Historias de familia (noviembre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2020.

«¡Qué dicha ser católico, apostólico y romano!»
1934, última visita a Roma de D. Manuel González

A finales de 1933 se anunciaba que la ceremonia de canonización del hasta entonces beato Juan Bosco tendría lugar el 1 de abril de 1934, coincidiendo con el domingo de resurrección. No debieron insistir mucho los salesianos para conseguir que D. Manuel González aceptara la invitación del rector general de la congregación y dejara por unos días su precaria residencia madrileña para compartir con la familia salesiana la alegría de ver a su fundador entre los santos de la Iglesia. Además, en aquellos días, al comenzar 1934, parecía que corrían nuevos aires para la Iglesia en España.

En febrero de 1934 D. Manuel ya escribía sobre su intención de asistir a la ceremonia de canonización de Don Bosco (OO.CC. IV, n. 6249). Lo anunciará también en marzo al director de las Marías en Roma (OO.CC. IV, n. 6256). A principios de 1934 la situación política en España parecía haber cambiado. Las elecciones celebradas a finales de 1933 habían dado una amplia mayoría parlamentaria a los partidos de la derecha y a los centristas. Para quienes confiaban en la democracia parecía que este resultado garantizaba un gobierno que pondría fin a situaciones como las vividas en la primavera del 1931 y, en general, que se suavizaran las fricciones entre la Iglesia y el estado.

Canonización de D. Bosco
Don Manuel aceptó la invitación de los salesianos para estar presente en la canonización en la basílica de San Pedro y los actos en honor del nuevo santo que tendrían lugar a continuación en Turín. En el año 1934 fueron varias las ceremonias de canonización en el Vaticano. Una vez regularizada la situación del papa con respecto al nuevo estado italiano con los Pactos de Letrán firmados en 1929, este tipo de actos comenzaban a celebrarse en los años treinta con la afluencia de fieles de muchas partes del mundo. De algún modo empezaron a ser entonces como los conocemos en la actualidad. Por otra parte, aquel año había sido declarado por Pío XI año jubilar, otro atractivo más para viajar a Roma. En la prensa de 1934 podemos ver anuncios de varias peregrinaciones organizadas para asistir a la ceremonia de canonización de Don Bosco o de la fundadora de las Adoratrices, la española madre María Micaela del Santísimo Sacramento, muy querida en toda España, que se celebró el 4 de marzo de aquel año. Las agencias de viajes ofrecían sus servicios y, además de la estancia en Roma, incluían algún tour por Italia o Francia, de regreso. No es de extrañar que en aquella primavera de 1934 la Ciudad Eterna estuviera llena de españoles.

Don Manuel, animado por el rector mayor de los salesianos, D. Pedro Ricaldone, con quien tenía una larga y estrecha amistad, se unió a la peregrinación que la congregación organizó, concretamente al grupo que salía de Barcelona el 27 de marzo con regreso fijado a la misma ciudad el 9 de abril. Aunque D. Manuel no abonó el importe de los billetes, pues viajaba invitado por los salesianos, sabemos que el coste de aquel viaje era de 323 pesetas. Este, que sería su último viaje a Roma, también fue de balde, como aquel primero que había hecho cuarenta años antes, para estar en la beatificación de Juan de Ávila.

Narración detallada
D. Manuel escribió poco acerca del trayecto de los viajes que realizó a Roma en 1922, 1927 y 1932. Sin embargo dejará una detallada crónica en El Granito de este de 1934 (5/5/1934, n. 633, pp. 258-267). Una narración en la que incluyó también su experiencia de los días que, a su regreso pasó en Barcelona, donde hizo ejercicios espirituales en la casa de los salesianos en el Tibidabo. De hecho, la crónica está firmada en Barcelona el 17 de abril. En su crónica relata D. Manuel el animado viaje que hizo hasta Roma. Fue en tren rodeado de grupos de peregrinos de distintos lugares de España, que le reconocían y le saludaban. Eran casi 800 personas entre las que «se discursea, se declaman versos y hasta se cantan saetas». Cuenta la simpática anécdota del rezo de vísperas, cantadas en gregoriano por todos los sacerdotes que viajaban en el tren, alineados en los pasillos de los vagones y …, cuando finalmente pudo divisar la cúpula de San Pedro, el rezo del Credo y una exclamación: «¡Qué dicha ser católico, apostólico y romano!».

Amanecería el día siguiente ya en Roma, era Jueves Santo. Alojado en el Colegio español, en el Palacio Altemps, volverían a él los recuerdos de la primera vez que se hospedó allí cuando, formando parte del séquito del cardenal Almaraz, arzobispo de Sevilla, viajó a Roma por segunda vez en 1912. Los responsables del colegio le acogieron de nuevo con amabilidad y cercanía.

Lo que no contó en El Granito
Aquella misma tarde tuvo la primera audiencia con el papa. Sin tiempo para descansar del largo viaje, se encaminó hasta San Pedro para estar en la audiencia que el santo padre ofrecía a todos los peregrinos españoles y a los salesianos reunidos en Roma para asistir a la canonización de Don Bosco. En este punto hay algo que D. Manuel no contaría en El Granito y que, por tanto, tampoco se recoge en las páginas de la biografía de Campos Giles al narrar estos momentos. Se trata de un pequeño detalle que tuvo para con él Pío XI que le llenó de gozo, que sí que contó en la carta que al día siguiente escribiría a su hermana y a su sobrina; y es que el papa quiso tenerle muy cerca de él durante la audiencia a los peregrinos. Antes de entrar en la Sala de las Bendiciones, «su Mayordomo me dijo que fuera delante del P. La entrada en la sala inmensa de la audiencia emocionante y lo curioso era que a más de los vivas al P. daban la mar de vivas al O. de la Eucaristía, el O. mártir y qué sé yo». Añadió además cómo, durante la audiencia, «me sentaron en una silla al pie del trono» (OO.CC. n. 6266). No es difícil imaginar allí a D. Manuel, sonriendo al escuchar al término de la audiencia cómo el papa, mientras le miraba decía: «una bendición muy particular para nuestros venerables Hermanos los Obispos de España tan simpáticamente representados aquí por el Obispo de Málaga que tanto ha sufrido por el nombre de Jesús» (El Granito de Arena, 5/5/1934, n. 633, p. 260).

«El papa le espera con gusto»
Contaba también con alegría a su hermana cómo, una vez terminado el acto, «al decir al Mayordomo si me recibiría [el papa] en audiencia privada, me dijo: sí, sí venga que el S. Padre le espera con gusto ¿qué os parece?» (OO.CC. IV, n. 6266). La audiencia privada con Pío XI tuvo lugar finalmente el 5 de abril. Fueron diez minutos de conversación con el Pontífice que, a sus 77 años, se mostraba animoso, incluso después del ajetreo de aquellos días, de celebraciones y audiencias. Don Manuel trasladó a Pío XI sus esperanzas en el porvenir inmediato de España. Como decía al comienzo de este artículo, los resultados de las elecciones de 1933 habían hecho renacer en muchos una esperanza de cambio en la situación de hostilidad hacia la Iglesia que se vivía en España prácticamente desde la proclamación de la II República; aunque –como le recordaría D. Manuel al papa– había sido precisamente en Málaga donde el partido comunista había obtenido su único diputado, Cayetano Bolívar, un médico malagueño detenido tras los incidentes de mayo de 1931. «Speriamo bene! Speriamo bene!» respondió Pío XI tras escuchar al obispo, quien, seguramente en aquellos días y más tras escuchar al papa «¿todavía no está en su Diócesis?» (OO.CC. IV, n. 6266), confiaba de nuevo en poder retornar a Málaga. Seguramente con la idea de confirmar estas esperanzas, se dirigió hasta la Secretaría de Estado, con intención de entrevistarse con el cardenal Pacelli, pero en aquel momento estaba en un funeral. Teniendo D. Manuel que dejar Roma al día siguiente, no hubo ocasión para esta entrevista.

En la tarde del día anterior a la audiencia privada con Pío XI, había participado en una que concedió el papa a otro grupo de peregrinos españoles entre los que se encontraban los que venían de Málaga junto con algunos de Sevilla, Madrid y Santander. También en esa ocasión el papa le sentó a su lado mientras se dirigía a los congregados (cf. OO.CC. IV, n. 6269). Al finalizar pudo entonces presentarle a algunos de los malagueños que se habían trasladado hasta Roma, que recibieron una medallita conmemorativa con la imagen del nuevo santo. D. Manuel aprovechó el que muchas de las presentes eran Marías para pedir para toda la Obra una bendición especial. «Ah!, le Marie dei Tabernacoli!», asintió el Pontífice.

Entre la primera audiencia del Jueves Santo y estas dos que tuvieron lugar miércoles y jueves de la semana de pascua, fueron muchos los momentos emocionantes que D. Manuel vivió en Roma y que narraría en su crónica: la visita a las basílicas mayores con la intención de ganar el jubileo del año santo; o su participación bajo la lluvia el viernes santo en el Vía Crucis en el Coliseo. Allí «desde el pie de la cruz colocada en el centro del anfiteatro, dije a los peregrinos entre otras cosas, que había que cambiar el vocabulario, que a lo que el mundo llama victoria, placer y vida, el nuestro, el que se aprende al pie de la cruz de palo, debe llamarlo derrota, dolor y muerte» (El Granito de Arena, 5/5/1934, n. 633, p. 260 y El Obispo del Sagrario abandonado, vol. 2, p. 474). Después, varias visitas, y la programada reunión con las Marías romanas y con su director Mons. Rovella. La merienda que ellas compartieron con las Marías españolas debió resultar especialmente divertida para todos; y, por supuesto, la canonización de D. Juan Bosco, en la mañana del domingo de Pascua.

Cientos de miles
Era el primer día de abril de 1934 y fue una ceremonia brillantísima en la que participaron casi 100 obispos, con la plaza de San Pedro y la basílica abarrotada de personas procedentes de todas las partes del mundo. Se habló de 300.000 asistentes. Como es habitual en la primavera romana, la lluvia hizo también acto de presencia aquel día, pero eso no hizo menos solemne los actos. No solo San Pedro, cuatrocientas iglesias en Roma resplandecieron aquella tarde adornadas con una iluminación extraordinaria en honor del apóstol de la juventud, que aquel día se convirtió en san Juan Bosco.

Cuando al día siguiente el santo padre clausuraba el Año Santo, cerrando la puerta que simbólicamente lo representa, el tapiz de Don Bosco todavía colgaba del balcón de la logia de la basílica de San Pedro, seguramente D. Manuel vivió con alegría aquellos momentos viendo cómo la imagen de aquel a quien admiró desde su juventud presidía un acto tan solemne para toda la Iglesia.

En su crónica para El Granito, D. Manuel, como buen pastor, pone de manifiesto su emoción al poder reunirse en aquellos días en Roma con muchas personas de su diócesis a las que hacia años que no veía. Sabemos que resultó especialmente emocionante su reencuentro con el Dr. D. José Gálvez Ginachero. Este reconocido médico malagueño, que era cooperador salesiano, a sus 68 años, había viajado hasta Roma para estar presente en la canonización de Don Bosco. Durante todos los días de su estancia allí no dejó de acudir a la Misa de su amigo y obispo: «Esta noche ya me despediré de Gálvez que ha venido todos los días a oírme la Misa y a desayunar» escribiría D. Manuel a su familia el día 4 de abril (OO.CC. IV, n. 6268).

Al dejar Roma, D. Manuel se dirigió a Turín, junto al cardenal Vidal y Barraquer. No podía dejar de visitar los lugares de san Juan Bosco, que con tanta devoción había recorrido un par de años antes. Si entonces pudo celebrar con tranquilidad en la que fuera la habitación del nuevo santo, en esta ocasión eran tantas las personas que tras la ceremonia de canonización hicieron en su regreso parada en Turín que difícilmente pudo D. Manuel entrar en la basílica de María Auxiliadora y encontrar hueco en la capilla Pinardi para celebrar la Misa. Turín, la ciudad de san Juan Bosco, era más que nunca su ciudad, la alegría que se palpaba en todas sus calles era como un gran oratorio festivo salesiano.

Y después, el regreso a España. «¡Aquí sí que se puede decir: Aquae multae non potuerunt extinguere charitatem nec ilumina, y ni los mares son capaces de apagar el fuego de amor por Don Bosco!», le diría al rector mayor de los Salesianos, D. Pedro Ricaldone, al tiempo que ambos se daban un abrazo de despedida. Barcelona le esperaba y le recibió con música y aplausos, pero estos días felices y de esperanza de la primavera de 1934 no se prolongarían mucho.

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia.

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