Primera escultura de san Manuel en Valencia

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2020.

Era de justicia que la imagen
de san Manuel estuviera en nuestro templo

El domingo del Corpus bendecíamos la imagen de san Manuel González en la Eucaristía que quisimos fuera también la del fin del curso pastoral. La intención era haberlo hecho el 3 de mayo en el inicio del Año jubilar de la celebración de los cien años de existencia de las hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret, pero las circunstancias, de sobra conocidas, lo impidieron y la providencia ha permitido que haya podido realizarse en una fiesta que conjuga los dos aspectos de la espiritualidad eucarística de san Manuel: la presencia real de Cristo en la Eucaristía y el día nacional de la caridad.

Estas fueron las dos ramas de un mismo amor a Jesucristo, presente en la Eucaristía y en sus humildes hermanos. Podríamos añadir que hubo un tercer y cuarto amor en su vida: la presencia de Cristo en los sacerdotes y en el pueblo de Dios, con ese acento tan característico suyo de enseñar la catequesis a los niños.

Mi acercamiento a la figura de san Manuel pasó por el regalo que han sido las MEN para esta parroquia–colegiata de San Bartolomé de Valencia. Confieso que cuando llegué a la parroquia algo había oído hablar de ellas y nada conocía de aquel a cuyo acto de canonización tuve la dicha de asistir.

Más de medio siglo
Pronto hará 18 años de mi servicio pastoral en esta comunidad cristiana. Las hermanas llevan muchos más en Valencia y calculo que más de 50 años en esta parroquia, en la que tienen su comunidad en el edificio pegado a nuestro templo. Durante estos años, muchas hermanas han pasado por aquí: postulantes, junioras, profesas. He conocido a cuatro superioras de la comunidad, así como la estrecha vinculación a la parroquia y los múltiples servicios prestados en ella durante estos años. En sus comienzos se hicieron cargo de la guardería parroquial y a lo largo de los años han prestado su valiosísima aportación en la catequesis de niños, juniors, confirmación, juveniles, el grupo de la pastoral vocacional, pastoral de la salud, grupo de misiones y el servicio de llevar la comunión a los enfermos, entre otros. Su presencia y apostolado han servido para que esta comunidad haya ido creciendo en el amor a Cristo, tanto en su presencia en la celebración de la Eucaristía como también en su presencia, con demasiada frecuencia abandonada, en el Sagrario.

Era de justicia, pues, que la imagen de san Manuel González estuviera presente en nuestro templo recordándonos dos cosas: nuestra deuda de gratitud con las hermanas de la congregación que él fundó y, sobre todo, la presencia de Jesús Eucaristía. Así lo quiere expresar el lugar donde lo hemos colocado, en la capilla de la Comunión, señalando con su mano izquierda el Sagrario. De este modo, se cumple también su última voluntad: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús!, ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

De la mano de las hermanas hemos llegado a conocer a san Manuel, su profundo amor a la Eucaristía, su dolor ante el poco caso que los católicos hacemos a Jesús, que él veía abandonado en el Sagrario, su empeño en hacernos conscientes de que el mismo Jesús que vemos hablar, sentir, actuar y amar en los Evangelios es el que está vivo en el Sagrario para seguir haciendo ahora lo que hizo entonces.

San Manuel, desde su identificación con Cristo Eucaristía experimentó y cuidó con la misma intensidad su presencia en los pobres, lección que no deja de transmitirnos cuando contemplamos en el Sagrario al que «me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20), en palabras de san Pablo, y a Aquel que dijo: «lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Cada día me impresiona más lo poco conscientes que somos la mayoría de los católicos sobre la realidad de la presencia de Jesús en el Sagrario. Pero sobre todo me impresiona cómo Jesús sigue mirándonos desde él con ternura y con un cariño inmenso, con ese amor gratuito, que cobra toda su belleza cuando ve que pasamos de Él. Confieso que en mis momentos de oración, últimamente, solo le pido que me enseñe a amar así, también a los que pasan de mí, no me corresponden como quisiera, o incluso les soy indiferente o tienen algo que reprocharme. Y también me lleva a sentir, y desear para mí, la conmovedora humildad de nuestro Dios, que tan bien supo expresar otro santo obispo de nuestra diócesis de Valencia, san Juan de Ribera, desde su amor profundo a la Eucaristía, cuando nos dejó escritas estas palabras que pone en boca del Señor: «Después de esto qué más puedo hacer por ti, hijo mío». Ciertamente el Hijo de Dios no solo se despojó de su gloria divina, no solo se anonadó haciéndose uno de tantos, no solo se humilló aceptando por nosotros una muerte ignominiosa, sino que ahora, para quedarse entre nosotros, elige esta realidad insignificante de un pequeño pedazo de pan sin levadura. ¡Cómo no expresar ante el Sagrario el deseo de que Jesús nos contagie también su maravillosa humildad, fuente auténtica de paz y de verdadera y permanente alegría!

La Eucaristía en la que se bendijo la imagen de san Manuel fue sencilla, con gran participación de fieles, emotiva, con la alegría contenida, por la situación excepcional que estamos viviendo. Además de la comunidad de Misioneras Eucarísticas, asistieron los miembros de la UNER de Valencia, con su presidenta, y los miembros del Consejo de pastoral, junto con el Cabildo de la Colegiata. De los cantos se encargaron las hermanas, que supieron compaginar la belleza de los mismos con el servicio a la liturgia que se estaba celebrando. Tras la bendición de la imagen, estuvimos un breve tiempo de oración ante el Santísimo, y después de la bendición y reserva del mismo trasladamos la imagen a su lugar en la capilla de la Comunión.

Impresiones del autor
La imagen ha sido realizada en un taller de La Palma del Condado, provincia de Huelva, cerca de Sevilla. De allí han salido otras muchas imágenes manuelinas esparcidas por la geografía española. El comentario del autor, al decirle que había gustado mucho la imagen fue: «¡No sabe usted cuánto me alegra! De todos los que tengo hechos, quizás sea este el más personal y artístico. Me he tomado la libertad de jugar con las texturas y eso le saca una mayor expresividad a la expresión del conjunto y del rostro».

El Señor conceda a nuestra comunidad que la imagen de san Manuel, como su lengua y su pluma en vida, estén «siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí esta Jesús!, ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

David Santapau, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, San Manuel González, San Manuel González García.

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