Aprobadas las virtudes heroicas del P. Manjón

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2020.

La virtud de acercar a la pedagogía del Amor

El pasado 23 de noviembre el papa Francisco autorizó la promulgación del decreto por el que la Congregación para las causas de los santos proclama las virtudes heroicas del siervo de Dios Andrés Manjón, que a partir de ahora podrá ser denominado venerable. Este decreto es el primero de los dos que anteceden a la beatificación; el segundo debe ser el que acredite un milagro realizado mediante su intercesión.

Aunque este último resulta siempre más llamativo pues supone un hecho extraordinario, seguramente es más importante el que se emite tras estudiar con profundidad y rigor la vida y la obra de la persona que se pretende declarar santa para comprobar que haya vivido en grado heroico las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro cardinales (prudencia, justicia, templanza y fortaleza). Son nueve teólogos los que examinan las pruebas que vendrán a demostrar que esta persona durante su vida creyó, esperó y amó en grado muy por encima de lo normal en cualquier ser humano, porque de ser así, y en el convencimiento de que el ser humano es muy limitado, esto será signo de que Dios le utilizó, y esta persona se dejó utilizar, para contribuir a la obra redentora, que fue un instrumento de Dios, que fue barro en sus manos, en síntesis: que es santa.

Los talentos con los que Dios dotó a Andrés Manjón fueron muchos y además eran las suyas capacidades muy admiradas en la sociedad, que le hicieron destacar como estudiante y llegar a ser catedrático en la Universidad (no sin sufrir la inexplicable oposición de alguna autoridad del Gobierno). D. Andrés no enterró esos talentos, sino que siempre estuvo dispuesto a ponerlos a rentar. Primero al servicio de la Iglesia, defendiendo desde su cátedra la situación de esta en el sistema constitucional y la regulación del matrimonio, y, llegado el momento, los puso al servicio de los más pobres y débiles. Cuando de camino a sus clases en el Sacromonte escuchó a las alumnas de Francisca Montiel entonar desde una cueva el Ave María, el Señor tocó su corazón y no dudo en cambiar su rumbo y dedicarles a los niños de las periferias de Granada todas sus capacidades, como docente, como jurista y con su corazón de sacerdote.

Sacerdotes y maestros
En eso estaba cuando recibió la carta de un sacerdote desde Huelva, Manuel González. Seguramente se dio cuenta enseguida que aquel joven soñador que se había embarcado, sin chaleco salvavidas, en la aventura de abrir una escuela para dar clases gratuitas a los niños de aquella ciudad, necesitaba ayuda urgente. Las cartas que, desde aquel 11 de enero de 1907, se intercambiarían están llenas de sentido común y sentido sobrenatural, su destinatario las conservaría siempre como un tesoro. Muchas de ellas están escritas de «ida y vuelta». D. Manuel, previsoramente las enviaba dejando un espacio para la contestación, y fueron varias las ocasiones en las que Manjón respondería al arcipreste en su misma carta, con respuestas muy concretas, con soluciones que D. Manuel seguiría al pie de la letra convencido de que aquel sacerdote que lo había dejado todo para convertirse en maestro, formador de maestros y promotor de una pedagogía basada en el amor a los más débiles, era quien la Providencia había puesto en su camino y en el de las personas que le ayudaban en Huelva, a llevar a cabo la obra de las Escuelas del Sagrado Corazón, los «chiflados» D. Carlos Sánchez, D. José Muñoz Blanco, y sobre todo en D. Manuel Siurot, quien siempre recordará cómo, tras asistir en Granada a una misa oficiada por D. Andrés Manjón e impresionado por su piedad, soñó aquella noche que este se le acercaba con un sobre que le dejaba con la instrucción de abrirlo el día que el arcipreste inaugurara las escuelas.

Unos meses después, llegado ese día, conoció la respuesta a ese sueño, Dios le pedía dejar su próspero trabajo como abogado para convertirse, en maestro de los niños pobres de Huelva. Con qué alegría recibieron allí a D. Andrés en diciembre de 1913 y con cuánta emoción fue testigo de la constitución de la segunda agrupación de «Juanitos». «A Él le gusta hacer cosas grandes con gente chica», les diría aquella tarde a los niños de las escuelas del Polvorín.

Una educación diferente
¡Qué diferente la enseñanza que propugnaba D. Andrés Manjón a la que se seguía en aquella época, de la letra con sangre entra! ¡Qué generosidad la de querer abrir la educación a todos y no solo a unas élites como se hacía desde algunos colegios, incluso religiosos! No es de extrañar que todavía hoy en las casas de los nietos, o biznietos, de aquellos que aprendieron las primeras letras en la Escuela del Avemaría en el Albaicín, cuelgue el retrato de D. Andrés, a quien desde siempre han tenido por venerable; como tampoco es de extrañar que muchas almas abiertas al amor de Cristo al conocerle se sintieran llamados a difundir esa pedagogía del amor, que nunca podrá pasar de moda.

En esta fase del proceso de beatificación muchas de las personas que viven hoy el carisma de aquellos que estuvieron cerca de D. Andrés, han tenido oportunidad de alegrarse y participar con su testimonio acerca de la actualidad del mensaje cristiano de Manjón. El 3 de noviembre del pasado año la madre general de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, Mª Teresa Castelló, escribía a la Congregación para las Causas de los Santos, refiriéndose a san Manuel González y el siervo de Dios Andrés Manjón: «En reconocimiento a la vocación y misión que compartieron durante su vida estos dos pastores, escritores y pedagogos ejemplares, que tuvieron una marcada preocupación social, trabajando en las periferias por amor a Dios y a sus hijos más desfavorecidos, nos unimos en la oración por el Proceso de Beatificación de D. Andrés Manjón»; de modo parecido las Hijas de Cristo Rey, congregación fundada por D. José Gras y Granollers, compañero y amigo de Manjón, han puesto de manifiesto el «testimonio de su mutua simpatía y la santa sintonía de estos dos Fundadores, en el empeño de hacer algo por la Iglesia y la sociedad». También consta el interés de la Institución Teresiana fundada por san Pedro Poveda, por recordar la admiración que su fundador sintió siempre por el padre Manjón.

Dios llamó y sigue llamando. El oír un Avemaría entonado por una decena de niñas sin más dirección que una menuda maestra «miga», la visita a un Sagrario solitario en la recién restaurada iglesia de un pueblo, un sueño después de asistir a una Misa en una visita a un colegio, esas fueron las llamadas a estos apóstoles de la España de principios del s. XX, unos han llegado a los altares, otros están de camino.

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena.

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