Historias de familia (octubre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

«Es necesario trabajar, me ha dicho el Santo Padre». Tercera visita ad limina del obispo Manuel González

El día 4 de octubre de 1932, el obispo de Málaga acompañado por los de Pamplona, Segovia y Zamora, (D. Tomás Muniz de Pablos, D. Luciano Pérez Platero y D. Manuel Arce Ochotorena) partía desde San Sebastián rumbo a Roma. Correspondía este año a los obispos españoles hacer la visita ad limina. La llegada a la ciudad eterna estaba prevista para el día 6 y así fue. Tras un viaje «felicísimo y entretenidísimo», el grupo llegó al Colegio Español en la Piazza del Apollinare en la tarde de ese día. «¡Qué hermosa es siempre Roma!» escribirá a su familia (OO.CC. IV, n. 6047).

Es seguro que D. Manuel no exageraba al decir que el viaje lo hizo sin sentir. Tres de los viajeros habían sido compañeros en el Seminario de Sevilla: el propio D. Manuel, D. Tomás Muniz y su asistente D. Manuel González Macías. Andaluces los tres, y además buenos amigos, es de imaginar que las risas y las bromas no faltarían en aquel viaje, el quinto que D. Manuel González haría a Roma.

Una decisión delicada
Sin embargo, el año 1932 no había sido fácil para D. Manuel. Había dejado Ronda el 29 de julio de aquel año para pasar, como de costumbre, unos días en Elorrio. Ahora, mientras viajaba hacia Roma, es posible que empezara a sospechar que quizá no volvería a la sede de su diócesis. Cuando el 5 de agosto se entrevistó en Madrid con el nuncio, este se mostraba remiso a que volviera a Málaga y solo parecía admitir que siguiera en Ronda.

Esta actitud del nuncio bien podría estar motivada por una carta que se conserva en el Archivo Apostólico Vaticano y que recibió en junio de 1932. Una carta, muy probablemente firmada con nombre falso, y en la que se le advertía de los riesgos que se corría si se organizaba el regreso del obispo de Málaga a la capital de su provincia. Cuando a finales de septiembre volvió a entrevistarse con el nuncio, esta vez en San Sebastián, su actitud no había cambiado, es más, los acontecimientos vividos en agosto en Ronda le habían hecho reafirmarse en su convencimiento y ahora incluso empezaba a considerar que también podría ser perjudicial para la Iglesia patrocinar el que se asentara el obispo de la diócesis en aquella ciudad.

En efecto, el verano de 1932 había sido agitado en España. El 10 de agosto, y como consecuencia de un intento de golpe de estado, que se conocería como la «Sanjurjada», varios de los habituales colaboradores de D. Manuel en Málaga habían sido detenidos por las autoridades. En los días previos, y precisamente en Ronda, una reunión del partido Acción Popular se suspendió a la vista de los incidentes que tuvieron lugar. Uno de los detenidos era un canónigo de Málaga, militante del partido.

La tensión, en el ya complicado escenario de la II República española, había subido tras aquellos acontecimientos. La Santa Sede intentaba con mucha dificultad mantener un equilibrio en sus relaciones con el gobierno de la nación. Devolver a la sede malagueña a su obispo titular podría interpretarse como un acto de autoridad por parte de Roma y enrarecer aún más la situación.

Insistencia del nuncio
D. Manuel había pensado seriamente en pedir dispensa y no hacer la preceptiva visita ad limina, como había hecho el obispo de Almería, D. Bernardo Martínez Noval, pero el nuncio Tedeschini insistió en que no dejara de hacerla. Quién sabe si esta insistencia tenía como fondo su interés porque en Roma le hicieran ver la conveniencia de no volver a Málaga. Por otra parte, en su precaria situación, careciendo de dinero para realizar el viaje, fue providencial, como en tantas ocasiones, un generoso donativo que le llegó desde Asturias, que le permitiría hacerlo.

Finalmente, y con 4.000 pesetas, partió hacia Italia con D. Fernando Díaz de Gelo, que se uniría a la comitiva muy a última hora, cuando D. Santiago Estebanel, un sacerdote que, en su condición de abogado, se estaba encargando de gestionar ante los tribunales españoles las reclamaciones por las pérdidas patrimoniales provocadas por los incidentes de 1931 en Málaga, confirmó que no podría viajar a Roma como en un principio estaba previsto.

La audiencia con Pío XI
En el número del 11 de octubre de 1932 de L’Osservatore Romano, se daba cuenta de las audiencias privadas mantenidas por el santo padre. En la relación aparecía la primera la sostenida con monseñor «Emmanuele Gonzales y Garcia, Vescovo di Malaga». Pío XI había recibido a D. Manuel el día 10 de octubre y él mismo escribirá para El Granito: «encontré al Papa triste, muy triste». Durante la entrevista Pío XI no dejó de preguntarle por las circunstancias de su diócesis. «¡Qué dardos de preguntas de padre ansioso de saber de sus hijos, y qué angustias de respuestas para decir la verdad sin agrandar las heridas!», escribe D. Manuel. Tras la entrevista recuerda que el papa repetía hora tenebrarum, (5/11/1932, n. 600, p. 643). En la carta que escribe desde Roma a su hermana y a su sobrina añade cómo también repetía ¡povera Spagna!» (OO.CC. IV, n. 6048).

Qué distinta esta conversación de las dos anteriores que había sostenido el obispo de Málaga con el pontífice, aquellas llenas de planes de futuro, y estas por el contrario de escenas de desolación. Pero ante este tristísimo panorama, la respuesta de Pío XI es clara y positiva: «Es necesario trabajar, me ha dicho el Santo Padre repetidas veces, es necesario trabajar sobre todo en la instrucción religiosa… los enemigos han trabajado mucho». D. Manuel reflexionará sobre esta respuesta y cuando el 23 de octubre, todavía en Roma, redacta la Instrucción pastoral «La visita al Papa y el encargo del Papa» escribirá a los fieles de Málaga: «En esta hora, que el Papa llama hora tenebrarum, porque las tormentas y la tempestad arrasaron muchas de nuestras cosechas, no hay que ponerla más tenebrosa con nuestros pesimismos y desalientos, sino que hay que trocarla en hora de esperanza; no en hora de atardecer sombrío, sino de amanecer risueño ¿Cómo? Sembrando trabajo» (idem, p. 644).

Estancia en Roma
D. Manuel tenía previsto dejar Roma poco después de la audiencia, el día 12 de octubre, pero por alguna razón su estancia en Roma se prolongó. El día 19 escribía a su familia explicando que todavía se encontraba en Roma, «con algunas cosillas más que hacer aquí y lo obscuro de ahí me van alargando la estancia». Será en esta carta donde por vez primera sugiere la idea de establecerse en Madrid (OO.CC. IV, n. 6053). Es muy posible que, en estos días, D. Manuel pudiera conocer, quizá en su reunión con el cardenal Pacelli, que era en aquel momento Secretario de Estado, cuál era la postura de la Santa Sede con relación a su situación como obispo de Málaga. Quizá el episodio que narra Campos Giles en la biografía de san Manuel, sobre cómo pidió luces al Sagrado Corazón ante la incertidumbre de cuál sería su lugar de residencia, tuviera lugar en aquellos días en el Colegio Español en Roma (cf. «La respuesta del Amo» en El Obispo del Sagrario Abandonado, II, pp. 456-457).

No hay que olvidar que, en aquellos momentos, el cardenal Pedro Segura, tras haber sido expulsado de España, se encontraba en Roma, una circunstancia que ya suponía un problema para las relaciones entre la Iglesia y el gobierno de la II República. Algunos pensaron que D. Manuel seguiría la misma suerte que el cardenal primado y no regresaría a España.

De la Ciudad Eterna a Turín
La prolongación de su estancia en Roma dio lugar a que pudiera reunirse con otras personas, entre ellas el cardenal Segura y algunas religiosas, acudir a San Pantaleón, la casa generalicia de los escolapios, y un día recibir la visita del general de la Compañía de Jesús el padre Wlodimir Ledóchowski, para agradecerle que durante los incidentes de mayo de 1931, velando por la seguridad de los alumnos del colegio de los jesuitas en Málaga, rechazara alojarse en la finca «La Cerda», propiedad de la familia Krauel, dado que allí estaban acogidos sus estudiantes.

El 24 de octubre D. Manuel dejaba Roma para dirigirse a Turín, muy contento de emprender el regreso a España, pero muy feliz también porque en el trayecto iba a poder reunirse con un viejo amigo, uno de los concelebrantes de su primera Misa, que ahora sucedía a Don Bosco en la dirección de los Salesianos: D. Pedro Ricaldone.

Dos salesianos españoles salieron a recibirle a la estación. Con mucha alegría se reunió con D. Pedro y ¡con cuánta devoción visitaría después con él los lugares de Don Bosco! Pudo incluso celebrar la Misa en la que fuera su habitación y usar una de sus casullas. Juntos revivirían los días alegres de la Trinidad en Sevilla y los almuerzos que la madre de D. Manuel, Doña Antonia, preparaba para aquellos jóvenes salesianos. No pudo declinar la hospitalidad de aquel buen amigo y decidió quedarse en Turín unos días, que aprovechó para visitar el noviciado de los Jesuitas cercano a esa capital y la «Piccola Casa» del entonces beato Giuseppe Cottolengo (OO.CC. IV, nn. 6056-6057). El día 30 de octubre siguió su viaje y partió hacia Barcelona, donde ya había convenido alojarse en la residencia de los Salesianos en Sarriá. En su ánimo tras esta visita, y a pesar de los augurios, no había tristeza sino confianza en Dios, el propósito de «vivir al día y dejar lo de mañana y pasado a Él».

Aurora Mª López Medina
In memoriam de Pilar Sánchez Gata,antigua alumna de los Salesianos de la Trinidad, que nos ha dejado el 11 de septiembre. Que María Auxiliadora la acoja bajo su manto
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia.

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