Con mirada eucarística (mayo-junio 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo-junio de 2021.

Con palabras que llegan al hondón del alma

Se han cumplido cien años de la fundación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret. San Manuel González, desde las alturas del infinito, sonríe complacido. Han pasado muchas cosas. A mí también me han sucedido muchas desde aquel lejano día en el que decidí pertenecer a las Marías de los Sagrarios. Aunque, sin duda, lo que más guardo en mi recuerdo es aquella Asamblea de la UNER que celebramos en Málaga a finales de abril de 2007.
Seis Marías de Albacete, bastante más jóvenes, decidimos viajar hasta Málaga, la tierra por excelencia de san Manuel González. Por entonces aún no había sido canonizado, era solo beato, pero para nosotras era igual de santo, era nuestro don Manuel. Preparamos el viaje con mucho cariño. Convencí a mi marido, Lucrecio, para que nos acompañara. Mi marido no conocía nada del movimiento eucarístico de la UNER, ni lo conocía ni le interesaba.

Gente sincera
Convenimos en lo siguiente: nosotros llevaríamos en el coche las maletas de todos, así el resto podría viajar libremente en el tren. Eso sí, mi marido me advirtió seriamente: «Que sepas que yo únicamente voy de taxista». Cuando entramos por la puerta del seminario de Málaga, el lugar de nuestra reunión, un aire plagado de mar subía hasta la explanada de la colina en la que aquél se levanta. María Gorette, la todo terreno (como así la bautizaría con cariño Lucrecio), nos suministró toda la intendencia.

Le presenté a mi esposo amigas y amigos de otros lugares de España, a Misioneras Eucarísticas de Nazaret de distinta procedencia, cuya enumeración omito por no incurrir en algún olvido involuntario. En el ambiente se respiraba cariño, complicidad, sencillez, buena fe…en fin, el ambiente que se respira siempre en las asambleas de la UNER. Por eso mi marido me dijo sorprendido: «No sabía que conocías a tanta gente tan buena, tan amable y tan sincera». Sobre todo me recalcó lo de la sinceridad, seguramente porque él andaba por un mundo donde la simulación, la apariencia, incluso la mentira, eran las notas dominantes.

La lumbre de la Eucaristía
A la mañana siguiente, la campanilla con voz de un niño nos despertó a todos para iniciar la primera jornada. Lucrecio aún no sabía que, lapicero en mano, iba a tomar nota de todo lo que en aquel recinto estaba ocurriendo. He de confesar que tampoco lo sabía yo.

Sus ojos se llenaron de visiones nuevas, misteriosas: el edificio en sí del seminario con sus recovecos y enigmas, la Virgen de la escalera, la placeta con la estatua de don Manuel, la lápida con los nombres de los mártires, la galería de la obediencia, el sagrario simbólico, la imagen del Buen Pastor, la iglesia silenciosa, los pañuelos de colores, el hogar de Nazaret, el campo con geranios de la primavera… Sobre todo, se le llenó el espíritu de luces no conocidas u olvidadas. Más de una vez divisé que los ojos se le humedecieron de las lágrimas al percibir la existencia de un mundo nuevo, el que únicamente puede transformar la lumbre de la Eucaristía. Así sucedió en las distintas charlas y conversaciones sobre Jesús Eucaristía, en la procesión eucarística por el campo de Málaga, en el palio de colores que envolvía la custodia, en la túnica de la noche, en la Eucaristía que cada mañana acompañaba la guitarra de Mónica Mª, en el camino desde la explanada hasta Nazaret poblado de llamas y de estrellas… El regreso lo hizo a pie, con María Esther, en conversación solitaria y despaciosa. Jamás me desveló su contenido, aunque me consta que fueron palabras que le llegaron al hondón del alma.

Palabras de gratitud
En mi vida hay un antes y un después de Málaga. Antes fui sola, después fui acompañada. Antes fui sola a Roma a la beatificación de don Manuel González, en el año 2001; después fui a Roma acompañada por Lucrecio, mi marido, a la canonización del beato Manuel González, en el año 2016. A partir de Málaga, mi marido y yo hemos ido siempre juntos a las convocatorias de la UNER. Y eso, con palabras de oro, tengo que agradecérselo a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret.

Yo sé que en la conmemoración de vuestro Centenario habrá palabras más eruditas, más sabias, más solventes, más profundas, pero no más agradecidas que las mías. Gracias a vosotras mi marido encontró, en compañía de don Manuel, san Manuel González, la voz interior perdida, posiblemente oculta, que proporciona el misterio asombroso de la Eucaristía. Esa voz se despertó en su poemario En las orillas de Málaga y siguió amplificándose en otros libros más, donde el Galileo, como él llama amigablemente a Jesús Eucaristía, es el protagonista de todos sus escritos. Así habla de la Eucaristía: «Jesús, el Resucitado, el que nos dice cómo vencer la muerte, el tiempo, el odio, el desamor, el mal, vuelve a resucitar con nosotros en cada Eucaristía, se ha quedado con nosotros en los elementales alimentos del pan y el vino, se hace de nosotros y con nosotros se confunde cuando comemos su carne y bebemos su sangre, y con nosotros vive en las escuetas paredes de un sagrario. Y todo ello en nombre del amor» (L. Serrano, Del ayer al hoy, p. 91).

Así también os da las gracias desde su libro que surgió entonces (En las orillas de Málaga, p. 54):
«Misioneras de causas eucarísticas
que sustenta un Sagrario abandonado,
herederas de mágicas locuras
que un día predicó un loco beato,
conmigo vais, mi corazón os lleva
apuntadas de luz en mi diario».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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