Editorial (abril 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2021.

Sembradores de resurrección

Un año más la Iglesia celebra el acontecimiento central de su fe: la resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios. Un año más, por tanto, los cristianos renovamos nuestra fe, es decir, la hacemos nueva, transparente, convencida y gozosa. Gracias a la liturgia, cada año podemos decir que hemos muerto y resucitado con Cristo, que nuestra vida es una vida resucitada, no sujeta a la muerte. ¡Cuánta necesidad hay, en nuestros días, de cristianos cabales, convencidos y enamorados de su fe!
La Pascua de Cristo, sin embargo, no es simplemente un hecho que contemplar, como si se tratara de un fresco de Miguel Ángel o de un paisaje que embelesa. Nada más lejos de la realidad y de los deseos divinos. La Pascua de Cristo es un acontecimiento que, al actualizarlo (no simplemente recordarlo) lo hacemos nuestro. Más aún, es Cristo mismo quien nos sepulta místicamente con Él para que con Él resucitemos. No es otra cosa el Bautismo cristiano. No es otra cosa la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia Pascual.

Es de capital importancia, ante todo, ser verdaderamente conscientes de este milagro pascual, entendido como hecho inexplicable desde las leyes naturales. La resurrección de Cristo es un misterio, pero más aún el que los cristianos seamos personas ya resucitadas, nacidas a la vida nueva.

Afirmaba D. Manuel, santo fundador de El Granito: «Si con las solemnidades litúrgicas no pretende la Iglesia establecer simples aniversarios de personas o acontecimientos pasados, sino además repeticiones o reproducciones vivas, las fiestas litúrgicas de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, no nos piden sólo un recuerdo envuelto en una admiración agradecida sino la reproducción en nosotros de aquel padecer con generosidad en expiación de los pecados, aquel morir a nuestros vicios y egoísmos y aquel resucitar a la vida nueva de transformados en otros Cristos» (OO.CC. II, n. 2876).

En efecto, Dios ya ha puesto todo de su parte para hacer de nosotros personas nuevas, ¡resucitadas! Incluso entregó su Hijo a la muerte. De nuestra parte solo queda acoger gozosamente este don que se nos dio en el Bautismo y se sigue renovando litúrgicamente en cada Pascua. La vivencia cabal de nuestra fe hará de nosotros ingentes sembradores de resurrección a nuestro derredor. ¡Y vaya si gime el mundo por un germen de vida en estos momentos tan duros que nos toca vivir!

Ser sembradores de resurrección es participar de la obra redentora de Cristo, es observar la vida con una mirada nueva, serena y gozosa, confiada en la acción divina. Ser sembradores de resurrección es poder dar palabras de consuelo en los momentos más duros, porque nos sabemos consolados y siempre acompañados por Dios mismo. Nunca estamos solos. Ser sembradores de resurrección es cambiar el optimismo irracional por la esperanza, don que el Padre no cesa de derramar en nuestros corazones. Ser sembradores de resurrección es vislumbrar la luz en medio de las tinieblas y, sobre todo, negarse rotundamente a bajar los brazos en la búsqueda de la bondad, el bien y la belleza. Aunque los telediarios se empeñen en negar su existencia, ¡el bien existe! ¡Son tantos los cristianos (y no cristianos) que lo están actuando y se merecen nuestro reconocimiento! Ser sembradores de resurrección, resumiendo, es vivir con coherencia nuestra fe y nuestra Comunión (diaria, dominical, sacramental o espiritual). En cada Misa se nos indica una misión, la de ser discípulos de la Buena Noticia, la única 100% verdadera.

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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