Nacidas para eucaristizar (febrero 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2021.

Una poesía que se pega al alma

El 2 de febrero de 1902, san Manuel vivió una experiencia que le cambió la vida, que imprimió una orientación nueva a su misión y le hizo descubrir una nueva llamada dentro de su vocación sacerdotal. Transformado por esta experiencia, se convirtió en testigo de Cristo y en canal de su gracia, haciendo posible que muchas otras personas a lo largo de los años, y en distintos lugares del mundo, conocieran y amaran a Jesús Eucaristía viviendo la fe a la luz del carisma eucarístico reparador.

Pero, ¿es posible que nuestra vida cambie radicalmente después de un rato de oración ante el Sagrario? Así lo cuenta el mismo san Manuel en su libro Aunque todos… yo no: «De mí sé deciros que aquella tarde, en aquel rato de Sagrario, entreví una ocupación en la que antes no había soñado y para mis entusiasmos otra poesía que antes me era desconocida» (OO.CC. I, n. 17). Aquella ocupación y aquella poesía que al que después querría ser llamado el obispo del Sagrario abandonado se le quedó pegada al alma hasta el final de sus días (cf. OO.CC. I, n. 20), sigue siendo inspiración y punto de partida para que muchos niños y jóvenes, hombres y mujeres puedan dar nombre a la vocación y misión que el Señor les regala.

Una mirada que dice mucho
Orando a la luz de la experiencia de san Manuel en Palomares del Río, es posible descubrir a un Jesús vivo que, también a nosotros, nos dice mucho y nos pide más. Por ejemplo, Lucero del Alba (postulante) nos cuenta que el año pasado, «en el proceso de aspirantado, una de las actividades fue meditar sobre la experiencia en la que san Manuel había recibido el carisma. En clima de contemplación e imaginando la situación, lo que más me llegó al corazón fueron los ojos de Jesús. Esa mirada que se encontraba entre telarañas, un mantel sucio, la luz tenue de los vidrios de una ventanita llena de tierra, una vela que daba miedo. Esos ojos que se escondían detrás de las puertas del Sagrario, que miraban a san Manuel y le decían y le pedían más. Esos mismos ojos me flecharon el corazón y sentí que también a mí me pedían más, un paso más. Y bueno, aquí estoy, feliz».

La Hna. Mª Teresa Paz (del Nazaret de Quito) también nos comparte ese momento decisivo que la impulsó a decir sí: «Al despedirme de mi familia, mi madre me tomó de la mano, me llevó al Sagrario y me dijo: “Hija, con Dios no se juega, no es un sí para un día, una semana, unos meses o un año, es para toda la vida”. En ese momento escuché la voz del Señor y le respondí: “Contigo Jesús para toda la vida”. Hoy puedo decir que llevo 42 años en Nazaret y soy muy feliz».

Y es que descubrir a Jesús vivo en la Eucaristía es uno de los regalos más grandes que se pueden recibir. Es cierto que, al darnos cuenta de ese gran don, no es fácil interpretar lo que el Señor nos pide en concreto para nuestra vida, pero el acompañamiento nos ayuda a ir confirmando las luces recibidas. Así lo cuenta la Hna. Carolina Mª (maestra de postulantes del Nazaret de Santa Fe, Argentina): «Conocí Nazaret, comencé un camino de discernimiento y fui descubriendo el carisma y la vida de las hermanas. En uno de los retiros vocacionales, una hermana nos contó la experiencia de san Manuel en Palomares del Río, y desde ese momento quedé fascinada. Podía ir dando nombre a esos deseos e inquietudes que hacía tiempo latían dentro de mi corazón».

Un nuevo plan de misión
Como vimos en la experiencia de san Manuel, en la oración el Señor derrama su gracia sobre nosotros, nos orienta en el camino y nos impulsa a realizar una opción de vida. Algo así le pasó también a nuestra Hna. Mª Blanca (formadora en el Nazaret de Quito): «Tenía una profesión, trabajo, una familia, un novio; pero aun así faltaba llenar algo dentro de mí, ¿cuál era mi misión? Todas las tardes, al salir del trabajo me iba a la catedral para estar un rato delante del Sagrario, hasta que un día escuché en mi interior: “Te quiero conmigo”. A partir de ese momento comencé mi búsqueda. Hoy siento una inmensa alegría por haber encontrado al Señor y haberle respondido: “Sí, quiero estar contigo”».

Pero descubrir la vocación es solo el inicio de una gran aventura, el comienzo de un camino que nunca antes habíamos imaginado. Dar esa respuesta puede darnos miedo y llevarnos a la tentación de huir, como experimentó el mismo san Manuel al descubrir la realidad del abandono. Esto también nos suele pasar en nuestro itinerario vocacional, como recuerda la Hna. Mª Claudia (del Nazaret de Quito): «Durante un tiempo sostuve una lucha acérrima con Jesús, más de una vez fui al Sagrario casi a escondidas para pedirle que por favor me dejara en paz, que no estaba dispuesta a renunciar a todos mis sueños y planes. En una de esas visitas, resonaron en mi interior estas palabras: “¿Y por qué no?”. Me quedé confundida y un poco turbada, pero desde ese momento experimenté la fuerza y la paz para comenzar un discernimiento vocacional».

Acoger la llamada
«Pero no huí. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo» (OO.CC. I, n. 15). Estas palabras de san Manuel también nos animan para afrontar los temores, las dificultades y los desafíos que pueden surgir en cualquier momento, y que forman parte del camino. Con frecuencia descubrimos que la misión nos sobrepasa, nos sorprende, es distinta a como la habíamos imaginado, pero la espiritualidad eucarística nos enseña a acogerla en clave de acción de gracias, porque el Señor, en nosotras y a pesar de todo, hace grandezas en nuestra pequeñez. Y, desde lo que somos y gratuitamente hemos recibido, nos invita a acompañar a otros en esta gran aventura. Es el testimonio jubiloso de la Hna. Sara María (maestra de postulantes en Valencia): «Tengo la misión de atender a los pacientes en un hospital, llevando la Comunión, rezando con ellos, y acompañándolos por medio de la escucha, tanto a ellos como a sus familiares. También colaboro en catequesis de niños y jóvenes y en un grupo de la RIE, junto con los monitores. Además, en nuestra comunidad se encuentra el Postulantado, es decir, aquí comienzan su primera etapa de formación las jóvenes que se sienten llamadas a ser Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Esto es una gran alegría y una oportunidad para recordar muy a menudo cómo comenzó nuestra vocación y vivir cada día en actitud de agradecimiento».

Mª Andrea Chacón Dalinger, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, Nacidas para eucaristizar, San Manuel González, San Manuel González García.

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