Con mirada eucarística (julio-agosto 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2020.

Verano, tiempo de adviento

En esta nuestra soledad acompañada, desde nuestro confinamiento por causa de un ser tan minúsculo conocido como coronavirus, muchos son los sentimientos que acuden y reposan en el interior del alma, sobre todo, los que aparecen y se recrean en palabras tales como esperanza, gracias, amor, Dios…

Es cierto que el Adviento es un tiempo litúrgico que antecede al nacimiento del Niño Dios, tiempo de espera. Aunque, si bien se piensa, la vida se instala precisamente como tal en el punto que tuerce hacia la esperanza. Vivir es esperar a partir de lo sucedido. Siempre estamos deseando que el futuro se convierta en nuestro pasado arrepentido.

Nuestro pasado reciente, y el que todavía queda por ocurrir, está siendo bastante duro. Muchas semanas de confinamiento, privación de las libertades más comunes, ausente la posibilidad para la cercanía y el abrazo necesario para con nuestros seres queridos. Y lo que es más grave todavía, la muerte en soledad sin la compañía solidaria de una lágrima. La distancia se convierte en dolor. Y el dolor se hace sufrimiento de naturaleza a veces insoportable.

No perder la compostura
Sin embargo, ante tales circunstancias no debemos perder la compostura, compostura que consiste sustancialmente en actuar con la dignidad que conviene al ser humano. El futuro se construye a partir de un pasado digno. Es cuando lo mejor de nosotros emerge con mesura y discreción, poniendo temple ante la aparición del desastre, apartando la niebla para que aparezca el paisaje, mirando al otro como un ser valioso.

Nos quedamos con los sanitarios que, a pesar de todo, no cejan en su afán de curar al enfermo y desvalido, nos alineamos con tantos voluntarios que procuran un poco de alimento a quienes no tienen nada que llevarse a la boca, nos instalamos en el sonido de las campanas que tañen a oración. «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis en vuestras casas, anduve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y fuisteis a visitarme, estuve en la cárcel y fuisteis a verme» (Mt 25,35-45). Desde esta dignidad humana, ciertamente acaecida, tenemos que proyectar el porvenir, más aún: que cuanto venga sea superior a cuanto ha sido.

Mostrar conformidad
Si, como decía Cicerón, la historia es maestra de la vida, nunca olvidemos nuestra propia historia, la buena y la mala, para aprender tanto de la una como de la otra a hacer más pacífica nuestra existencia. El pasado es inamovible, es inalterable, pero aprovechemos nuestra posibilidad de aprendizaje para no repetirlo en lo que tuvo más de desastroso y condenable. Aprendamos a hacer que nuestro futuro sea un pasado corregido.

Mostrar conformidad es aceptar nuestro propio pasado a partir del propósito de enmienda que nos orienta hacia un futuro en paz. Conformarse no es resignarse, sino sentirse y actuar en paz. Siempre el Maestro de Nazaret, cuando se presentaba ante los suyos, antes de empezar a hablar, los saludaba con las mismas palabras: «Paz a vosotros». Especialmente les deseó la paz una vez que, muerto en la cruz, sus discípulos, desconocedores de la resurrección, andaban perdidos en la zozobra, en el desánimo y el desasosiego por el mañana sin esperanza. Estaban escondidos, asustados, huidos, resquebrajados, sin ánimos. Con ese saludo de paz les devolvió el sentido de su existencia. Él es el mismo de antes, es la paz del Resucitado, es el despeje grandioso de la incógnita del futuro incierto, es la superación de la mayor de las incertidumbres: la superación de la propia finitud.

Conformidad es actuar desde la paz de Dios, contar con Dios. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios» (Mt 5,9). Es tanto como decir que somos parte de Dios, que en nosotros habita su naturaleza divina, que somos no solo mensajeros, sino también los constructores del mejor de los mundos posibles: un mundo en paz conforme a la voluntad de Dios.

Tener confianza
El camino de la vida progresa hasta la meta final. En este itinerario vamos cumpliendo etapas que, a pesar de la ilusión de considerarlas definitivas, tienen todas ellas la caducidad del instante. Vivir es un instante de secuencias. No entendemos. Nos hacemos preguntas y no encontramos la respuesta. El porqué de lo acontecido excede a los planteamientos de la lógica. ¿Cuándo será otra vez la época de la normalidad, del estado deseado, del pasado aprendido? Y, entretanto, nos sentimos viajeros desvalidos, necesitados de apoyarnos en un cayado que va más allá de la razón.

¿En quién o qué confiar para superar nuestra crisis? Y otra vez la vista puesta en un horizonte de llegada para, una vez llegados, ponernos otra vez a caminar. En cualquier momento de nuestra existencia constatamos, tomando prestadas las palabras de Neruda, que «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Y volviendo de nuevo a ser los mismos, estamos condenados de nuevo a cambiar, y así permanentemente. Pero hay algo que permanece inalterable: es nuestra petición de ayuda. Somos ininterrumpidos pedigüeños de auxilio. Pedimos esperanza. Vamos con mucho miedo.

«Se le acercaron los discípulos y lo despertaron, diciéndole: Ayúdanos, Señor, que nos hundimos. Jesús les dijo: Gente de poca fe, ¿por qué tenéis miedo?» (Mt 8,25-26). El miedo es una especie de anteojera que nos impide ver más allá, donde el camino se hace rellano para todos, el miedo es el usurpador de cualquier expectativa, el miedo es la parálisis vital. Ya no seremos los mismos, nuestro futuro será el pasado corregido por el amor.

Compostura, conformidad, confianza, tres palabras para el adviento de la vida, para la esperanza: componerse con Dios, conformarse con Dios, confiarse con Dios. No estamos solos, estamos «con». Verano, tiempo de adviento, tiempo de esperanza.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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