Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (noviembre de 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2020.

«Sentí que, de repente, empezaba a ver»

«Señor, que veamos, que somos muy chicos de corazón y de cabeza para entender lo que nos dices» (OO.CC I, n. 547). Estas palabras de san Manuel iluminan el camino de Liliana Ruiz, a quien entrevistamos este mes, y que de su mano descubrió a Jesús Eucaristía y un nuevo horizonte para su vida. Ella es argentina, de la provincia de Tucumán, es abogada, está casada y tiene tres hijos: Paola, Juan y Santiago.

Querida Liliana, conociste a san Manuel en un momento muy concreto de tu vida y su amistad te ayudó a redescubrir a Dios, ¿cómo fue?
Así es, conocí a san Manuel en el año 2000, un 10 de diciembre, lo recuerdo con fecha. En aquel momento yo estaba pasando por una situación personal bastante difícil y dolorosa, sentía que se me derrumbaba todo. Afortunadamente, tuve la ayuda de mi párroco y de una señora de mi parroquia que se llama Teresa, ella me trajo un libro titulado Aunque todos, yo no, y puedo decir que ese libro me cambió el horizonte.

Yo desde siempre había tenido formación religiosa de mano de mis abuelos, ellos me enseñaron tres cosas que fueron y siguen siendo fundamentales para mí: dar gracias cada día por el don de la vida; al terminar todas las tareas del día, por la tarde, rezar el Rosario, como lo hacía mi abuela que ponía una imagen de la Virgen del Valle y rezábamos; por último, aprender que Dios nos habla todos los días a través de las personas y las cosas que nos suceden. Después formé mi familia y también yo intentaba educar a mis hijos en la fe, les enseñaba estas cosas.

Por mucho tiempo pensé que con eso ya era suficiente, ir a Misa, cumplir con los sacramentos, los preceptos de la Iglesia, educar a mis hijos en la fe, me parecía que eso bastaba y después me fui dando cuenta de que no. Siempre me invitaban a participar de distintas cosas en la parroquia, en algún grupo, y yo le huía a la situación, creo que en definitiva le huía al compromiso, siempre tenía un pero. A la vez me sentía mal.

En Misa había pasajes del Evangelio que me tocaban con mucha fuerza, por ejemplo el del joven rico, que no quiso seguir a Jesús, también el de los trabajadores de la viña que son llamados a distintas horas del día. Era como que mi conciencia no me dejaba tranquila, incluso me llegué a identificar con la higuera que no daba fruto. Sin embargo, yo seguía cumpliendo, Dios me pedía un poco más y yo no lo quería hacer. Es en medio de toda esta situación interior que atravieso aquel momento doloroso.

Aquel libro de san Manuel llegó acompañado de una invitación a participar de una convivencia organizada por la UNER. Faltaban pocos días para que llegara aquel 10 de diciembre, día en que la convivencia tendría inicio. Esa semana me leí el libro y fue como si de repente empezaba a ver, la sensación de que se me caía una venda de los ojos, en ese momento me sentí como el ciego de Jericó. Fue un toque de gracia que me hizo descubrir que la relación con Dios se me había hecho un hábito, yo había dividido mi fe. Puedo decir que redescubrí a Dios a través de ese librito. Asistí a la convivencia y llevé a mis tres hijos, que eran pequeños. A partir de ahí, ha sido toda una vida de descubrir muchas cosas, otras tantas que sigo descubriendo y sé que aún me quedan muchas por descubrir de la mano de san Manuel.

¿Cuáles son esas cosas que descubriste junto a san Manuel?
Al incorporarme al grupo UNER, a través de los retiros, la formación semanal, las convivencias, las charlas de las hermanas, las carpetas de formación, he ido conociendo muchísimo del carisma eucarístico reparador. De repente se abrió todo un horizonte, yo tenía en mi vida todo muy estructurado y eso no podía ser así. Aprendí a dar gracias a Dios por aquel dolor, porque me ha llevado a conocer a la Familia Eucarística, el carisma, y a sentirme parte de este movimiento que es para mí una familia.

Con san Manuel descubrí y conocí el gran valor que tiene la Misa, que no se puede asistir para ocupar simplemente un lugar físico, porque cada Eucaristía es el mismo Calvario, esa hostia consagrada es Jesús que se entrega por mí, tiene un sentido de redención.

Aprendí también que no me tengo que quedar en el yoísmo, en mi propio egoísmo, que puedo caminar siempre más allá, para los demás. La misión que tenemos nosotros como Familia Eucarística es preciosa, siempre lo conversamos en nuestras convivencias y encuentros, que nuestra misión no es solo la adoración, si bien ello es parte de nuestro carisma, somos esencialmente misioneros, eucaristizadores. Siempre llamados a ese camino de ida y vuelta que san Manuel nos enseñó, que sale del Sagrario y va en busca del hermano.

También he leído muchos de los libros de san Manuel, sin embargo todavía no puedo decir que los he leído todos. Los leo varias veces y cada vez descubro algo nuevo, es una formación continua, siempre tienen algo por descubrir y al trabajarlos con otras personas todavía más.

Descubrí a Jesús Eucaristía, de repente ese Dios al que yo seguía, lo podía encontrar en el Sagrario, en la Misa, en el hermano. Fue maravilloso. Yo tenía mi Comunión semanal, pero no había caído en la cuenta de la trascendencia que tenía esta Comunión. Aprendí que si estás comulgando a Cristo tenés que resplandecerlo y mostrarlo y esto es un desafío muy grande, que a veces se desvanece en nuestra fragilidad, con la que Dios ya cuenta, como nos recuerda el lema UNER de este año («Llevamos este tesoro en vasijas de barro»). Puedo decir que tenía la Eucaristía delante de mis ojos y no la veía, ¡me perdía un tesoro tan grande!

Yo nací en el campo y hay una época en la que se marca a los animales, yo lo utilizo como un paralelo, me he quedado marcada por este santo, nunca olvido aquel librito y la convivencia.

¿Qué significa para ti eucaristizar?
Para mí la llamada a eucaristizar el mundo comienza por el mundo que tenemos dentro, en cada uno de nosotros, no es necesario ir lejos. Además percibo que lo primero es eucaristizar nuestro seno familiar, nuestro propio metro cuadrado. Nos toca trabajar dentro de la propia casa, es verdad que es lo más difícil, pero es muy valioso. Empezar por casa, en el trabajo, con los amigos, yo creo que es desde ahí que después podemos salir hacia otros, porque en el fondo si lo vivimos así, evangelizamos con el propio testimonio, no solo con la palabra. Siento la urgencia de salir, de no quedarme para mí lo que he descubierto.

Al hilo de esto, la presencia de san Manuel ha ayudado a toda mi familia, a mi esposo, a mis hijos, ellos trabajan apostólicamente gracias a san Manuel, a todo lo que recibieron del carisma, incluso el más pequeño de ellos está en el seminario. Con él pudimos participar de la canonización y fue un regalo inmenso, tuvimos también la oportunidad de recorrer los lugares donde se desarrolló su vida y su obra. Nos supuso mucho esfuerzo hacer este viaje y siempre lo agradeceremos.

Cuando percibimos un llamado de Dios, hay que responder porque Él no nos deja, no se cansa de llamar una y otra vez. Aquella experiencia de dolor que yo viví me llevó a encontrar tantas cosas buenas en la vida, para mí y para poder entregar a los demás. Cuando se producen los terremotos es porque las placas tectónicas se tienen que acomodar, lo malo a veces trae muchas gracias, a lo mejor en ese momento no lo vemos, pero cuando va pasando el tiempo, sí. Dios se vale de todo.

¿Cuál es el aspecto de la vida de san Manuel que más te llama la atención?
El modo como vivía la relación con Jesús, su fe viva, y también su labor social, descubrir en el prójimo a Jesús abandonado, lo que dio lugar a una obra tan grande como él desarrolló en cada lugar donde estuvo. Ver a Jesús en cada persona, para darles educación, trabajo, dignidad, apoyo. Eso es muy grande. Si descubres así a Jesús, no te puedes mantener de brazos cruzados viendo tanta miseria.

Percibo que su mensaje es muy actual, más allá de las distancias, lo que él vivió tiene mucho que ver con nuestro presente y siento que su vida tiene una riqueza muy grande y nos sigue interpelando.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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