Apertura de la puerta santa en la catedral de Palencia

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

¡Dios sigue contando con nosotros!

El 20 de septiembre pasado, la catedral palentina abrió sus puertas de manera nueva. Mons. Manuel Herrero presidió la apertura de la puerta santa quedando, de este modo, solemnemente inaugurado el Jubileo con motivo del centenario de la fundación de las Misioneras Eucarísticas.
Asistieron a la Eucaristía un nutrido grupo de fieles, donde quedó claramente reflejada la variedad de carismas en la Iglesia: religiosas y religiosos de numerosas congregaciones, más de diez sacerdotes concelebrantes, laicos pertenecientes al radio catedralicio y también de otras parroquias, sobre todo de aquellas donde las Nazarenas realizan tareas pastorales. No podían faltar miembros de la UNER de la ciudad y poblaciones aledañas y, también, Misioneras Eucarísticas de Nazaret de las dos comunidades palentinas. También estuvo presente la superiora general de la congregación, Hna. Mª Teresa Castelló Torres, y su vicaria, Hna. Mª del Valle Camino Gago.

«Las puertas del triunfo»
La celebración comenzó fuera de la catedral, con las puertas cerradas y, con la oración del Sr. obispo: «Oh, Dios, origen de la verdadera libertad, que quieres que todos los hombres constituyan un solo pueblo libre de toda esclavitud, y que nos concedes este tiempo jubilar de gracia, concédenos, te rogamos, que, al ver acrecentada su libertad, tu Iglesia aparezca ante el mundo como sacramento universal de salvación, y manifieste y realice ante los hombres el misterio de tu amor».

A continuación, en un momento de especial significación, Mons. Herrero inclinó su báculo episcopal hacia la puerta santa. Esta se abrió y entraron todos los fieles asistentes, precedidos por su pastor, mientras se cantaba el Salmo 117: «Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo», sobre todo en la estrofa en que se alaba a Dios diciendo «abridme las puertas del triunfo y entraré para dar gracias al Señor». Tras haberse abierto la puerta del triunfo de la resurrección del Señor, con gran gozo el pueblo al unísono entró procesionalmente en la catedral, para participar del sacramento de la Eucaristía, aquel que es, fundamentalmente, acción de gracias.

Gratitud y entrega
Durante la homilía, Mons. Herrero agradeció ante todo a los sacerdotes, acólitos, religiosos y fieles su presencia en este acto tan significativo para la diócesis de Palencia y la Iglesia universal. Reflexionando sobre el Evangelio de este domingo –la parábola de los trabajadores de la última hora– admitió que Dios es, muchas veces, desconcertante. No tanto por la actitud de pagar lo mismo a todos los trabajadores sino por el hecho de contar con nosotros, pobres criaturas, para ser activos operarios de su viña, de su plan de salvación. «Podía hacerlo por Él solo –añadió–, pero cuenta con nosotros, ¡confía en nosotros!, incluso sabiendo que a veces no estamos a la altura de las circunstancias. Pero Él sigue contando».

Dios sigue llamando y convocando a la fe, a la vida, dando una vocación dentro de la Iglesia. Es dentro de la Iglesia donde quiso llamar a san Manuel: «llamada a la vida, es verdad, al sacerdocio, pero definitivamente le llamó en Palomares del Río, ante un Sagrario abandonado». De esta llamada se desprende una vida cuyo deseo fundamental fue el de «acompañar a Cristo, eucaristizar la sociedad entera. Y lo hizo no solamente adorándole en la Eucaristía y no solamente sirviendo a Cristo presente en los más pobres de Huelva» sino también llamando a otros para que compartieran su mismo carisma. Es de esta forma como van naciendo las diversas ramas de la actual Familia Eucarística Reparadora.

Dentro de esta obra, recalcó que «por medio de san Manuel Dios también quiso llamar a unas hermanas, Marías Nazarenas, para que fueran Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Hoy es día propicio para agradecer esta llamada confiada que el Señor ha puesto en nosotros, que permite que este mundo, que es la viña del Señor, dé buenos frutos».

Para llevar a cabo esta misión que se nos encomienda como cristianos, D. Manuel indicó que era menester volver los ojos del corazón a Nazaret, porque es allí, junto a la Sagrada Familia, donde se aprende la humildad de María y el silencio de José ante el misterio divino. Solo así, concluyó, podremos acoger a Jesús en medio de nosotros y compartir con Él la vida entera, «hacerlo alguien cercano para nosotros, tal como Él, que ha querido hacerse hermano de cada uno».

A modo de conclusión, y volviendo sobre el pasaje evangélico proclamado, se detuvo en los versículos finales, cuando algunos trabajadores manifiestan su descontento con el dueño de la viña, incapaces de comprender que en Dios la justicia, la gratuidad, la gracia y la misericordia van de la mano. Sin embargo, Dios «valora no tanto los frutos como la disponibilidad del corazón, la buena voluntad. Que trabajemos en la viña del Señor confiando en que es magnánimo y que Él será nuestra paga eterna. Así lo vivió san Manuel y así lo tenemos que vivir todos los cristianos».

Palabras agradecidas
Antes de la bendición final, la superiora general de las Misioneras Eucarísticas agradeció a Mons. Herrero y a toda la diócesis de Palencia su acogida durante estos años de presencia nazarena con las siguientes palabras:

«Leemos en El Obispo del Sagrario abandonado, la más profunda biografía de san Manuel González, escrita por José Campos Giles: «Por las tierras de Castilla iba como un misionero eucarístico. En todas sus visitas pastorales va infiltrando el amor del Sagrario a los mayores y a los niños […] Quiere empapar el alma castellana, tan honrada y tan creyente, de la blancura divina de la Hostia consagrada […] Para irradiar ese fuego eucarístico funda un Nazaret en Palencia, en marzo de 1936» (vol. II, p. 541). He querido traer a la memoria estas palabras para una mayor toma de conciencia de cómo el pasado y el presente se entrelazan dejando unas huellas imborrables. ¡Cuántos acontecimientos históricos evoca una celebración jubilar! Para las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, Palencia es una tesela importante y significativa en el mosaico que el Espíritu ha querido diseñar en la historia de nuestra congregación.

Damos gracias al Señor porque en su Providencia ha trazado que esta Iglesia particular esté directamente comprometida a vivir este jubileo nazareno como un momento de gracia y de renovación espiritual. Este es un tiempo extraordinario para dejarse tocar el corazón.

Mi agradecimiento a D. Manuel Herrero, que con mucho gusto y solicitud acogió la propuesta de que uno de los templos jubilares elegidos para conmemorar el centenario de nuestra fundación fuera esta Catedral de San Antolín. Así mismo expreso mi gratitud al Cabildo por su disponibilidad en esta iniciativa jubilar.

Elevamos nuestra gratitud a san Manuel González por haberse puesto al servicio de la Santa Sede, acogiendo con generosidad y entrega el ser Pastor de la diócesis de Palencia. Así escribió, el 4 de octubre de 1935 en un telegrama, a su hermana Mª Antonia y a su sobrina Mª de la Concepción: «Esta mañana tomé posesión. Ya soy palentino a Dios gracias» (OO.CC. IV, n. 6.515).

La Iglesia vive la comunión de los santos. En la Eucaristía esta comunión actúa como unión espiritual que nos vincula a los creyentes con los santos. Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad (cf. MV 22). En estos días tan llenos de incertidumbre, de perplejidad, de vacilación, de dolor, por la situación que nos está tocando vivir, elevamos nuestra súplica confiada a Jesús Sacramentado, poniendo toda nuestra confianza en Él, que no abandona nunca la obra de sus manos. Que cuantos se acerquen a este templo jubilar, a esta iglesia catedral, se sientan animados a una verdadera compañía y adoración de Jesús en el Sagrario, y a una mayor vivencia personal y comunitaria de la participación en la Misa.

Este tiempo de gracia jubilar, que las Nazarenas estamos conmemorando, ayude a la ciudad de Palencia a crecer en la vida cristiana, a generar una verdadera cultura de la caridad, y a seguir escuchando la invitación que san Manuel quiso dejar junto a su sepulcro en la capilla del Sagrario de esta catedral: «¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!».

El pensamiento se dirige ahora a nuestra Madre Inmaculada, bajo la advocación de la Virgen de la Calle, vuestra patrona. A Ella le confiamos especialmente el pueblo palentino, sus sacerdotes, sus familias, sus comunidades religiosas, sus parroquias, y le pedimos que vuelva sobre todos, como rezamos en la Salve, sus ojos misericordiosos y nos lleve a Jesús.

¡Cuántas personas a quienes debemos nuestro agradecimiento aquí en Palencia! Gracias a los sacerdotes que han concelebrado, a las religiosas, a los miembros de la Familia Eucarística Reparadora, a todos los que habéis querido haceros presentes esta mañana en la apertura de este templo jubilar. Así mismo nuestro reconocimiento a todas las personas que han colaborado y colaboran con nuestras Hermanas y, han hecho posible, con su entrega y dedicación, que el carisma y la obra de nuestro fundador y de nuestra congregación sigan presentes en el aquí y ahora.

Y termino haciendo nuestras unas palabras de san Manuel González y que hoy nos dirige a todos nosotros: «Asomaos cuantas veces paséis por delante de un Sagrario y decid muy quedito, pero con toda el alma: Corazón de mi Jesús que yo me dé cuenta de que estás ahí. Yo os aseguro que el día en que acabéis de daros cuenta de eso, nadie os va a ganar en alegría y felicidad» (OO.CC. I, n. 793)».

Mónica M. Yuan Cordiviola, m.e.n.
Publicado en centenario MEN, El Granito de Arena, La FER en el mundo, Nacidas para eucaristizar, San Manuel González, San Manuel González García.

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