La FER en el mundo: Cómo viven y mueren las Marías

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2021.

La sencillez y la constancia de una María

El 23 de diciembre el cuerpo de Manuela Vázquez Sanguino entraba por última vez en la Iglesia de Palomares del Río. Lo hacía entre las lágrimas contenidas de muchos de los que estábamos allí y no podíamos evitar verla como siempre, dirigiéndose al Sagrario para, tras hacer la genuflexión, retirar del mantel esa motita que nadie, excepto ella, alcazaba a ver.

Todos los lectores de El Granito seguramente han leído o escuchado acerca de aquel descuidado y abandonado Sagrario que encontró un joven sacerdote misionero en Palomares del Río. Pues bien, es muy probable que san Manuel González le haya agradecido ya a Manuela los cuidados que durante toda su vida ella ha proporcionado a ese Sagrario, carismático para toda la gran Familia Eucarística Reparadora.

Manuela no alcanzaba a recordar cuándo entró por primera vez hasta el Sagrario de su pueblo. Lo conoció con un aspecto muy diferente al que hoy presenta, tenía entonces un altar estilo neogótico, después tuvo, en el retablo el Sagrado Corazón, más tarde presidido por la imagen de la Virgen, pero ella siempre que entró allí no supo ver más que a Jesús Sacramentado. Lo hizo primero como Niña Reparadora, condición de la que presumía recordando emocionada a aquella María de los Sagrarios, Doña Isabel Meléndez, que le enseñó a acompañarle allí, al mismo tiempo que le enseñaba a recitar, a bordar y también unas nociones de solfeo, que aprovecharía muy bien a lo largo de su vida pues siempre se encargó de entonar los cantos en la parroquia.

Desde niña
Una curiosa anécdota me sucedió hace unos meses. Encontré, en el archivo de la Delegación General de la UNER, la crónica de las juntas de las Marías de Sevilla de los años 50. En una de ellas se describía una escena curiosa: después de la Junta una de las diecinueve niñas de Palomares que asistían «con la María que cuida de ellas y del Sagrario […] pronunció un discurso dicho con una seriedad y aplomo, que al terminar los aplausos debieron oírse en la calle». No sabía yo, mientras lo estaba contando una tarde al salir de la Misa, que tenía ante mí a dos de aquellas niñas; Manuela me recitó entonces parte de aquel discurso sobre «Palomares con sus cinco calles…», y es que ella había sido la encargada de pronunciarlo en el convento de las Esclavas de la calle Cervantes, donde habitualmente se reunían las Marías sevillanas. ¡Cuánto nos reímos!

Con especial cariño
Manuela quiso a la Iglesia, y quiso también muchísimo a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret; sé que todas, aun las que no tuvieron demasiada oportunidad de tratarla, han sentido mucho primero su enfermedad, y ahora su muerte.
Además de una excelente madre (y abuela) y de atender su trabajo en la tienda que regentaba, Manuela Vázquez ha sido la sencillez y la constancia de una María, se podría decir, desde un punto de vista humano, que nunca ha hecho nada extraordinario pero era la persona que, casi sin dejarse ver, estaba siempre allí donde fuera necesario, si se necesitaba en la catequesis, si había que arreglar esto o aquello, si había que ir a regar las macetas en verano… ¿Puede haber algo más extraordinario a los ojos de Dios?

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, San Manuel González, San Manuel González García.

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