Cordialmente, una carta para ti (septiembre 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2020.

El río y la arena

Apreciado lector: Hace ya muchos años leí un precioso cuento árabe que ahora, con motivo de esta horrible pandemia, acudió a mi memoria. Pero han pasado tantos años desde entonces que no recuerdo su título, aunque muy bien pudiera ser el mismo que encabeza esta carta… Lo que sí recuerdo perfectamente es el contenido del cuento, al igual que el valioso mensaje que regala a quien lo lea o lo escuche. Deseo sinceramente que sea de tu agrado y que sepas aprovechar las enseñanzas que transmite… Vamos allá.
En lo más alto de una montaña había un manantial de agua fresca y cristalina. Tanta agua manaba que se formó un arroyo, el cual comenzó a deslizarse por la ladera de la montaña. Y como el agua no paraba de manar, el arroyo iba creciendo y creciendo, arrastrando cuanto encontraba a su paso. Arrastraba arbustos, matorrales, piedras, etc… La prolongada pendiente de aquella montaña le ayudaba a ganar fuerzas a medida que iba descendiendo.

Su mayor ilusión
Por tal razón, estimado lector, el arroyo alcanzó muy pronto la base de la montaña y comenzó a correr por la extensa llanura que allí había. Sus aguas ya no tenían la fuerza de antes, pero se habían convertido en un auténtico río que lentamente avanzaba hacia el mar… Llegar al mar, verlo y fundirse con él en un gran abrazo era su mayor ilusión.

Las aguas de nuestro río seguían avanzando alegremente por la extensa llanura hasta que, de pronto, se encontraron con las primeras arenas de un inmenso desierto. Al principio, recordando su poderío de la montaña, trataron de abrirse paso y seguir su camino, pero enseguida se dieron cuenta de que era inútil. Las aguas no podían avanzar debido a la enorme cantidad de arena. Nuestro río comenzó a desfallecer. Comprendía que aquel desierto era para él un obstáculo insalvable, una adversidad que no podría superar. Presentía que había llegado su final y que nunca llegaría al mar, el mayor de sus sueños y su más preciada ilusión.

Fue entonces cuando empezó a soplar el viento y la arena le susurra al río: «El viento cruza el desierto». Nuestro río se quedó sorprendido: «El viento puede volar –pensó– y cruzar el desierto, pero yo no puedo hacerlo; yo no puedo volar». Adivinando su pensamiento, le dice la arena: «Tú puedes hacerlo, si dejas que el viento te lleve». «¿Llevarme?, ¿cómo podrá llevarme?», preguntó el río. «Muy fácil –respondió la arena–, haz que tus aguas se extiendan sobre mí y que permanezcan así el mayor tiempo posible. El poderoso sol hará que el agua se evapore, que se transforme en vapor y se convierta en una nube. Luego el viento se encargará de llevarla al otro extremo del desierto».

Convertirse para sobrevivir
Y así lo hizo el río. Dejó de ser él para transformarse en vapor de agua, en una gran nube. El viento sopló con fuerza y llevó la nube sobre una lejana montaña, situada al otro extremo del desierto y próxima al mar. La nube descargó infinitas gotas de agua que pronto dieron lugar a un arroyo, el cual se convirtió en un río Así fue, apreciado lector, cómo sus aguas llegaron al mar y se fundieron con él en el más fuerte de los abrazos.

Pues bien, al igual que el río tuvo que transformarse para superar el obstáculo que encontró en su camino, así también nosotros debemos cambiar en muchas cosas para tratar de sobrevivir en situaciones difíciles, como la que ahora nos está tocando vivir. Tenemos que adaptarnos a lo que está ocurriendo, a nuevas costumbres y nuevos hábitos, como tener que ponernos una incómoda mascarilla. ¡Hay que sobrevivir! Por otra parte, y siguiendo el ejemplo del río, debemos elevarnos sobre las dificultades, tratando de perfeccionarnos. Si tenemos que cambiar, aprovechemos la ocasión y procuremos que sea para mejorar, para perfeccionarnos. Esto es lo meritorio y lo inteligente. Cierto, amigo lector, que entraña esfuerzos y sacrificios. Puede que nos fallen las fuerzas para adaptarnos a tantos cambios; puede que nos invada el desánimo o el miedo al contagio. Cuando esto ocurra no debemos desesperar, sino que hemos de acudir a Jesús Eucaristía, porque su ayuda nos será necesaria para seguir adelante. Debemos ir a Él; pedirle que nos ayude, pero también debemos escucharle. En las actuales circunstancias, cuando una horrible pandemia amenaza nuestras vidas, hay que ir a Jesús para pedirle y para escucharle. Bien claro lo decía nuestro san Manuel: «En el Sagrario hay tiempo de hablar y tiempo de callar. Hablad cuanto queráis; pero después callad cuanto podáis; en silencio exterior e interior esperad; ya recibiréis la respuesta… ya oiréis» (OO.CC. I, n. 493). Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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