Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2021.

«Estad dispuestos siempre para dar explicación a
todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» 1Pe 3,15

Nos dice san Manuel González: «Aquí tienes, Corazón de Jesús querido, el obsequio con que mis sacerdotes, mis seminaristas, mis Misioneros, mis Marías y Discípulos de san Juan y yo, queremos celebrar tu Fiesta en este año. ¡El obsequio de nuestra esperanza en Ti! Esperanza alegre, cierta, imperturbable en el triunfo de tu Amor misericordioso sobre tus enemigos encarnizados y sobre tus amigos tibios, sobre cabezas altivas y sobre corazones duros, sobre familias y sobre pueblos y sobre tu España, ¡tu España, a pesar de todo y de todos!» (OO.CC. I, n. 880).

Con el corazón roto por estar en el destierro de Madrid, “comiendo el pan de tu Providencia”, escribe san Manuel el artículo para la revista en junio de 1934, estando lejos de su diócesis de Málaga, con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Su artículo está lleno de esperanza, «esperanza activa, estimulante, despertadora de iniciativas y esfuerzo»; nunca una esperanza adormecedora, acomplejada, triste o ilusoria. ¡Nunca!

Estas palabras de san Manuel nos ayudan a unirnos a la invitación del papa Francisco a vivir la fe, la esperanza y el amor con espíritu renovado en esta Cuaresma 2021. El camino cuaresmal culmina en el triduo pascual. Jesucristo «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8).

La vida cristiana es continuo camino de conversión, porque la meta es la santidad. En Cuaresma acentuamos este sentido de conversión, cambio de mente, transformación del corazón para renovar nuestra fe, saciándonos del agua viva del Espíritu, para dinamizar nuestra esperanza con la energía del Consolador que hace nuevas todas las cosas; y para estar abiertos al amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo; amor a Dios y al prójimo de forma inseparable; amor que nos convierte en hermanos en Cristo y hermanos entre nosotros en el seno de la madre Iglesia.

Oración inicial
«Corazón de Jesús, Rey desairado de tronos sin vasallos ni adoradores, tus leales Marías y Discípulos te dicen que el himno con que quieren obsequiarte en tu día y en todos los días de sus vidas está expresado por estos dos solos gritos proferidos y practicados de todas las maneras: “Aunque todos… yo no” y “A más abandono, más compañía”. Amén» (OO.CC. I, n. 883).

Escuchamos la Palabra
1Pe 3,13-16.

Sufrir por la justicia
«Si tuvierais que sufrir por causa de la justicia, bienaventurados vosotros». El Señor Jesús no engaña cuando anuncia las consecuencias de ser discípulos suyos: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,10).

Nadie desea sufrir. El sufrimiento es consecuencia de defender la justicia, amar la verdad, socorrer al pobre, denunciar los abusos y corrupciones, comprometerse con las causas que promueven el reparto equitativo de los bienes, la conservación de la naturaleza, la libertad religiosa, la defensa de la vida en todos los estadios, el logro de la dignidad para cualquier persona, el alcance de una educación sólida para todos los niños y jóvenes…

¿Dónde está nuestra esperanza en esta lucha? En la certeza del triunfo de Cristo sobre el mal, en la firmeza de la implantación del Reino de Dios entre los hombres, en el cumplimiento de las promesas que Jesús ha anunciado: «sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20); «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35); «tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18).

No tengáis miedo
«No tengáis miedo ni os amedréis». Es muy humano tener miedo ante cualquier amenaza de la vida, la salud, la pérdida de seres queridos, pero el Señor nos garantiza la fortaleza en la debilidad, la paz en la turbación, la confianza ciega en Él cuando todo parece oscuridad, tiniebla, fracaso o, incluso, cercanía de la muerte. Jesús también sintió «espanto y angustia» en Getsemaní. Incluso dijo: «mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 14,34). Pidió que el Padre alejara de Él el cáliz que había de beber, pero añadió: «no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mt 14,36).

Jesús invita en repetidas ocasiones a los suyos a no tener miedo. El autor de la primera carta según san Juan nos lo confirma con fuerza: «no hay temor en el amor sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4,18). El testimonio de los mártires, en medio de terribles torturas y estando a las puertas de la muerte, nos muestra cómo el Señor los colmó de seguridad, confianza y valentía, aun en medio de terribles sufrimientos. Fueron capaces, por la gracia del Espíritu, de expresar algo semejante a lo que gritó Jesús en la cruz, justo antes de morir: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Nuestra esperanza radica en que el Señor nos da el valor suficiente para ponernos siempre de parte del bien «aun cuando parece que ya no hay esperanza, y conscientes además de que, viendo el desarrollo de la historia tal como se manifiesta externamente, el poder de la culpa permanece como una presencia terrible, incluso para el futuro» (SpS 36).

Se siembra esperanza cuando en el tu a tú con cada persona, tratamos de alentar a los débiles, fortalecer a los pusilánimes, consolar a los tristes, levantar a los humillados. Dice el papa Francisco en el Mensaje para esta Cuaresma 2021: «A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (FT 224)» (n. 2).

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
Su esperanza inconmovible radicaba en el triunfo permanente y definitivo del Corazón de Cristo, vencedor del pecado y de la muerte con su resurrección: «¡Espero en el Corazón de Jesús… que es mi Salvador y mi Dios!» (OO.CC. I, n. 881).

Él mismo experimentaba la persecución, el olvido de muchos, el destierro lejos de Málaga, la altivez de políticos y obreros contra la Iglesia, en aquellos años 30 del siglo pasado. Pero él mismo alienta a echar fuera lágrimas y tristezas, para estar delante del Sagrario recibiendo todo tipo de consuelos: « Sí, sí, ¡fuera lágrimas y tristezas! Delante del Amor que reina perseguido, que se venga perdonando, que vence derrotando, que reina e impera en el palo en que lo ajustician… Delante del Amor al que no pueden cansar ingratitudes, ni groserías de amigos, ni odios de demonios ni endemoniados. Delante del Amor lastimado, porque muchos le vuelven las espaldas, se van lejos y lo dejan a veces sin más compañía que las polillas que roen las paredes de sus Sagrarios. Delante del Corazón coronado de espinas y llamas, como si aquéllas alimentaran el fuego que producen éstas mientras se me quiebran de dolor los huesos y me afrentan los enemigos que me acosan…, mientras me dicen diariamente: ¿dónde está tu Dios? ¿Por qué estás triste, alma mía? Y ¿por qué me llenas de tribulación?, la palabra mía, la consigna para mi familia de sacerdotes, Discípulos de san Juan, Marías de los Sagrarios, Niños Reparadores, para cada página de El Granito de Arena y de los librillos de su biblioteca; la consigna, repito, que nos dé ocupación constante y aliento de cielo, luz, orientación, fuerza y seguridad de éxito bueno es ésta: ¡Espero en el Corazón de Jesús… que es mi Salvador y mi Dios!» (OO.CC. I, n. 881).

Oración final
Oramos juntos al Corazón de Jesús: «Queremos llenar cada hora nuestra con un esperarlo todo de Ti, sin esperar nada de nosotros ni de lo nuestro, y con un afán de fidelidad y minuciosidad en el cumplimiento de nuestro deber de cada una de esas horas, como si nada esperáramos de Ti, y todo lo esperáramos de nuestra fidelidad! ¡Horas llenas de esperanza y de fidelidad! ¿Te gusta el obsequio?» (OO.CC. I, n. 882).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.