Con mirada eucarística (enero 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2021.

La sonrisa del rey Melchor

¿Pero quién ha dicho que este año no vendrán los Reyes Magos de Oriente? Pero si el Niño ya ha nacido, si la estrella está más reluciente que nunca anulando con su luz a todas las demás estrellas del universo, si los niños del mundo entero están ya dormidos esperando el despertar ilusionante que se acurruca entre sus ojos.

Los Magos vienen de Oriente, de ese lugar que tiene alfombras de fantasía, casas con sabor a caramelo, chimeneas que arrojan hasta el cielo humos con los deseos más nobles. Dicen las estadísticas que este año 2021 han recibido los Reyes más cartas que nunca, que han tenido que contratar más pajes que nunca, que traen en sus camellos más regalos que nunca. Solo por una razón: porque este año hay más necesidad que nunca.

La luz de su estrella
El Niño Dios lo sabe y espera paciente entre las pajas del pesebre, bajo la atenta mirada de María y de José, arropado como siempre por los resuellos de la mula y del buey que siempre están. Espera, como siempre, regalarle al mundo la luz que ilumina, esa luz que despeja las zonas oscuras de la vida, luz que da calor al frío de la angustia, que calma los dolores, luz que pone pan en las bocas hambrientas y hogar en los descampados, luz que abre la puerta grande del futuro. El Niño Dios lo sabe todo y, por eso, desnudo, sin nada, a solas con su soledad, dependiente y pobre, se atreve a dedicarnos la sonrisa más abierta y más sencilla. La sonrisa rebosante de la esperanza.

Y hay más ángeles cantando por la altura, encima exactamente del establo, y cantan más villancicos todavía, los mismos que cantamos cada uno de nosotros con esa voz pura que nace de los corazones limpios. No hay lugar para la desesperanza, los Magos ya han llegado a Jerusalén, ya están preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo» (Mt 2,2).

Adorar es amar a Dios
Adorar no implica ningún tipo de rendición, sino aceptar la voluntad del otro como voluntad propia. En la adoración sucede el acto más sublime del amor, porque desde la libertad se está amando al amor mismo: Dios es amor. Los Magos, los hombres buscadores de la verdad, encuentran que Dios es la única respuesta; y que esta es más accesible, más cercana, más próxima, más palpable cuando Dios se hace visible en un ser humano, en un niño. Esta es la gran lección de la Navidad.

El camino de la búsqueda está repleto de señales. La estrella guía al sitio verdadero, al lugar del bien. Este es el final del trayecto: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Lo demás es falacia, superchería, trampantojo, mentira. Es la mentira con la que se expresa el rey Herodes cuando se dirige a los Magos con estas palabras: «Averiguad bien lo que se refiere a este niño. Cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo» (Mt 2,8). Hay algo peor que la mentira y es cuando esta se pretende ofrecer como verdad. En la presunta adoración que quiere practicar Herodes no hay amor, sino odio, más aún, solo hay muerte, porque quien no ama no vive. Y de todos es conocida la matanza de los inocentes.

Sin duda alguna, los sabios de Oriente supieron interpretar al instante las verdaderas intenciones de Herodes: su avaricia oculta, su ánimo por retener el poder a cualquier precio, su egoísmo no confesado, su miedo a la verdad. Y todo ello oculto bajo la apariencia de querer hacer el bien. Desgraciadamente Herodes sigue vivo. Estos Magos de Oriente, los que alumbran de ilusión los rostros de los niños, también traen en sus alforjas el don de la sabiduría, que no es otro que el de dejarse guiar por una estrella, esa que se para únicamente en el lugar donde nace el Niño. No caen en la trampa de las palabras engañosas, por eso no volvieron donde Herodes, sino que, como sigue diciendo el evangelista Mateo (Mt 2,12), «regresaron a su país por otro camino».

La alegría del encuentro
Los Reyes Magos de Oriente acaban de dejar Jerusalén, la ciudad de la preocupación, de la incertidumbre, del miedo («Herodes y toda Jerusalén quedaron muy intranquilos con la noticia»; Mt 2,3); y toman de nuevo el camino que les señala su estrella, la voz divina de la conciencia. No quieren escuchar otra voz, no quieren ver otra luz. El alba ya acude presurosa y el niño, todos los niños están en el sueño de la espera.

Este año, la cabalgata de los Reyes Magos es la más maravillosa de todas. Vestidos con sus ropajes más resplandecientes los Magos van subidos en los camellos más grandes y más misteriosos que nunca. Caminan por todas las galaxias, deslumbran entre los astros del firmamento, pueden verse desde todos los puntos de la tierra, las nubes no los ocultan, pisan por las mismas luces que bajan hasta el suelo como hilos de oro interminable, son cascadas de agua dorada. Están llegando a la cueva de Belén. La estrella que los guía se ha parado indicando el sitio, es un cometa que va de punta a punta, que atraviesa toda la bóveda celeste. Y se llenan de contento, «se alegraron mucho», sigue relatando el evangelista Mateo (2,10). Porque quien encuentra a Dios ha encontrado la alegría, la alegría de la fe que mueve todas las pandemias. Los Reyes Magos sonríen, el Niño está sonriendo.

Este año ningún niño sin regalo, nadie sin su fe. Hace muchos años el rey Melchor vino en persona a nuestra casa. Desde entonces es nuestro rey preferido y, aun cuando no lo hayamos visto más, sabemos que es él el que deposita los regalos sobre los zapatos dispuestos en la entrada. Pero este año ha venido de nuevo, lo hemos visto, detrás de su mascarilla llevaba la sonrisa más grande, más abierta y más amorosa, nos ha traído la sonrisa de Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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