Con mirada eucarística (julio-agosto 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2021.

En busca de un modelo

Vivir consiste, entre otras cosas, en intentar parecerse a algo o a alguien. Desde el mismísimo nacimiento vamos adoptando modelos de conducta que nos perseguirán permanentemente y que aceptamos o rechazamos, incluso modificamos, en función de nuestras personales circunstancias.
Con la expresión cariñosa de «mono de imitación» nos referimos al niño que copia con exactitud cuanto percibe en su entorno. Gracias a la imitación el niño va adquiriendo habilidades tan necesarias e importantes como puede ser el mismo lenguaje. Los padres, los hermanos, los seres allegados son las fuentes de repetición de una conducta. Se trata, en primer lugar, de una copia inconsciente, aunque con el tiempo es sometida a la crítica. Los denominados por la psicología freudiana como complejo de Edipo y complejo de Electra responden a esta forma primera de actuar en la vida.

Imitación
Los modelos son exteriores y se copian, y se desprecian, y se sustituyen de acuerdo con las modas del momento. Los hábitos esenciales, por ejemplo, de vestir y de comer responden a propuestas que nos son dadas y en las que nada o poco participamos. Incluso el proceso educativo, sobre todo en sus primeros estadios, responde a una aceptación sin más, sin la posibilidad de un sentido crítico. De ahí la importancia de que el modelo exterior sea un buen modelo.

La cosa comienza a complicarse cuando, fuera del entorno estrictamente familiar, la elección deriva por el círculo de las amistades, por las formas del ocio y de la participación en las costumbres gregarias. No todo ser vivo tiene el privilegio de beber en las mismas fuentes, aunque los poderosos medios de comunicación hacen que este modelo de perspectiva exterior se globalice de tal modo, que pareciera que todos tenemos acceso a todo.

Asimilación
Todo un andamiaje de patrones se nos presenta al respecto, a los que intentamos acceder porque sencillamente hay que vivir bien. Entra con todo su brío la fuerza de la competición: A ver quién tiene el mejor puesto, el mayor salario, la casa más cómoda, el viaje más exótico o el restaurante de mejor cocina. El mundo de las afueras ofrece el carisma que nos hace personajes, es el mismo mundo ofertado para todos, con escalas diferentes según se vaya consiguiendo el dominio de las partes. Se van asimilando grados, ya que nunca es posible la conquista ni perfecta ni final.

De la imitación del modelo exterior hemos pasado a la inmersión del exterior en un yo permanentemente insatisfecho. Y el caso es que, aunque creamos que elegimos el patrón, está sucediendo todo lo contrario, es el patrón el que nos elige a nosotros. Nosotros, los humanos que nos creemos libres, estamos siendo intervenidos por modelos que nos proponen unos pocos. La aparición de la figura del influencer es todo un síntoma de la nueva situación. Nos hacen cambiar de costumbres, de creencias, de maneras…, en definitiva, de conductas que asimilamos como si realmente las hubiéramos elegido por propia voluntad.

En esta asimilación del modelo, la cultura del ser humano, su pauta de comportamiento, se rige a la postre por los presupuestos del mercantilismo y del egoísmo. Todo tiene un precio en el mercado del comprar y del vender. Unos cuantos, normalmente invisibles, venden; los demás, perfectamente reconocibles, nos limitamos a comprar, y compramos para nosotros mismos en un alarde de mostrar que valemos más que el otro. Y como la satisfacción de la necesidad impuesta nunca es completa, pues si fuera completa terminaría el mercado, se produce el desasosiego personal por la imposibilidad de la nueva conquista: siempre habrá un móvil (y no sólo el teléfono) más novedoso que el mercader nos pondrá de nuevo a la venta.

Interiorización
Pero he aquí que un día un bichito minúsculo, de nombre covid-19, dio al traste con nuestro modelo de existencia. Se acabaron los salarios, los viajes, los hoteles, los restaurantes, la playa y la montaña, las vacaciones esperadas o el turismo programado. Todos encerrados en casa, ocultando los rostros detrás de unas impersonales mascarillas, sin posibilidad para el abrazo y el beso; y, lo que es peor todavía, con una lista ingente de estadísticas de muertos, más que en las últimas guerras mundiales, que tienen por cierto nombres y apellidos. Qué curioso, la abstinencia de ocio nocturno da lugar al botellón masivo, trasgresor de toda norma.

Pero también la pandemia ha puesto de manifiesto la presencia de un modelo interior, el que está más allá de la mera imitación o de la asimilación más o menos consciente. Este modelo se alimenta de la fortaleza, no produce desasosiego ni angustia, no teme, es esperanzador, confía. Se define así: «Pasó haciendo el bien…porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38). El modelo interior trasciende cualquier tipo de circunstancia, es esencial, es permanente, siempre construye. Puede observarse en las llamadas colas del hambre, en los comedores sociales, en las cáritas parroquiales, en la asistencia humana, especialmente la sanitaria, en la solidaridad fraternal…

El modelo interior se construye en los cimientos del amor. Decía san Pablo: «Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, las tres. Pero la mayor de las tres es el amor» (1Cor 13,13). El amor no necesita de paisajes exteriores ni de huidas a las afueras, sencillamente hace el bien y, solo con eso, es feliz. Se puede encontrar en el Sermón de la Montaña: Bienaventurados los pobres, los que lloran, los que construyen la paz, los perseguidos, los misericordiosos… El modelo propuesto por Jesús de Nazaret no es ninguna quimera, está en tu interior, escucha: «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3,20).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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