de Nazaret» (572); «Maestro de la Cruz de palo» (572); «Amo y Padre y Madre y Maestro» (2300); «Verbo Sacramentado y Verbo predicado» (2436); «el Sacrificado de la Cruz» (2461); «el Jesús bueno de la Eucaristía» (1293); «el Jesús desconocido en su religión y doctrina; el Jesús del Sagrario abandonado; el Jesús en su Iglesia y en las almas escogidas perpetuamente escarnecido… en el tribunal de las pasiones» (2498).

Aunque procura ser muy reservado, a veces se le escapa el amor que arde incontenible en su corazón por Jesús, a quien no duda en llamar «Jesús mío» (1298; cf. 1294, 1334). Le gusta mucho denominarlo «hermano mío» (3029), «mi hermano mayor» (812, 3029); se considera «su pobre hermano» (1334) y le dice que desearía ser: «tu discípulo y tu amigo y tu hermano menor» (1294). He aquí un texto en que revela la intimidad de amor que goza con Jesús y María: «Pues bien, Jesús mío, Jesús rico y generoso hermano mío, ¿vamos a celebrar juntos la fiesta de nuestra Madre?» (1334). En relación con María habla de «nuestro Jesús» (2538; cf. 1308).

Por lo que respecta a la Virgen, los ricos y variados títulos que san Manuel le da forman, reunidos, una mariología en miniatura y prueban sea su intenso amor filial hacia su Madre Inmaculada sea la hondura que alcanzaron sus meditaciones sobre el misterio mariano a lo largo de su vida, llevadas a cabo teniendo como fuente principal la Palabra de Dios y realizadas sin duda alguna a la luz del Sagrario.

Cualidades de san Manuel
La fecundidad que vemos en san Manuel es don de Dios, el cual armonizó de manera insigne en su alma, como en una gran sinfonía, las cualidades del místico, teólogo, fundador, moralista, pastor y catequista, de tal forma que en su obra vibran juntos la inspiración mística de los más altos vuelos, la sólida doctrina teológica, los carismas del fundador de una Obra que sigue hoy pujante y será siempre actual y necesaria, la convicción y el llamado a la vocación universal a la santidad, la caridad y altura de miras del verdadero pastor de almas, cercano, práctico y realista, y una excepcional aptitud para la catequesis infantil, resumida en esta expresión tan suya sobre María como «Madre del Jesús de los niños y de los niños de Jesús» (1372).

Esta misma sinfonía muestra cómo se cumplen en él sus propias palabras: ¡cuánto se aprende a la luz del Sagrario! (cf. 563-564, 2830)!, ¡cuánto fruto y efectividad pastoral provienen solo del Sagrario! (cf. 3771-3778). De hecho, lo fundamental en san Manuel es que todas sus enseñanzas sobre las verdades de la fe y moral cristianas están iluminadas, impregnadas, y tienden como a su objeto y su fin al misterio supremo y sublime de la Eucaristía (cf. 565-569, 1461-1478). ¡Tal es la comprensión y vivencia de san Manuel del misterio eucarístico que sin duda merece ser proclamado un día doctor de la Eucaristía!

Otro dato importante que nos ayuda a valorar los escritos de san Manuel es que él enseña las verdades de la fe cristiana de una manera vívida, no como doctrinas abstractas, sino como verdades muy reales que nos llevan a una relación muy concreta de amor y unión con el Hijo de Dios y su Madre Inmaculada.

Por eso las expresa constantemente con un lenguaje relacional: Jesucristo no es solo para él la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se encarnó para salvarnos, sino «Jesús mío, rico y generoso hermano mío» (1334). La Inmaculada Concepción no es solo el dogma que enseña que María fue preservada de contraer el pecado original, sino «mi Madre querida la Inmaculada» (3282), la «Madre Inmaculada de Jesús y mía» (1366). El Evangelio no es solo la Palabra de Dios puesta por escrito, ni el Sagrario es simplemente «la Reserva Eucarística de las especies consagradas» sino Jesús mismo, cuyo Sacratísimo Corazón late en las páginas de la Escritura (cf. 240, 243-245, 363) y está verdaderamente vivo y presente en el Sagrario (cf. 218, 409, 411, 613). Para afirmar el dogma de la maternidad divina exclama más de 59 veces: «Tu Jesús». Para predicar el dogma de la Virginidad de María antes, en y después del parto, asegura que María, «Virgen de cabeza y de corazón y de cuerpo» (2419), es «la que ni un solo instante vivió para sí» (2618), «la más generosa en dar y darse por Vos (Jesús)» (958). Su cooperación en la obra de la redención la expresa diciendo que María es «su Madre y más ministro suyo y más íntimo y grato que ningún otro» (2619). La Asunción es «el gran estipendio celestial» que Dios le da «por lo bien que ayudó la Misa de Jesús Sacerdote» (2603). De ahí el uso tan abundante que hace del adjetivo posesivo para expresar todas estas relaciones entre Jesús y la Virgen, Jesús y nosotros, la Virgen y nosotros, Jesús, la Virgen y nosotros.

I. Madre
El vocablo más repetido en la Obra de san Manuel, generalmente acompañado de otros apelativos, en particular Inmaculada, es Madre. Se trata de la verdad central sobre María que domina todo su pensamiento: Madre, su maternidad, profundizada desde todos sus diferentes aspectos relacionales: con respecto al Hijo de Dios, a cada uno de nosotros, al mismo san Manuel, a los sacerdotes, a las Marías, a la Iglesia, a la Eucaristía. Relacionado también con todas las otras doctrinas marianas: Inmaculada, Virgen, Corredentora, Mediadora e Intercesora, Maestra y Modelo, Asunta al cielo y Reina. Vista en sí misma, vista en relación con la paternidad de Dios Padre y de san José con respecto a Cristo, de Dios Padre con respecto a nosotros, y en relación con la maternidad de la Iglesia y hasta del mismo Jesús–Eucaristía con respecto a nosotros.

Sobre este tema, examinaremos cinco títulos significativos, entre otros: «Madre Inmaculada», «Madre de Jesús», «Madre nuestra», «Madre Sacerdotal» y «Mediadora–Maestra–Reina».

II. Madre Inmaculada
«Madre Inmaculada» es el nombre que más a menudo brota de lo más íntimo del alma de san Manuel. Para él, María Inmaculada es «el nombre augusto, santo y amable entre los nombres grandes» (952).

El apelativo «Inmaculada» puede salir solo: «la Inmaculada» (2924) o acompañado, sobre todo, de «Madre», siendo precisamente «Madre Inmaculada» el más frecuente (más de 117 veces), pero también de «María»: «María Inmaculada» (más de 20 veces). A veces aparece junto con otros títulos, como «Reina de misericordia» (3038).

El título «Madre Inmaculada» es muy importante no solo por su frecuencia, sino porque abarca todos los temas marianos que trata san Manuel. Por eso lo veremos en más detalle.

a. Inmaculada y Virgen
María es la Inmaculada, y en cuanto tal «pura y limpia» (3268; cf. 760, 3270, 2604). Y «qué descanso y qué honor, y qué deleite para el alma de los hijos de María» (3267) el saber que María es y será «¡Siempre Inmaculada! ¡Desde el primer instante de su ser hasta la eternidad, Inmaculada!» (3268). María es la «Virgen Inmaculada» (571, 1045, 1163, 1636, 3417), dos aspectos inseparables de su pureza sin par.

b. Madre de Jesucristo y nuestra
María Inmaculada es Madre. Es la Madre de Dios, y su Inmaculada Concepción es precisamente condición indispensable de su maternidad divina. Fue concebida inmaculada porque iba a ser la Madre de Dios. Es Madre nuestra, y precisamente por ser Inmaculada es la Madre perfecta, capaz de amar a sus hijos con el amor maternal más excelso que existirá jamás. San Manuel, afirmando separadamente muchas veces ambas verdades, gusta también de expresarlas juntas: «Madre de Dios y Madre mía» (1381).

Jesucristo es «su Inmaculado Hijo» (2922, 572, 933, 1331). Tres palabras que lo expresan todo: Jesús es el Inmaculado en absoluto, por esencia en cuanto Dios y por la unión hipostática en cuanto hombre, el que hace Inmaculada a María, y Jesús es su hijo. Y porque es su hijo, Ella es Inmaculada. Como dice la Liturgia, en palabras que resumen bien el pensamiento de san Manuel: «Purísima había de ser la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que destinabas entre todos, para tu pueblo, como abogada de gracia y ejemplo de santidad» (Prefacio de la solemnidad de la Inmaculada Concepción).

A san Manuel le gusta poner en boca de Jesús las palabras «mi Madre Inmaculada» (580) o llamar a María «tu», «vuestra» o «su» «Madre Inmaculada» (758, 3120, 958, 857, 957). Pero esa «Madre Inmaculada de Jesús» (933; cf. 3164) es sobremanera cercana porque es la «Madre Inmaculada del Rey de mi corazón» (3162) y especialmente porque es la «Madre Inmaculada de Jesús y mía» (1366; cf. 1262, 1321, 1361, 1293).

San Germán de Constantinopla (+733) afirmaba que «para el cristiano ortodoxo, pronunciar el nombre de María viene a ser como su respiración» (Hom. II Asunción: PG 98, 356 A-B), y tal es exactamente el caso de san Manuel, para quien invocar, acudir o hablar de «mi Madre Inmaculada» (cf. 560, 1332, 2415, 1207) es como su respiración habitual. Quizá la expresión más elocuente es «mi Madre querida la Inmaculada» (3282; cf. 1179, 1415).

Sin embargo, así como vibra en su corazón el hecho de que María es su madre, así también no se cansa de afirmar el alcance universal de esta maternidad de «nuestra Madre y Maestra la Virgen Inmaculada» (1045). María es de las madres cristianas «vuestra Madre Inmaculada» (937); de los cristianos «su Inmaculada Madre del cielo María» (1541); «Madre Inmaculada, Patrona excelsa de España y de los españoles todos» (2917). Todos debemos ser «muy hijos del Padre Dios, de la Madre Inmaculada y de la Madre Iglesia» (2174).

De manera particular María es la «Madre Inmaculada» del sacerdote (cf. 1635, 1637, 2411). «El Jesús de María Inmaculada» es también «del sacerdote» (2330). El hecho de que Jesús sea «de María Inmaculada» es fruto de su pureza sin par y su Maternidad Divina. ¡Cuán puro debe ser, por tanto, el sacerdote, para que Jesús sea suyo como lo es de María! ¡Y cuán puro para que él pueda cumplir con su misión inefable de imitar la Maternidad Divina de María haciendo a Cristo sacramentalmente presente! (cf. 2102).

c. Madre de las Marías
La relación entre la Inmaculada y las Marías de los Sagrarios–Calvarios es esencial para san Manuel. Si quieren ser verdaderas Marías, María Inmaculada debe ser su madre, maestra y modelo (cf. 759, 1194, 1415). Es enfático: «¡Marías en unión de María Inmaculada!» ¡Comuniones en unión de María Inmaculada! (cf. 1179). De hecho, María es «la más María de todas las Marías» (648). San Manuel insiste en una vida de unión con María Inmaculada y en comulgar en unión de María Inmaculada precisamente porque solamente en la medida en que las Marías se esfuercen, con la gracia de Dios, por ser tan puras como María y recibir a Jesús en la Comunión con la pureza con que María lo recibió, serán verdaderas Marías. «¡Mientras más limpia, más María! ¡La Inmaculada! ¡Esa es la gran María!» (648). Las Marías, «para dar buena y consoladora compañía al Jesús del Sagrario–Calvario es menester que lleven el alma limpia, muy limpia… y que mientras más limpia la lleven, más y mejor lo acompañarán contigo» (649). Su vocación es precisamente ser «compañeras de oficio de María Inmaculada» (781; cf. 3269-3270).

d. Mediadora, maestra, dolorosa y misericordiosa
María es la «Inmaculada Mediadora de Dios y de los hombres» (1140). Inmaculada debía ser la que ejercería la mediación al grado de mediar al mundo al Mediador en persona y ser mediadora de todas las gracias para la Humanidad. Ella es «Maestra Inmaculada» (449), y por eso mismo la más capacitada para ser nuestro mejor modelo después de Jesucristo, «el Santo de Dios» (Jn 6,68-69, Hch 3,14). La Virgen es «Madre Inmaculada de los Dolores» (1076), cuyo sufrimiento es todavía más agudo porque al ser Inmaculada, capta mejor que nadie la ofensa a Dios que representa el pecado, el daño que acarrea al ser humano y lo que su Hijo tuvo que sufrir para reparar ambos.

San Manuel tiene muy claro que el ser Inmaculada no aleja a María de nosotros, sino todo lo contrario. En Ella se unen indisolublemente, junto con el ser Inmaculada, el dolor y la misericordia. Él la llama «mi Madre Inmaculada, Reina de los Dolores» (2538), y en sus palabras se intuye como su corazón, que tanto sufrió, encontraba siempre consuelo en esta «Reina de los Dolores». Y así cómo comprende nuestros dolores, ¡así es también de misericordiosa la «Madre Inmaculada, Reina de misericordia» (3038; cf. 1392)!

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, San Manuel González, San Manuel González García.

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