Con mirada eucarística (septiembre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2020.

San Pedro y san Pablo

El pasado 29 de junio hemos celebrado una vez más la festividad de san Pedro y san Pablo. Hemos ido a Misa. En la iglesia estamos apenas media docena de personas, todas con nuestras mascarillas puestas. Antes había más gente; aunque antes tampoco existía el coronavirus. El sacerdote nos recuerda la importancia de estos dos santos, pilares del Cristianismo.

Sobre el templo, prácticamente vacío, puede escucharse un rumor de alas, de hoy y de siempre, en forma de mensaje confundido en la vidriera del sol de la tarde a punto de desaparecer. A este sitio hemos acudido fielmente, a las ocho en punto de la tarde, casi todos los días de este extraño verano. Nos miramos asombrados los unos a los otros, somos viejos conocidos, y en el saludo, sin decirnos nada, nos preguntamos mutuamente: ¿Cuándo?

Hermanos de la esperanza
Pero el mensaje no se hace ninguna pregunta, simplemente afirma. Es posible escucharlo con tan solo girar la puerta hacia el sitio de la espera. Pedro y Pablo tuvieron sin duda visiones diferentes sobre el mundo y la realidad que les tocó vivir en su tiempo, es posible incluso que llegaran a la discrepancia y el enfrentamiento, aunque había algo que los unía por encima de todo y los hacía semejantes, hermanos, idénticos: la esperanza en Cristo.

Y Cristo es todo amor. No sabemos si de esta crisis individual y social, que estamos padeciendo, aprenderemos algo; no obstante, nos gustaría que, a pesar de tener oídos diferentes, prestáramos atención a esa misma voz para todos: la voz de la vidriera que nos invita a visitar los lugares del poniente, donde la existencia tiene todo el color de la infinitud, donde la circunstancia se convierte en esencia permanente. Desde allí es posible la construcción de un mundo más solidario, de abocar el alma a la necesidad del otro, desde allí es posible valorar cómo la misma sangre nos recorre a los humanos por las venas. Allí todos somos hermanos de la esperanza.

La otra realidad
Ya estamos en septiembre, el mes en el que comienza el nuevo curso, curso en el que intentaremos hacer realidad nuestros proyectos. Cada cual tenemos el nuestro. Algunos de esos proyectos serán difíciles de cumplir o serán diferentes a los planificados, o nos los cambiarán las propias circunstancias inciertas. El horizonte parece bastante oscuro y poco despejado. Imaginamos tiempos difíciles, de escasez, de penuria, de sufrimiento, de dolor. La imaginación, esa loca de la casa.

Incluso podemos negar la realidad. Pedro, la piedra, el fuerte, le había prometido al Maestro que no lo abandonaría nunca, que, si fuera necesario, estaría dispuesto a dar la vida por Él. En una madrugada aciaga, cuando el miedo a lo desconocido e impensado, el miedo a la destrucción, se apodera del ser, el fuerte se convierte en el ser más débil y no una sola vez, sino hasta tres veces, negó la realidad del conocimiento de Cristo.

O podemos ignorar la realidad, despreciarla, incluso intentar aniquilarla, sin esforzarnos por entenderla o simplemente tolerarla. Pablo negaba la realidad de Cristo. Era un importantísimo fariseo judío que no admitía más verdad que la suya, sin preocuparle que los otros, los demás, los cristianos pudieran tener alguna posibilidad de existencia. Así que se puso a perseguirlos, espada en mano, hasta aniquilarlos. Toda su importancia, su fanatismo, su ceguera se cayeron con él de su caballo cuando iba camino de Damasco.

Se fueron a Roma a predicar la noticia con la palabra y el ejemplo. Finalmente, más tarde, los dos, Pedro y Pablo, en esa Roma imperial, ambos entregaron su vida por la causa de Jesús de Nazaret, el carpintero que los había juntado en la causa de la gran esperanza para el mundo. Para el mundo y para ellos.

Un rayo de luna
Cristo es nuestra causa con todos los valores que Él representa y a los que nos invita y nos empuja. Nada tiene importancia si Él no está presente. Algo nos dice que la Humanidad está mirando hacia la perspectiva de la autenticidad en estos tiempos del disimulo, de la hipocresía, de la verdad oficial.

Pedro era todo corazón, sentimiento potente que llevaba al Hijo de Dios en sus entrañas abiertas de par en par. No le preocupaba contradecir al Maestro porque sus palabras brotaban de la sinceridad de quien ama, hasta tal punto que Jesús lo comparó con el mismo Satanás. Pero a él no le importaba. No solo se conformaba con que le lavara sus pies, podría, si a Él le apetecía, lavarle el cuerpo entero. Y se atrevía a decir lo que nadie sospechaba: Tú eres el Hijo de Dios. Buscar de adentro hacia afuera, no es mal camino para encontrase con la Verdad.

Pablo no conoció directamente a Jesús como Pedro. Su descubrimiento fue consecuencia del raciocinio, de la lógica. Encontró que el amor es el motor de la vida y que la resurrección es la palanca que lo mueve. Pedro sentía, Pablo pensaba. Tampoco es mal camino el que va de afuera hacia adentro. Y se fue al Areópago y allí debatió con todos los filósofos sobre la causa de la esperanza en Cristo, y viajó, y escribió, y debió de convencer a mucha gente, pues la Palabra era para todos, es para todos, es universal.

O se es platónico como Pedro, como Agustín de Hipona; o se es aristotélico, como Pablo, como Tomás de Aquino. Todo conduce a la misma meta. «Nos hiciste, Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti», decía san Agustín. «Acuda la fe en ayuda de la incapacidad de la razón», afirmaba Santo Tomás. Todo confluye en la alegría de la esperanza en Dios: Vale más la sonrisa de un rayo de luna que toda la hojarasca de un incendio.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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