Con mirada eucarística (octubre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

Hablarán las piedras

El mal avanza porque el bien se calla. De tal modo se expresaba Edmung Burke: «Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada». Pasividad que termina fatalmente en la construcción de una sociedad hipócrita. Tal es el signo de nuestro tiempo.

Jesús de Nazaret, que vino para salvar a este mundo y no condenarlo, dirige una de las diatribas más duras contra el quietismo del siervo, temeroso y sumiso, que enterró el talento en la tierra: «Siervo malo y perezoso, inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Evidentemente nos estamos refiriendo a la conocida como «Parábola de los talentos» (Mt 25,14-30) y al sirviente que no hizo nada.

La verdad oficial
Todos sabemos que la verdad es enterrada diariamente en lo más profundo y que en su lugar se propone una verdad oficial, que no es sino una mentira contaminada, construida potentemente a través de los medios de comunicación de todo tipo. Por cierto, ya san Manuel González advirtió en su época del poderío de la propaganda y la publicidad practicada en los periódicos de entonces. Del poderío y de sus nefastas consecuencias.

La estadística se convierte en un medio de manipulación, resultando que no hay mayor mentira que una verdad numérica. El criterio personal es sustituido por una opinión social generalizada, la única posible e imperante. La gracieta y el chiste suplantan a la seriedad del pensamiento. La llamada postverdad es una perversidad interesada que oculta intereses espurios. Una especie de sopor comunitario adormece las conciencias. Nadie grita.

Perdón, algunos claman, pero con frecuencia vuelven de nuevo al silencio donde se someten de nuevo y otra vez al ostracismo presos del destino conocido como políticamente correcto. Afortunadamente, todavía hay siervos que no entierran sus talentos y los hacen fructificar con la fuerza del amor.

La cultura del descarte
Con frecuencia hemos escuchado al papa Francisco referirse a la cultura del descarte, dominante en la sociedad que hoy todos estamos construyendo. Se trata fundamentalmente de la prevalencia del valor de la mercancía sobre cualquier otro tipo de valores. Lo que estorba se aparta o se elimina. No hay nada más importante que el rendimiento, necesario para la construcción del bienestar social. Lo que no rinde no sirve.

La concepción mercantilista de la vida es la única posible, es la moral aceptada. El sacrificio, la privación y, no digamos más, el sufrimiento deben ser desterrados al lugar del olvido o de la inexistencia: una concepción buenista que se topa de bruces contra la propia realidad. La realidad penosa, por ejemplo, de tantos y tantos ancianos almacenados en residencias, víctimas de ese bichito minúsculo, al parecer poderoso, el coronavirus; la realidad, por ejemplo, del aborto admitido mientras se utilizan medios ingentes para salvar a una vaca o a un caballo despeñados en un barranco; o la realidad angustiosa de quienes no pueden llegar al final de mes.

Triunfa la voz hipócrita del tartufo, a pesar de las colas abiertas como ríos de esperanza en cada una de las parroquias que reparten un poco de comida y tal vez un puesto de trabajo. Se silencia la voz de la solidaridad, de las manos abiertas que acogen, de la entrega desinteresada. No conviene airear tales comportamientos que contravienen la moral universal propagada: la del consumismo. Vivir bien es consumir más.

No es nuestra intención enjuiciar a nadie ni a nada, antes al contrario, la propuesta cristiana es la de la práctica del perdón. Aún más, nuestra propuesta es la del compromiso con los valores del Cristo que habita en el Sagrario: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

La vida, don de Dios
Es cierto que la vida es dura, tanto que cada vez que rezamos la Salve la situamos en un valle de lágrimas, aunque es el valor supremo que hay que defender por encima de cualquier circunstancia. La vida en todas sus manifestaciones. «La vida es muy peligrosa –dice Einstein–. No para las personas que hacen el mal, sino para las que se sientan a ver lo que pasa». Por eso estamos obligados a desenmascarar la superchería. La vida es un don por el que tenemos que dar siempre las gracias y por la que hay que luchar hermanadamente, sin tapujos, con libertad. Es un don de Dios.

En temas como el medio ambiente, el cambio climático, el racismo, la igualdad humana, la salud universal, la distribución de la riqueza… y tantos otros suelen alzarse banderas interesadas de tal naturaleza que, con solo rascar la superficie, se descubre que únicamente son proclamas en la conquista de la moral única, la que sirve a sus intereses. Y se sigue olvidando que la vida es un regalo de Dios.

Y no digamos cuando no ya solo el presente, sino también el pasado se acomoda a la interpretación conveniente. Hemos asistido atónitos, y espectadores, al lamentable espectáculo del derribo de estatuas de personajes que encarnan alguna aportación a la Humanidad. Pobre Junípero Serra, que dejó la comodidad de su lugar de origen para construir un mundo mejor por tierras americanas. La estatua más derribada, la del mismo Cristo, que sigue cayendo en la entrega de sus mártires también hoy en este siglo XXI, siglo de la apariencia, de la comodidad, de la hipocresía. El peligro continúa estando en quienes se sientan a la puerta a ver lo que pasa.

Una vez los fariseos le pidieron a Cristo que reprendiera a sus discípulos por sus palabras de alabanza a Dios, «Él replicó: Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Parece que una pandemia universal ha enmudecido al mundo. ¿Será, Señor, que están hablando las piedras?

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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