Con mirada eucarística (diciembre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2020.

Caído se le ha un clavel

Casi sin darnos cuenta, silenciosamente, por la puerta de atrás se está colando un personaje con nombre de «eutanasia». Está sucediendo en este otoño, que descuelga las hojas de los árboles como una lluvia amarilla, y viene como si no pasara nada, más todavía: viene disfrazado de bondades.
Así describía el poeta Góngora el nacimiento de Cristo en su lenguaje barroco y con su hipérbaton sintáctico: «Caído se le ha un clavel/ hoy a la aurora del seno…». De esto hace 400 años. Todo un amanecer: del vientre de la aurora Virgen se desprende un clavel Niño. La tierra se ilumina con la luz de un nuevo día.

Y así fue antes y así seguirá siendo. Dios decidió manifestarse a los hombres a través de la venida de su Hijo. Así seguirá siendo, a pesar de que nos digamos los unos a los otros que estas Navidades serán diferentes. Sentimos por dentro el desconsuelo de la distancia. Una distancia que hiela.

Sin verdad no hay belleza
Una pandemia asola al mundo, nos ha retirado del lugar del confort y la costumbre, y nos ha colocado en los bordes, donde crecen las fronteras. De nuevo estamos en tierra de conquista, de nuevo, como Edipo, andamos en la búsqueda de la verdad, aunque esta se nos antoje terrible, dura, hasta mortífera. «Y sin verdad no hay belleza», tal y como se expresa Petra en la película que lleva su mismo nombre (Petra, Jaime Rosales, 2018).

Con la angustia que desazona, con el miedo que paraliza, con la inseguridad que desborda nos hacemos preguntas que nadie contesta. Hay mucha soledad acumulada que se agrava más todavía en este diciembre de Adviento y Navidad. Todo se nos antoja una tremenda residencia, donde están prohibidas las visitas. En muchos rostros se adivinan las lágrimas de la miseria, de la escasez, del hambre. Un frío de lejanías hace muchos pasillos por el alma.

Existe la belleza. Más allá de las orillas que nos separan, uniendo las dos partes distanciadas, traza el puente continuas cercanías. La belleza está en el puente, está cuando, por encima del río tenebroso, viene un niño cargado de esperanza uniendo sin parar nuestras riveras.

El paisaje interior
Pesa la distancia social que nos espera. No serán, como eran antes, las reuniones familiares y con los amigos para la cena de la Navidad o para recibir al año nuevo; los restaurantes estarán más vacíos al golpe de toques de queda que imponen el silencio; las luces de las ciudades no contarán con las mismas presencias de otras veces; no aparecerán los ojos asombrados de los niños en las cabalgatas que buscan al rey mago preferido. Más grave todavía: por culpa de la pandemia alguien no encuentra su puesto de trabajo perdido, cabizbajo en la cola de una caridad ajena que le sacia el hambre, alguien muere en los brazos fríos de la soledad.

Pero, aunque duelan, esos son solo los paisajes exteriores, son distancias únicamente físicas, son la cáscara, la tramoya, el ruido de las afueras. La vida está en el escenario, en las pajas de un pesebre. Los saludos, los abrazos y los besos no son tales si no se inscriben en el paisaje interior de la fraternidad que comparte la alegría y el dolor. No hay que salir por ahí para encontrarse con la verdad, como dice san Agustín, porque la verdad emerge del interior de cada uno de nosotros.

La compañía no es únicamente presencia. En la novela Aquitania (Eva García, Premio Planeta 2020) dice Eleanor: «No sé si sabéis lo sola que se siente una persona que está siempre acompañada». La soledad se destruye no porque uno esté acompañado, sino porque uno se siente acompañado. Este Niño que nace, este clavel que se cae de la aurora, nos trae los besos de las lejanías y los abrazos de las ausencias, nos trae los ojos, con sus lágrimas incluidas, para ver la luz de una estrella, esa en donde confluyen todas las miradas solidarias de las distancias.

Las ideologías no construyen
Y por si fuera poco, un poco más allá, escurridizo y agazapado, está el desasosiego. El desasosiego que da la incertidumbre. No se sabe cuánto va a durar la presente situación, cuáles son los remedios, cómo y cuándo actuar según las circunstancias, según los lugares. La verdad es escondida porque esta es la primera víctima en cualquier época de guerra o de crisis. La distancia intelectual entre gobernantes y gobernados crece día a día y se agranda. El pueblo desconfía de sus dirigentes. Aparece una sensación de impotencia y de indefensión provocada por lo que la OMS define como «fatiga pandémica».

En la pasada recepción del papa Francisco al presidente del Gobierno español pueden escucharse las siguientes palabras: «Las ideologías deconstruyen la patria, no construyen. Esta distancia intelectual entre los gobiernos y los pueblos se hace todavía mayor cuando interviene la intransigencia doctrinaria. Serían deseables espacios de diálogo, de concordia, de acuerdo ante situaciones críticas que conllevan desastres sanitarios y económicos de la presente magnitud». Pero no. Peor todavía: la ideología aprovecha el estado de distracción y de debilidad social para introducir sus propios postulados en temas que exigirían el máximo consenso, tales como la justicia, el aborto, la eutanasia, la educación. La libertad zozobra ante el poder.

Nos queda la palabra, la Palabra activa a cuya práctica nos invita el Evangelio: la ayuda al prójimo, aunque sea nuestro adversario, como nos enseña el Buen Samaritano; las fuerzas para desalojar a quienes convierten la casa de oración en una cueva de ladrones; la entereza para proclamar esa Palabra en libertad, aunque seamos perseguidos por ello, porque la Verdad nos hace libres.

«¡Qué glorioso que está el heno/ porque ha caído sobre él!» –continúa escribiendo Góngora. El clavel cae en el heno del pesebre, en la humanidad de buena voluntad que canta jubilosa: «Gloria a Dios en las alturas». Callad, escuchad. El Niño trae un mensaje: aprended de mí, no pongáis más distancias, poned amor.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

Un comentario

  1. Hermanos Teresa y Lucrecio, agradecido y por mi intermedio a los que les trasmita su hermosa, bella y sabia entrega; por acá en nuestra Lima – Perú se nos presenta lo que ustedes misma radiografía, scaner y lo último en tecnología de comunicación acontece. Con su ayuda y por supuesto con la Palabra de nuestro Señor, me quedo con lo de Gongora: «¡Qué glorioso que está el heno/ porque ha caído sobre él!»: callemos, escuchemos el mensaje A M E M O S… muchas GRACIAS

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