Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (octubre de 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

Hermanado con san Manuel

«El Jesús del Evangelio es el mismo Jesús vivo del Sagrario. Aquí como allí dice y hace lo mismo. ¡Ah! ¡Si esta fe viva en Jesús vivo Sacramentado invadiera y llenara nuestra alma!» (OO.CC. I, n. 900). Estas palabras de san Manuel reflejan el mensaje que Claudio de Castro, a quien entrevistamos este mes, nos transmite con su testimonio. Él nació en Colón, una ciudad costera de Panamá, está casado y tiene cuatro hijos. Es escritor católico, cuyo tema principal es la fe y la presencia viva de Jesús en la Eucaristía.


Estimado Claudio, sabemos que para Ud. el Sagrario es parte de su vida y de su historia personal, ¿le gustaría contarnos un poco más acerca de ello, quién es Jesús Eucaristía para usted?
Estimado Claudio, sabemos que para Ud. el Sagrario es parte de su vida y de su historia personal, ¿le gustaría contarnos un poco más acerca de ello, quién es Jesús Eucaristía para usted?

Jesús Eucaristía es para mí un amigo único, especial. Me encanta visitarlo, sorprenderlo, acompañarlo, consolarlo. Toda mi vida ha estado signada por el Sagrario. De niño, enfrente de mi casa, había una pequeña capilla de las religiosas Siervas de María. Me bastaba asomarme por la ventana y mirar hacia el otro lado de la calle para saludarlo y decirle que le quería.

Me recuerdo de pantalones cortos, camisa blanca y una pequeña corbata color añil, mi uniforme escolar. Antes que llegara el bus escolar solía cruzar la calle para asomarme a la capilla y saludarlo. Me parecía escuchar sus dulces palabras: «Te quiero, Claudio». Y yo le respondía: «Te quiero, Jesús. Gracias por ser mi amigo».

Ya de adulto, arrodillado frente a un Sagrario, una mañana de julio, se me ocurrió preguntar a Jesús: «¿Qué quieres de mí?» Es ese tipo de preguntas que no sabes por qué las haces. Entonces pasó. Me pareció de pronto escuchar en lo más hondo de mi alma estas palabras de urgencia, venidas desde aquel Sagrario: «Escribe, deben saber que los amo».

Aquel insólito momento me dejó perplejo. Salí del oratorio con un propósito, dispuesto a hacer lo que me pedía. Me senté a escribir, aun con ciertas dudas. ¿Lo imaginé? Han transcurrido 15 años y desde entonces no he parado, publicando un libro tras otro. He vivido de la bondad y misericordia de Dios, abandonado en sus manos paternales.

Descubrí lo que es vivir de la Providencia divina. Es maravilloso vivir de esta forma, en el abandono en un Padre bondadoso. Procuro compartir en mis libros y escritos lo que descubro en mi vida diaria y los muchos testimonios que me hacen llegar y me piden que comparta.

Pasaron bastantes años y seguí haciendo lo que se me pidió aquella mañana. Escribía y publicaba muchos libros. Abandoné todas mis actividades empresariales para dedicarme a este oficio, ser escritor para Jesús. No fue nada fácil al principio, pero Él ha sabido calmar mis inquietudes, me ha mostrado el poder de la oración y cuánto le agradan la humildad tan difícil de conquistar y la confianza plena, lo que llamamos: el santo abandono.

Por aquellos años, descubre la vida y obra de san Manuel González, ¿cómo se dio ese encuentro?
De una forma providencial también. Desde niño me duelen los Sagrarios abandonados. Una noche escribí sobre este tema, fue la noche en que busqué información en Internet y, sorprendido, leí estas palabras que aparecieron en el buscador: «El Obispo del Sagrario Abandonado».

Apenas me lo creía. Busqué su nombre: san Manuel González García. Leí su vida, su primer encuentro con un Sagrario abandonado y le conocí. Lo sentí cercano y nos hermanamos. Un sacerdote que pedía limosnas de amor para Jesús en el Sagrario, que pidió ser enterrado cerca de un Sagrario. Esto me estremeció el alma.

Algún día Dios me dará la gracia de visitar sus Sagrarios, aquellos lugares en los que él vivió, conocer el lugar santo donde reposan sus restos mortales y rezar ante ellos, para pedirle que me enseñe a amar y consolar más a Jesús, prisionero de Amor, abandonado, en tantos Sagrarios.

¿Le gustaría compartir con nuestros lectores algún testimonio de encuentro con Jesús Eucaristía, esos que le hacen llegar, según nos cuenta, desde tantos lugares?
Guardo cientos de testimonios, personas desesperadas, cargadas de problemas, golpeadas por la vida, que han acudido a Jesús en el Sagrario y han salido de aquella visita renovados, consolados, con fuerzas para enfrentar la vida y seguir por el camino de la santidad.

Les cuento un caso concreto de un hombre que lo enviaron desahuciado a su casa. Ya nada podían hacer por él. Algo en su interior, inexplicable, lo movió a buscar al divino médico, que cura las almas y los cuerpos. En el camino a casa, débil, con fuerzas apenas para mover sus piernas, le pidió a su esposa que hicieran un alto en el camino y que lo llevara a la capilla más cercana a su casa.

Esta insólita petición los hizo dudar. Al final, la esposa accedió. Y se estacionaron afuera de la capilla. El enfermero lo ayudó a bajar del auto y llegar al pequeño oratorio donde estaba aquel hermoso Sagrario. Sentado y enfermo, habló largo rato con Jesús Sacramentado y antes de marcharse recordó aquel maravilloso encuentro que leyó en su Biblia: «un leproso se acercó a Jesús y se postró ante él, diciendo: “Señor, si quieres puedes limpiarme” Él extendió la mano, le tocó y dijo: “Quiero, queda limpio” Y al instante quedó limpio de su lepra» (Mt 8,1-4). Miró aquel Sagrario y le dijo a Jesús: «Señor, si quieres puedes sanarme, pero si no, igual te serviré el tiempo que me des de vida».

Al día siguiente ocurrió algo extraño. Despertó con fuerzas y con hambre. A su esposa le llamó la atención y le preocupó a su vez. Lo llevó nuevamente al hospital y allí le hicieron todos los exámenes de rigor.

Los médicos, con los resultados en la mano no se lo podían explicar, el cáncer permanecía, pero por algún motivo que escapaba a su comprensión, se había detenido su proceso. Les dijeron que no sabían cuánto podría estar así, pero que mientras tanto viviera su vida y agradeciera a Dios.

Así fue como durante diez años sirvió a la Iglesia como catequista de adultos, hasta que el cáncer reanudó, y partió al cielo. En esos años ayudó con su testimonio a la conversión de muchas personas. Una de ellas la conozco, es la persona que me escribió y me contó su final, lo que pasó en ese tiempo de vida y gracia que Dios le concedió.

¿Cómo cree que podemos ser actualmente misioneros de la Eucaristía?
Cuando empecé a escribir le dije a Jesús: «Yo escribo, Tú toca los corazones». Y lo ha hecho de maravilla. Me encanta porque yo solo escribo, lo verdaderamente importante lo hace Él. Este es para mí un modo de comunicar su presencia. Cada vez que me escriben o me llaman para invitarme de una revista, un canal católico de televisión o una emisora católica de radio y me preguntan el tema del que me gustaría hablar, no lo dudo un instante. Respondo siempre: el Sagrario.

He descubierto con Jesús escondido en el Sagrario, al mejor de los amigos. Me apasiona escribir y hablar sobre Él. No tengo la menor duda de que nos espera a cada uno en el Sagrario. No se cansa de amar y llenarnos con gracias inmerecidas.

Él a todos los cambia, a todos los escucha, ama, consuela y fortalece. Lo compruebo admirado una y otra vez. Si las personas lo supieran, si descubrieran a Jesús vivo en el Sagrario, sus vidas cambiarían para siempre. Si en este momento alguien pasara una seria dificultad y me pidiera un consejo, mi respuesta sería muy simple: “Ve al Sagrario y habla con Jesús”. No lo digo, lo garantizo, Él escucha a todos. Siempre lo hace.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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