Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2020.

«El diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar.
Resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8-9)

Afirma san Manuel González: «Sin la gracia sobrenatural esa invitación ¡ser como Dios! sería un absurdo o un grito de rebeldía como el de Luzbel en el cielo; con ella el hombre, sin miedo a presunciones diabólicas ni a ensueños de loco, con la seguridad del que cuenta con lo que desea, tiene el derecho de poner en su corazón y en su boca la misma aspiración y el mismo grito de Luzbel pero infinitamente superado: «Seré como Dios»… Como Él, bueno, santo, bello, inteligente, independiente, perfecto… es decir: ¡Seré Dios!» (OO.CC. III, n. 3922).

La vida cristiana es un combate permanente. Cada día hemos de elegir: el bien o el mal, la verdad o la mentira, la luz o las tinieblas, el amor o el odio, la libertad o la esclavitud. El tentador está siempre al acecho. Las tentaciones son constantes. El mismo Jesús las padeció a lo largo de su vida, en especial, después de los 40 días que pasó en el desierto, ayunando día y noche: «Al fin sintió hambre» (Mt 4,2).

Si Jesús se hizo en todo (¡sí, en todo!) igual a nosotros, menos en el pecado, ese «en todo» incluye la tentación. Es aleccionador contemplar en esa escena de las tentaciones cómo Jesús no dialoga con el diablo. No. A cada tentación responde con la Palabra de Dios. La Palabra permanece para siempre. Ella es la verdad que el Señor ha revelado a su pueblo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

El combate no lo libramos solos. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad (cf. Rm 8,26). El Espíritu Santo nos da la fuerza, la valentía, la sabiduría y el entendimiento oportuno para resistir en las tentaciones del diablo y para anunciar el Evangelio «a tiempo y a destiempo» (1Cor 9,16), ¡siempre! En es combate contra el maligno hemos de ser diestros soldados de Cristo, bien entrenados en el manejo de las armas de Dios, las armas de la luz: «Tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas» (Ef 6,13).

La fe, la esperanza, el amor; la oración, la Palabra, la Eucaristía; la invocación constante al Espíritu Santo; la vigilancia, la súplica continua, la intercesión de todos los santos… son las armas del buen soldado de Cristo: «Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno» (Ef 6,16).

Entre esas «armas de la luz» está también la adoración eucarística, donde pasar largos ratos con el Amado, dándole gracias y bendiciéndole, prolongando la Eucaristía, dejándonos mirar por Él, permitiéndole que nos inunde con su luz: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Pasemos horas delante del Sagrario, adorando esa presencia real y sacramental de Cristo vivo, para que Él nos enamore y nos seduzca más y más.

Oración inicial
Oh buen Jesús, divino pastor, pan de vida, venimos ante tu presencia eucarística para dejarnos iluminar por ti en nuestras decisiones, siguiendo la voluntad del Padre; para dejarnos transformar por tu amor y cumplamos la misión que nos pides en la iglesia y en el mundo; y para que rechacemos con firmeza los engaños y trampas del maligno que, como león rugiente, quiere devorarnos, llevarnos a su terreno, atraparnos en su mundanidad. ¡Auméntanos la fe para que te sigamos a ti, Dios y hombre verdadero, único Salvador de la Humanidad. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Escuchemos la Palabra
1Pe 5,6-9.

Meditación de esta Palabra
Humildad: Es la puerta para entrar en la fe, en diálogo con Dios. Es virtud imprescindible para orar, imitando al publicano de la parábola (Lc 18,9-14) que, en el último lugar, con la cabeza agachada, golpeándose el pecho, solo decía «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13).

Agobio: Es situación anímica que, tarde o temprano, todos atravesamos. En ese estado, en la adoración eucarística, descargamos el agobio ante quien nos puede consolar: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Sobrios: En esta sociedad del consumismo, el despilfarro, los gastos inútiles, la dependencia del dinero, el Señor nos llama a la sobriedad. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Cuanto más ligeros de equipaje vayamos, más libres seremos. Solo en Cristo pondremos el corazón: «Haceos tesoros en el Cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roben» (Mt 6,20).

Diablo: «Es un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica quien se niega a reconocer su existencia» (Pablo VI, Catequesis, 15/11/1972). El mal existe porque existe el Malo, Satanás. Es un ser personal que nos acosa. «Jesús nos enseña a pedir cotidianamente esa liberación» (GE 160).

Fe: Es don, gracia, acción del Espíritu, que brota del encuentro con Jesucristo, que nos conduce al Padre, nos llama amigos, nos constituye, por el Bautismo, hijos adoptivos en Él, el Hijo amado.

Señor Jesús, tú eres nuestra victoria
Señor Jesús, pacificador y libertador,
gracias por hacerte en todo igual a nosotros,
menos en el pecado.

Gracias porque te humanaste,
de tal manera y en tal medida
que probaste las trampas de las tentaciones,
que te dejaste tentar por el diablo en el desierto,
para rescatarnos a todos del dominio del maligno.

Gracias porque asumiste con total encarnación
nuestra naturaleza caída,
cargando con los pecados de toda la Humanidad,
para destruir el pecado y la muerte.

Gracias, Jesucristo, porque tú eres nuestra victoria;
en ti y contigo hemos vencido.
Habitando en nosotros,
dejándote actuar en todo nuestro ser,
sales en nuestra defensa,
puesto que tú eres nuestra fortaleza;
en nuestro interior te has hecho torre
frente al enemigo;
te has constituido en la piedra angular
del edificio de la Iglesia;
nos has garantizado la victoria eclesial:
«El poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18).

Bendito seas, Salvador y Mesías,
porque podemos refugiarnos
en tu castillo interior,
porque eres el médico que cura nuestras heridas,
porque nos introduces en el misterio
de tu muerte y resurrección en cada Eucaristía.

Bendito seas, buen pastor,
porque, aunque caminemos por cañadas oscuras,
tú vas con nosotros;
tu vara y tu cayado (¡la cruz!) nos sosiegan.

Gracias, porque nos sientas en esperanza
y donde estás tú, a la derecha del Padre,
esperamos llegar nosotros, con la fuerza de tu
Espíritu, sin ceder nunca ante el enemigo. Gracias.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.