Nacidas para eucaristizar (octubre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

Convocadas a la misión

Seguimos viviendo nuestro Jubileo con alegría, esperanza y gratitud, y en este mes de octubre resuena de manera especial en nosotras la llamada a la misión. Somos convocadas y enviadas por la Iglesia y la congregación para una misión universal: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Este mandato misionero está también presente en Nazaret desde los orígenes, forma parte de nuestro ADN carismático y congregacional.

San Manuel González, en una interviú que publicó El Granito de Arena (y analizada en «Historias de familia» del ejemplar del mes pasado) en el año 1912, en las dos revistas del mes de diciembre ofrecía diversas pinceladas de un plan pastoral y misionero para la futura congregación religiosa con la que soñaba, una intuición profética que se haría realidad con la fundación de Nazaret, el 3 de mayo de 1921: «¿Dónde habitarán esas Marías? En todas partes, prontas a trasladarse donde su misión las reclame, lo mismo miran en monte que en llano, lo mismo sufrirán nieve que estío, lo mismo irán al desierto que al poblado. Acamparán en cada lugar el tiempo que las reclame su trabajo, y concluido éste, al abrir los ojos un nuevo sol, levantarán el campamento, y saldrán a conquistar nuevas tierras […]. Y así irán por calles y plazas, atravesarán montes y collados, llamando a todos… Ellas resultarán como una gran central eléctrica que distribuya fuerza, luz y calor a todos los rincones oscuros, a todos los inaccesibles […] y dejarán por donde pasen otras tantas estaciones al servicio de Jesús de Nazaret, fuente de toda energía, centro imantado de atracción infinita…».

A la luz de estas palabras, compartimos las experiencias misioneras de algunas hermanas que descubrieron a ese Jesús de Nazaret, vivo y abandonado en la Eucaristía. Un Jesús que, como a san Manuel, les decía mucho y les pedía más. Y respondiendo a su invitación siguieron sus huellas, llevando en sus corazones el anhelo de eucaristizar cada pueblo, cultura y realidad.

Abrazo y esperanza
«A lo largo de estos años de vida consagrada, mi relación con Jesús fue creciendo, madurando y fortaleciéndose más y más. Él es mi confianza, mi fiel confidente, mi amigo paciente que vive, sostiene y acompaña cada paso misionero. Uno de esos pasos fue iniciar la fundación del Nazaret de Cuba. Un lugar y una misión nueva, distinta, sorprendente, con muchos matices. Llena de vida, de lucha, de esfuerzo, de búsqueda, de solidaridad, de fiesta. Al mismo tiempo, palpar un pueblo sediento del amor de Dios, desconocido para la gran mayoría, pero en busca de nuevos horizontes esperanzadores. Cuba es para mí una escuela donde aprendo lo que significa contar con Dios vivo y presente, cercano, actuante, que con su providencia nos invita a confiar cada vez más en Él, revelándonos su rostro en el acontecer cotidiano, tantas veces sorpresivo y desafiante. Es escuela donde uno aprende a no rendirse, a esforzarse por enaltecer lo pequeño, lo pobre, lo sencillo, aunque nadie caiga en la cuenta, solo el Maestro. Nazaret en Cuba es presencia que remite a Dios, caridad hecha abrazo con el que está más solo y abandonado, una caricia de consuelo y esperanza a todo aquel que sale a nuestro paso. Es presencia que señala la fuente de vida y felicidad que brota de la Eucaristía. Mi sueño en este Año jubilar es que vivamos intensamente la llamada a ser “raíz”. Que este sea el motor que impulse el deseo de vivir con autenticidad, mayor intimidad y agradecimiento el don inmenso de la vocación y de la llamada a la misión de eucaristizar todas las realidades donde estamos, siendo fraternas, acogedoras, alegres y generosas en todo lo que el Señor nos permite vivir y celebrar» (Mª de los Milagros García D’Andrea, m.e.n. Nazaret de Cárdenas, Cuba).

Los pobres nos evangelizan
«Recuerdo que estando en Perú, fuimos de misión a diversos poblados un Padre dominico, una doctora que aprovechando el viaje atendía a los enfermos del lugar, y yo. En una curva muy cerrada se fue el carro hacia atrás y quedó colgado en el abismo, sujeto solo por una piedra. Yo salí del carro y quedé entre la rueda y una piedra, de milagro no me aplastó. Una vez que reaccionamos vimos que necesitábamos ayuda. Bajamos, la doctora y yo, al poblado de donde habíamos partido. La directora del centro escolar se asustó al vernos y rápidamente reunió un grupo para subir a socorrernos. Allí dormimos. Finalmente, al día siguiente llegamos al otro poblado, Vilcabamba, a más de 3.300 metros de altitud. Hacía frío. Era tiempo de helada y en la altura se nota mucho. No había luz eléctrica. Al llegar, ¡qué sorpresa la nuestra! Todo el pueblo nos estaba esperando y lo primero que nos dijeron fue: “Padrecito, celebrarás la Misa para dar gracias a Dios porque no os ha pasado nada”. Era impresionante ver allí a todo el pueblo a la luz de las velas y de unos lamparines. Creo que nunca he vivido una celebración eucarística como aquella. Personas sencillas, que tenían dos celebraciones al año y cómo valoraban la Eucaristía. Fue una llamada especial a renovar mi vocación, a vivir con mayor intensidad cada celebración, a no olvidar nunca que la Eucaristía es la mayor acción de gracias dada al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. De verdad que experimenté, una vez más, que los pobres nos evangelizan» (Julia Mª Abril Maestro, m.e.n. Nazaret de Jaén, España).

Saber leer entre líneas
«Actualmente en la comunidad de Oviedo compartimos andadura con los grupos de la UNER y trabajamos en la unidad pastoral de la zona de Grado. Además de las actividades habituales de catequesis, pastoral de enfermos, formación de adultos, y colaboración en la liturgia, en Cáritas y lo que se ofrezca, llevamos a cabo celebraciones de la Palabra en algunos pueblos donde los sacerdotes no pueden llegar con la frecuencia que quisieran para presidir la Eucaristía. Pequeñas comunidades que esperan con mucha ilusión al Jesús que les habla, y al que pueden recibir, y que siendo el Amigo más importante forma ya parte de sus vidas, ayudándoles en su día a día, formando parte en sus alegrías, ilusiones y también momentos de dificultad. Es muy enriquecedor y nazareno que todas las hermanas que formamos la comunidad podamos asistir de una forma u otra al trabajo pastoral. Porque donde no llega una llega la otra. El mensaje que Jesús Eucaristía nos deja y nos comunica cada día es de esperanza, que no se traduce porque las cosas van a salir como quiero o espero, sino por la certeza de que todo acontecimiento tiene un sentido profundo, independientemente que se catalogue como feliz o triste, fácil o difícil… El secreto es saber leer entre líneas, apasionante aventura, la de vivir de la mano de Dios. Un deseo para Nazaret… Seguir creciendo, en fraternidad, en espiritualidad, en entrega, en ilusión, en capacidad de asombro. No dejar nunca de crecer, y de querer crecer» (Mª Elena Fernández, m.e.n. Nazaret de Oviedo, España).

Aquí estamos, ¡envíanos!
Gracias, Señor, por llamarnos para estar contigo y para enviarnos a la misión, aquí y ahora, en esta realidad que estamos viviendo. Sí, hoy más que nunca renovamos nuestro compromiso misionero. Aquí estamos, Señor, recorriendo pueblos y ciudades, llanuras, montes y valles, surcando cielos y mares. Queremos seguir tus huellas. Contigo, por Ti y como Tú. ¡Aquí estamos, envíanos!

Mª Andrea Chacón Dalinger, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, Nacidas para eucaristizar, San Manuel González, San Manuel González García.

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