Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2020.

««Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,1)

«De cuántas asambleas, escuelas y hogares desde entonces hasta ahora, se ha podido escribir como de la posada de Belén: ¡No hay sitio para Jesucristo! Desde entonces hasta ahora, ¡cuántos hombres se pasan la vida escribiendo en la puerta de sus almas con sus obras y muchos hasta con sus palabras: ¡No hay sitio!» (OO.CC. I, n. 424).

Entonces, hoy y mañana sigue sucediendo lo mismo: «No había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,7). No se recibe a Jesús, el enviado del Padre, el Salvador, ni en el corazón de las personas ni en las familias ni en numerosas instituciones públicas o privadas.

No hay sitio para el migrante, el deficiente psíquico, el anciano que vive en la calle, el sintecho que vagabundea por las calles. «En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo» (Mt 25,45).

Hay muchas justificaciones para pasar de largo ante el que sufre, como en la parábola del buen samaritano, pero la realidad nos muestra cómo el hambriento, el sediento, el desnudo, el migrante, están ahí: «Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Mt 26,11).

Esta Navidad 2020, con las restricciones a la movilidad, el miedo a ser contagiados y las celebraciones familiares reducidas, nos invita a ir a lo esencial: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva en hombros el principado, y es su nombre “Maravilla de consejero, Dios fuerte, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz”» (Is 9,5). A san Manuel González le dolía profundamente ese desprecio que sufrió el Verbo encarnado cuando nació en Belén y ese rechazo semejante en la España del primer tercio del siglo XX: «¡Qué pena, Dios mío, que después de ese delicioso “Vino a los suyos” haya tenido que escribir el Evangelista el tristísimo, el desolador “y los suyos no le recibieron”! El Peregrino del Amor se puso primero a llamar a las puertas del pueblo donde se dignó nacer como hombre y dice el Evangelista que para Él no había sitio. Y desde esa primera puerta que no lo deja entrar, ¡cuántas se le cierran en su vida mortal y de Sagrario!» (OO.CC. I, n. 424).

Oración inicial
Bendito seas, Padre, Dios misericordioso, porque enviaste a tu Hijo como Palabra hecha carne para redimirnos; concédenos vivir esta fiesta de Navidad inmersos en la luz de quien es el Sol que nace de lo alto; y abre la mente, el alma y el corazón de quienes rechazan al Niño Dios para que se dejen asombrar por la belleza del Dios humanado. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Jn 1,9-14.

Meditación de la Buena Noticia
Jesucristo es el Verbo, la Palabra creadora, la Verdad reveladora de quién es el Padre, el Salvador de los hombres, la luz verdadera, el fuego que arde sin consumirse, el que nos ha constituido por el Bautismo en hijos adoptivos en Él, el Unigénito.

Esto creemos y profesamos, esta verdad nos enciende y enamora; este hecho histórico, el nacimiento del Verbo encarnado en Belén, trasciende la Historia, adquiere plena actualidad en este diciembre 2020 y seguirá celebrándose hasta el fin de los siglos.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre» (Heb 13,8). Hoy, como ayer, como hace 21 siglos, seguimos escuchando el cántico de los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Hoy delante de Jesús sacramentado, contemplamos el misterio del Verbo hecho carne, del Verbo que ha puesto su tienda en medio de nosotros: «Y hemos contemplado su gloria; gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

Esta verdad de fe («el Verbo se hizo carne») nos ayudará a celebrar el acontecimiento de la Natividad del Hijo de Dios, en medio de esta pandemia, con más autenticidad, fervor, hondura y belleza: con el asombro, la sencillez, la austeridad, la vigilancia, las lágrimas en los ojos como celebró san Francisco de Asís aquella Eucaristía y aquella primera presentación del belén de Greccio (Italia). Dijo el bienaventurado Francisco: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» (1Celano, 84).

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«¡Jesús mío, Peregrino del Amor desairado!, ¿tan abiertas te tenemos las puertas los que te conocemos y los que sabemos que estás llamando? ¡Yo también te he hecho pasar días enteros y noches muy largas llamando a mis puertas sin dejarte pasar…! También mi ángel de la guarda ha tenido que escribir con tintas de lágrimas, en el libro de mi vida: Fue a él Jesús y no lo recibió…» (OO.CC. I, n. 424).

¡Qué sinceridad de corazón, qué limpieza de alma la de san Manuel para reconocer que quienes nos llamamos católicos practicantes y participamos de grupos eucarísticos también nos reservamos rincones del alma para nosotros solos! ¡Cuánto nos cuesta darle todo al Señor, abrirle las puertas del alma de par en par! ¡Cuánta mediocridad, tibieza y rutina en nuestros actos de piedad o en nuestras celebraciones eucarísticas! ¡Qué poco interpelamos con nuestra vida a los que viven alejados de la fe o se declaran indiferentes ante lo religioso! ¡Cuánta necesidad de conversión! ¡Cuánta!

«Otras veces lo dejamos entrar, pero sin atrevernos a abrirle de par en par las puertas, ni a dejarlo andar por toda la casa» (OO.CC. I, n. 425).

Jugueteamos a ser de Dios y del dinero, a celebrar la fe en la Eucaristía (a diario o cada domingo) y a llevar una vida cómoda, individualista y de espaldas a los que sufren. Creemos en la gracia divina, pero hacemos el trabajo profesional o la dedicación a la familia por puro voluntarismo: «La Iglesia enseñó reiteradas veces que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa […] San Juan Crisóstomo decía que Dios derrama en nosotros la fuente misma de todos los dones antes de que nosotros hayamos entrado en el combate» (GE 52).

San Manuel reconoce con dolor y verdad cómo nos reservamos rincones de nuestro ser para nosotros mismos; cómo decimos amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas; y luego compadreamos con la lujuria, la soberbia, la avaricia, la gula, la ira, la pereza, la envidia… los siete pecados capitales.

«Podemos decir que todo Jesucristo ha entrado en nuestra alma, pero no en toda nuestra alma. ¡Le reservamos rincones…! ¡Rincones de sensualidades no mortificadas, de caprichos no vencidos, de intenciones no rectas, de aficiones no ordenadas…!» (OO.CC. I, n. 425).

Se nos va la fuerza por la boca. Vivimos en continua contradicción: «No hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rm 7,19). Queremos servir al Señor actualizando el primer mandamiento y terminamos adorando a otros dioses: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). «Caminad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne» (Ga 5,16-17).

El Niño pobre y humilde que nace en Belén es la luz que alumbra en medio de las tinieblas; es la eterna verdad de Dios al hombre: «El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán» (Lc 21,33). «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz del mundo» (Jn 8,12).

En esta Navidad 2020 no caben ambigüedades, ni tibiezas, ni mediocridad en nuestra fe y en el seguimiento de Cristo. El Esperado de los siglos nos llama a la autenticidad, a la confianza, a dejarnos transformar por su luz y su gracia: «Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa» (Ti 2,11-12).

San Manuel se dolía de vernos atrapados por miserias, «miseriucas», que ofenden al Buen Pastor, a quien, encerrado en el Sagrario, nos espera siempre: «Y mientras, Él, encerrado en el Sagrario, sin cansarse y sin protestar y con el oído alerta por si vienen, se pasa el día y la noche esperando a los suyos…» (OO.CC. I, n. 425).

Oración final
«Señor, Señor, ¿qué clase de amor es este amor tuyo que se pasa la vida en esperar que lo dejen entrar y que, cuando ha entrado no se ocupa más que en temer que lo echen fuera…? ¡Sus hijos…! ¡Señor, Señor…! Tú, que has permitido que a tus Sagrarios de la tierra pongan llave para que tus Judas de siempre no roben los copones que te guardan Sacramentado, ¿no tendrás una llave para mi corazón, tan codiciado de pasiones ladronas, que sólo Tú pudieras manejar?» (OO.CC. I, n. 426).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Examen de conciencia
Este será un buen examen de conciencia para preparar esta Navidad 2020:

  • ¿Le abro de par en par las puertas de mi interioridad al Niño Jesús?
  • ¿Tomo conciencia de que Él es el único dueño de mi casa interior?
  • ¿Estoy atrapado en la mediocridad y tibieza de mi ser cristiano?
  • ¿Puedo decir que le he dejado entrar a Jesús hasta el último rincón de mi mente, mi corazón y mi alma?
  • ¿Me voy desprendiendo de bienes materiales y de afectos desordenados para que mi alma sea un precioso Sagrario viviente donde nace el Salvador?
  • ¿Frecuento el Sacramento del perdón para dejarme bañar en misericordia y ser, así, misericordioso con los demás?
  • ¿Aspiro, con sinceridad, a la pobreza de espíritu y la limpieza de corazón de la Virgen María al contemplarla a ella en el misterio de la Encarnación y en su «Hágase» de la anunciación?
  • ¿Me parezco a los pastores de los alrededores de Belén que dejaron su rebaño para ir a adorar al Mesías y Señor?
  • ¿Acojo en mi corazón y abro mi bolsillo económico a los que no tienen casa, ni comida, ni trabajo digno en el mundo de hoy?
  • ¿He colgado el cartel de «No hay sitio para nadie» en mi alma y en mi corazón?
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.