Editorial (marzo 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2021.

La verdadera conversión

Hace pocas semanas hemos comenzado la Cuaresma y, una vez más, han resonado en nuestros oídos las palabras de Jesús: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Cabe preguntarse si, además de resonar en nuestros oídos, la invitación del Señor ha calado en nuestro corazón. La Liturgia adquiere su novedad no porque las formas externas experimenten cambios sustanciales sino por su misma esencia, ya que es en ella donde «los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre» (SC 7).
El que todos los años la Iglesia nos haga esta invitación no implica que no seamos dóciles a las inspiraciones de Dios, sino más bien que la conversión no puede comprenderse como un acto aislado y definitivo sino como un camino, un proceso, por el que cada vez nos vamos acercando más a Jesucristo e imitándolo con mayor perfección.

El cristianismo es, siempre, un camino, tanto en lo personal como en lo comunitario. En efecto, a los primeros cristianos se los llamaba «los que seguían el camino», los eternos caminantes, los perennes buscadores de la verdad, del bien, es decir, de Dios.

Y para no dejarnos solos en esta búsqueda, la Iglesia, que es madre y maestra, y como tal actúa, nos ofrece este tiempo de Cuaresma para volver a escuchar comunitariamente esta invitación del Señor a la conversión.

La palabra «conversión proviene» del latín y significa, según el Diccionario de la Real Academia Española, «hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era». Cada Cuaresma, por tanto, estamos llamados a dejar de lado nuestro hombre viejo para volvernos personas renovadas, verdaderamente entregadas al Padre y a los hermanos, sobre todo a los más necesitados.

Es evidente que convertirse, según lo define la RAE, es algo que escapa a nuestras fuerzas humanas. No es cuestión de puños ni de voluntad. Ya Nicodemo se lo preguntó extrañado a Jesús ante la afirmación de que había que ser criaturas nuevas: «¿cómo puede nacer un hombre siendo viejo» (Jn 3,4). La respuesta del Maestro sigue dando la clave de cada Cuaresma y de todo proceso de conversión: «el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

La Cuaresma es camino para nacer de nuevo, para dejar que, en la Pascua, al renovar nuestras promesas bautismales, siga creciendo en nosotros el hombre nuevo, el resucitado, el hombre cada vez más semejante al Creador, porque así hemos sido creados, a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27).

¿Cuál es, entonces, nuestra aportación en este proceso? ¿No es un contrasentido que Dios nos pida que realicemos algo que solo Él puede realizar, como es generar criaturas nuevas? Nuestra parte, como no podía ser de otra forma, es poner aquello más valioso que tenemos también a disposición de Dios: la libertad. Dios nos creó libres y cada día reafirma esta elección, regalándonos el don de la libertad. Cada día está en nuestras manos escuchar a Dios o cerrar nuestros oídos, cada mañana podemos sonreír a quien nos ofende o a quien lo necesita o cerrar nuestras entrañas y encerrarnos en el egoísmo.
Cada día podemos asistir a la Eucaristía como meros observadores o unir a la ofrenda de Cristo nuestra vida, nuestros deseos, ¡nuestros sacrificios! En cada Misa podemos alabar a Dios y dar gracias por tanto como nos regala… si dejamos que el Señor limpie nuestros ojos para descubrirlo presente en cada pequeño milagro que nos rodea.

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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