Orar con el obispo del Sagrario abandonado (febrero 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2021.

«Tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos» (1Cor 4,15)

San Pablo, en una de sus cartas a los cristianos de Corinto los amonesta: «ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Cor 4,15). Afirma san Manuel González: «Urge, pues, llevar a los pueblos, no tanto ya misioneros que conviertan a pecadores empedernidos, cuanto directores espirituales que atraigan, afinen y avaloren las almas sencillas y dóciles» (OO.CC. III, n. 4853).

Sí, urgen, hoy, en la Iglesia, directores espirituales que irradien la fragancia de Cristo en quienes buscan la voluntad de Dios, desean discernir cuál es su lugar en la Iglesia y en el mundo y aspiran a responder a su vocación a la santidad que recibieron en el Bautismo.

San Manuel González lo precisa con estas bellas imágenes, donde va contrastando la acción del misionero y la del director espiritual en las personas sencillas: «La acción del misionero es la de la lluvia torrencial; la del director espiritual, la de la llovizna; aquélla, moja; ésta, remoja la tierra; aquélla es mucha agua, pero que se va; ésta, es poca agua, pero que se queda» (idem).

El papa Francisco pone el dedo en la llaga de la terrible contradicción de esta sociedad: herida de anonimato e individualismo y, a la vez, impúdica al querer hurgar en las miserias ajenas: «En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario» (EG 169).

San Manuel, con palabras sencillas y cercanas demandaba esa misma necesidad: «Sí, urge enviar guías a esas almitas de ordinario desconocidas o despreciables a los ojos del mundo, denostadas las más de las veces con el mote de beatas y que, acertadamente dirigidas, están llamadas a dar ellas solas al Corazón de Jesús toda la gloria que debía darle el pueblo entero» (OO.CC. III, n. 4853).

La adoración eucarística de hoy ha de ser acción de gracias y súplica. Dar gracias por los sacerdotes o agentes de pastoral que ya están ejerciendo este ministerio del acompañamiento espiritual que lleva a numerosos creyentes a estar en Dios, a fortalecer su experiencia orante y eucarística, a discernir su misión en la Iglesia y en el mundo.

Pedir que sean acompañantes urgidos por el Espíritu Santo, colmados de prudencia y sabiduría, atentos a los procesos humanos y espirituales de las personas que acompañan, capaces de acoger, escuchar, orientar, animar y corregir, por amor de Dios, a quienes desean estar totalmente disponibles a la voluntad divina. «Urge que salgan a los pueblos sacerdotes prudentes, celosos, ilustrados en la ciencia de las almas a buscar y a pulimentar margaritas preciosas con que tejer coronas de honor y desagravio a las sienes benditas y punzadas de Jesús crucificado y sacramentado» (idem).

Oración inicial
Oh, Señor, sigue llamando a sacerdotes, consagrados y laicos a este precioso arte del acompañamiento espiritual; que sean auténticos creyentes, amen la Iglesia, se comprometan en transformar el mundo; que busquen la santidad; que sepan escuchar activamente a jóvenes y adultos, llenos de bondad, ternura y alegría, conscientes de sí mismos y capaces de asumir con paz el sufrimiento. PJNS.

Escuchamos la Palabra
Rm 12,1-2; Col 1,9-10

Meditación
La meta de la santidad es vocación común a todo bautizado. El camino hacia esa meta está lleno de luces y sombras, aciertos y errores, virtudes y pecados, etapas de consolación y desolación. La misericordia divina, que siempre perdona cuando acudimos al Señor humildes y arrepentidos, nos exhorta a dejarnos transformar por al acción del Espíritu Santo y a ofrecernos como ofrenda agradable a Dios. Esa transformación de la mente, por la verdad de la Palabra y por el fuego ardiente del Espíritu, conduce a discernir constantemente cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto, según el querer y el obrar de Cristo. Necesitamos invocar constantemente al Espíritu Santo para que acreciente en nosotros sus siete sagrados dones, en especial el don de sabiduría, el de entendimiento y el de ciencia.

Por el don de sabiduría, el Espíritu nos capacita para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz del Señor: ver interiormente las realidades de este mundo.

Por el don de entendimiento, el Consolador divino agudiza nuestra inteligencia espiritual para comprender las cosas divinas, viendo los signos de Dios en los acontecimientos personales y sociales.

Por el don de ciencia, el Paráclito, el Defensor, nos ayuda a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.

Es el Espíritu Santo quien nos alcanza ese conocimiento perfecto de la voluntad divina, quien consolida nuestra alma de sabiduría espiritual para que nuestras decisiones, gestos, palabras, relaciones humanas sean dignas del Señor y de todo aquel que lleva el nombre de cristiano.

Solo así agradaremos al Señor y nuestra misión en la Iglesia y en el mundo, en la familia y en el trabajo, en la tarea pastoral o en el testimonio de vida, fructificará «en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios».

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
En su libro Artes para ser apóstol san Manuel se lamenta de la falta o escasez de directores espirituales: «Pero si esa piedad ha de ser sólida, ilustrada y difusiva, necesita dirección. Y aquí tenemos que deplorar un gravísimo mal de nuestra época que está corroyendo la piedad existente e impidiéndola nacer: la falta o escasez de directores espirituales» (OO.CC. III, n. 4851).

Como en tantos otros escritos de san Manuel, sus palabras tienen plena actualidad. Este libro, escrito en 1928, cuando era obispo de Málaga, seguro que lo ratifican y hacen suyo numerosos obispos de la Iglesia. Él sigue insistiendo: «Dejando para otro lugar el estudiar y tratar de remediar en toda su extensión ese mal, circunscribiéndonos a los pueblos, que es a lo que ahora atendemos, la falta de dirección espiritual para las almas reviste los caracteres más alarmantes» (idem).

Como obispo que había recorrido su diócesis (tanto en Málaga como en Palencia), pueblo a pueblo, parroquia a parroquia y que conocía bien a sus sacerdotes, señala con lucidez las numerosas dificultades que encuentra un párroco (¡un buen sacerdote y párroco!) para ejercer de director espiritual de sus feligreses. Escuchémosle: «Lo que decimos, porque la experiencia nos lo ha enseñado, es que las circunstancias que rodean a no pocos párrocos, particularmente de esos que están tan solos como sus Sagrarios, no los ponen en las mejores condiciones para ejercer con fruto esa dirección espiritual. Por lo mismo que es el único sacerdote del pueblo y, aun suponiéndolo dotado del más ardiente celo y de la más exquisita discreción, siempre se encontrará recusado unas veces por la amistad, el parentesco y las relaciones sociales y otras por los disgustos, las antipatías, la incompatibilidad de caracteres de los que podían ser sus dirigidos» (OO.CC. III, n. 4852).

¡Cuánto realismo, cuánta verdad! Pero, a la vez, ¡cuánto dolor y cuánta necesidad, en personas sencillas, de ser acompañadas! A lo anterior, podríamos añadir las limitaciones, carencias, miserias y pecados de tantos sacerdotes para el ejercicio de este ministerio de la dirección espiritual: «Y si a esto se añade el desaliento del párroco y, como consecuencia, el desgano de trabajar, sus achaques o los años, y lo que Dios aparte, sus infidelidades alguna vez, se verá el estado de abandono en que quedan las almas» (ídem).

Oración final
Oh, Señor Jesús, buen pastor, que quieres la santidad de las ovejas de tu rebaño, suscita en tu Iglesia hombres y mujeres que, desde su intensa vida espiritual, sepan acompañar, con prudencia y comprensión, los procesos de crecimiento en la fe y de discernimiento vocacional de tantos hijos de Dios que te buscan con sincero corazón y desean ser discípulos tuyos en seguimiento radical y en inserción completa en la Iglesia. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.