Encíclica sobre la fraternidad y la amistad social

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2020.

Fratelli tutti: El buen samaritano: icono iluminador

Hace unas semanas, el pasado 3 de octubre, el santo padre acudió a la tumba de san Francisco de Asís para celebrar la Eucaristía y firmar su Carta encíclica: «“Hermanos todos”, sobre la fraternidad y la amistad social». Esa decisión apunta a lo que desea transmitir con este documento: «Los signos de los tiempos muestran claramente que la fraternidad humana y el cuidado de la creación son el único camino hacia el desarrollo integral y la paz… ¡Que san Francisco acompañe el camino de la fraternidad en la Iglesia, entre los creyentes de todas las religiones y entre todos los pueblos!», como él mismo afirmó al día siguiente durante la alocución mariana del Ángelus.

Se trata de un documento amplio y en el que, en cierto modo, encontramos compendiado gran parte del magisterio pontificio de estos siete años. Ciertamente, no es posible resumirlo aquí en unos párrafos. Nos limitaremos a asomarnos a sus páginas de la mano de una imagen evangélica: el buen samaritano, que el papa define como «icono iluminador» (Fratelli tutti [FT] 67).

Abrir la mirada
En su reflexión sobre la conocida parábola del buen samaritano, encontramos una invitación a superar todo tipo de condicionamientos para abrirnos a la mirada y al corazón de un Dios que siempre nos sorprende con su amor y nos conduce a descubrirle en cada rostro. Recogemos algunas de sus luminosas afirmaciones: «Al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá. Porque es el amor el que rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes» (FT 62).

«Miremos el modelo del buen samaritano. Es un texto que nos invita a que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero, constructores de un nuevo vínculo social… Con sus gestos, el buen samaritano reflejó que la existencia de cada uno de nosotros está ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro» (FT 66). «Esta parábola es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano» (FT 67).

«Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. Y si extendemos la mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo ancho y largo del mundo, todos somos o hemos sido como estos personajes: todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de los que pasan de largo y algo del buen samaritano» (FT 69).

«La historia del buen samaritano se repite: se torna cada vez más visible que la desidia social y política hace de muchos lugares de nuestro mundo un camino desolado… En su parábola, Jesús no plantea vías alternativas… Él confía en lo mejor del espíritu humano y con la parábola lo alienta a que se adhiera al amor, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre» (FT 71).

«Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones… Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos» (FT 77).

«El samaritano del camino se fue sin esperar reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la gran satisfacción frente a su Dios y a su vida, y por eso, un deber. Todos tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y todos los pueblos de la tierra. Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano» (FT 79).

«El buen samaritano necesitó de la existencia de una posada que le permitiera resolver lo que él solo en ese momento no estaba en condiciones de asegurar. El amor al prójimo es realista y no desperdicia nada que sea necesario para una transformación de la historia que beneficie a los últimos» (FT 165).

Conferencia de prensa
En la mañana del día 4 tuvo lugar la presentación oficial de esta tercera encíclica del papa Francisco. En ella intervinieron: el card. Pietro Parolin, Secretario de Estado; el card. Miguel Ángel Ayuso Guixot, m.c.c.j., Presidente del Consejo pontificio para el Diálogo Interreligioso; el juez Mohamed Mahmoud Abdel Salam, Secretario general del Alto Comité para la Fraternidad Humana; la prof.ª Anna Rowlands, docente de Catholic Social Thought & Practice de la Universidad de Durham; y el prof. Andrea Riccardi, Fundador de la Comunidad de Sant’Egidio y docente de Historia contemporánea.

El card. Parolin centró su exposición en torno a la pregunta: «¿Qué espacio y consideración encuentra la fraternidad en las relaciones internacionales?», afirmando que «la encíclica no se limita a considerar la fraternidad como un instrumento o un deseo, sino que esboza una cultura de la fraternidad para aplicar a las relaciones internacionales. La fraternidad no es una tendencia o moda que se desarrolla a lo largo del tiempo; se trata de la manifestación de actos concretos. La encíclica nos recuerda la integración entre los países, la primacía de las normas sobre la fuerza, el desarrollo y la cooperación económica y, sobre todo, el instrumento del diálogo».

A continuación, el card. Ayuso destacó la aportación de este documento al diálogo interreligioso, recordando que «¡Estamos en camino!». Y subrayó que «vivir la propia identidad en la “valentía de la alteridad” es el umbral que hoy la Iglesia del papa Francisco nos pide cruzar. Se trata de dar pasos concretos junto con creyentes de otras religiones y personas de buena voluntad, con la esperanza de que todos nos sintamos llamados a ser, sobre todo en nuestro tiempo, mensajeros de paz y artífices de comunión. Dios es el Creador de todo y de todos, por lo que somos miembros de una familia y como tal debemos reconocernos. Este es el criterio fundamental que nos ofrece la fe para pasar de la mera tolerancia a la convivencia fraterna».

Por su parte, juez Abdel Salam se refirió con especial énfasis al Documento sobre la Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, firmado por el papa Francisco y el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb en Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) el 4 de febrero de 2019. Luego afirmó: «Cuando pude leer esta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social, percibí una sensibilidad incisiva y la capacidad de expresar los temas de la fraternidad humana de una forma que se dirige al mundo entero. Es un llamamiento a la concordia que se le hace a un mundo en discordia, así como un mensaje claro en favor de una armonía, individual y colectiva, con las leyes del universo, del mundo y de la vida. Se trata de un argumento que se basa en razonamientos claros, fundados en la verdad y practicables en la vida real y en el mundo concreto».

La prof.ª Rowlands puso de relieve que esta encíclica puede considerarse «una meditación social sobre el Buen Samaritano, que reconoce el amor y la atención como la ley sublime, y nos ofrece como modelo la amistad social creativa». Y señaló que «ser verdaderamente humano significa estar dispuesto a mirar el mundo en su belleza y su dolor; escuchar profundamente a través de los encuentros humanos las penas y las alegrías, y tomarlas para uno mismo, es decir, asumirlas y llevarlas como propias».

Por último, el prof. Riccardi abordó la gran herida a la fraternidad: la guerra. Con profundo pesar, desde su experiencia de intermediario en conflictos armados, insistió en que «toda guerra deja al mundo peor que antes. Desfigura el rostro de la Humanidad. Nunca la guerra hace que el mundo sea mejor. ¡Es la verdad de la historia! Pero hay una amplia pérdida del significado de la historia, como recuerda la encíclica. Su memoria se pierde en el presentismo egocéntrico o en el enfrentamiento exacerbado. Mientras tanto, se van vaciando esas grandes palabras, que son verdaderos faros que iluminan a la humanidad: fraternidad, paz, democracia, unidad…». E invitó a ser conscientes de que «todo el mundo somos guardianes de la paz. Las instituciones tienen la tarea de despertar esta “arquitectura de la paz”. Pero incluso nosotros, la gente común, no podemos ser espectadores. La artesanía de la paz es tarea de todos: hay que atreverse más contra la guerra con una rebelión diaria y creativa. Si muchos pueden hacer la guerra, todos pueden trabajar como artesanos de la paz».

Ana Mª Fernández Herrero, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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