Con mirada eucarística (noviembre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2020.

El sol del otoño

Casi sin darnos cuenta, silenciosamente, por la puerta de atrás se está colando un personaje con nombre de «eutanasia». Está sucediendo en este otoño, que descuelga las hojas de los árboles como una lluvia amarilla, y viene como si no pasara nada, más todavía: viene disfrazado de bondades.
Para empezar, adopta el ropaje de los eufemismos, los cuales tienen la pretensión de encerrar en una cáscara aparentemente dulce la almendra amarga de algún tipo de ignominia. Los publicistas y los manipuladores del lenguaje saben que deben escoger vocablos sonoros, enigmáticos, que inviten a la compra del producto o, en cualquier caso, a la adhesión de la voluntad hacia algo que presuntamente reporta bienestar. Muy pocos conocen el origen griego de la palabra «eutanasia», aunque en realidad suena muy bien.

Eutanasia, ¿para qué?, ¿para quién?
En realidad, la eutanasia, que etimológicamente significa buen morir, esconde una cultura de muerte desnaturalizada, un mal morir; esconde la cosificación de la persona, una moral mercantilista, la deshumanización del ser, una ideología única perversa. Hay otra cultura, la cultura de la vida: «Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino… Nuestro destino es vivir».

Eutanasia ¿para qué?, ¿para quién? En este otoño, que camina hacia el invierno de la nieve de Belén, descuelga el membrillo la preñez de sus frutos amarillos. Son tantos, que hemos tenido que sujetar sus ramas con empentas. El sol del otoño se descuelga por sus hojas hasta tomar posesión de todo su equipaje, como si quisiera estamparle un beso redondo de agradecimiento desde la curva lejana del poniente. Es igual de valiosa la vida en cualquiera de sus manifestaciones, en cualquiera de sus estaciones: en el calor del verano, en la dulzura del otoño, en el frío del invierno, en el verdor de la primavera. Siempre el sol está en la cumbre, aunque a veces lo escondan las nubes, las dificultades, el dolor: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

Fe, esperanza y amor
La muerte es algo natural, aunque en la sociedad actual se pretenda ocultarla en un intento absurdo de hacer ignorar su existencia. Esto es así porque responde a una concepción utilitaria y hedonista de la vida. Sin embargo, la vida es el don más valioso de las personas, siendo así que la muerte digna forma parte también de ella misma. «En el fondo no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si todavía no son útiles –como los no nacidos–, o si ya no sirven –como los ancianos–» (Fratelli Tutti, n. 8).

Corría el año 1995 cuando el periodista e importante redactor Jean-Dominique Bauby sufrió un accidente de tráfico. Iba en el coche con lo que más quería, uno de sus hijos. Despertó en el hospital, después de un profundo coma, sin poder comunicarse con el mundo exterior. Totalmente paralizado, lo único que movía era el párpado de su ojo izquierdo. Lo primero que deseó fue la muerte. Pero se agarró a la vida, aunque tuviera que ser alimentado por una sonda gástrica. Se agarró a la vida porque contaba con los dos grandes instrumentos en los que esta se sustenta: la memoria y la imaginación. Memoria para recordar la belleza que se ama, la que invita a la fe; e imaginación para construir el futuro que proporciona la esperanza. Aunque estaba enclaustrado en un cuerpo inútil, en una escafandra, podía volar en las alas de una mariposa: era un ser libre. Se inventó un sistema de comunicación a través del parpadeo, cerrar y abrir, sí y no. Su ayudante le mostraba el alfabeto y ante la letra propuesta aceptaba o rechazaba. De este modo, y a razón de unas dos palabras por minuto, escribió su mejor libro, La escafandra y la mariposa, publicado en 1997, best-seller de ventas, que posteriormente se convertiría en película, estrenada en 2007. Curiosamente, obtuvo cuatro nominaciones a los Óscar.

La eutanasia no apuesta por la libertad, es un señuelo. La verdadera libertad del hombre, la libertad interior, tal y como nos ilustra Jacques Philippe, reside en la concepción de la vida que anda por los caminos de la fe, la esperanza y el amor.

El buen pastor
Al pensamiento único no le interesa Dios, concibe al ser humano como un paréntesis entre dos nadas, por lo que su existencia no admite ningún tipo de trascendencia: la muerte es el final, sin más. Hay otro pensamiento, el que considera que la muerte es una etapa más de la vida, la que abre la puerta de la inmortalidad del ser, es la puerta por la que entra el buen pastor.

Era aquella una tierra en donde existían muchos rebaños de ovejas que cada pastor debía sacar al campo para que pastaran. En ese mismo campo se juntaban muchos pastores. Cuando llegaba la noche, encerraban todos sus rebaños en un redil o corral común, quedando todas las ovejas al cuidado de un guarda, y de este modo quedaban protegidas de los ataques de los lobos o de los ladrones. Siempre el espíritu del mal aprovecha para entrar por la noche, cuando la oscuridad invade al alma, cuando la angustia, el miedo, el desasosiego hacen débil a la voluntad y extraño al pensamiento. La desesperanza se agudiza en épocas de crisis, como desgraciadamente está sucediendo en este tiempo de pandemia. El mal se aprovecha de la debilidad humana y no entra por la puerta, salta por las paredes del recinto: «Quien no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por cualquier otra parte, es un ladrón y salteador» (Jn 10,1). La eutanasia, disfrazada de pastor. «El ladrón entra solamente a robar, a matar y a destruir. Yo, en cambio, he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Es el sol del otoño que baja en sus rayos desde arriba y nos alegra, sol del otoño que ilumina los surcos en donde el sembrador pone a crecer la vida.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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