Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2020.

«Sabemos que a los que aman a Dios
todo les sirve para el bien» (Rm 8,28)

Afirma san Manuel González: «Quién sabe si en los designios de Dios no entra que el mundo llegue aun a sus postrimerías. Esa hora de locura y de cegueras que lo envuelve hoy, pasará, y el ruido ensordecedor de las bombas cesará, los combatientes sentirán hambre de descanso y de paz, y entonces, en esa hora de silencio y de buen juicio que la providencia de Dios impondrá, surgirá de entre las ruinas de los templos por ellos mismos demolidos o abandonados la voz reposada, serena, sencilla, solemne, iluminadora y santificadora que sigue anunciando el Evangelio y la Eucaristía de nuestro Señor Jesucristo… Ciertamente ni la Iglesia ni la historia se sobrecogerían de sorpresa. ¡Tantas veces se han presenciado esas vueltas!» (OO.CC. III, 4784).


Nada sucede por casualidad. Tampoco el drama de esta pandemia del coronavirus que se ha llevado tantas vidas por delante: «Sabemos que a los que aman Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28).

Dios lo sabe todo, lo penetra todo, lo inunda todo con su amor: «Dios es amor» (1Jn 4,16). Hasta lo más terrible, como la guerra, el hambre, la peste o la muerte de seres queridos puede ser contemplado como pascua, es decir como paso de Dios. Paso luminoso, de enseñanza y de abandono en sus manos, como Jesús en la cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). San Manuel González cuenta en sus obras multitud de acontecimientos, anécdotas y encuentros con personas donde la providencia divina se manifestó de manera prodigiosa.

Dice el Catecismo de la Iglesia: «Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección» (n. 302). La Sagrada Escritura nos enseña cómo la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; cómo el Señor cuida desde los pequeños detalles (hasta un pelo de nuestro cabello sabe cuando cae), hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia.

Como san Manuel González, hemos de pedir mucha fe, ¡mucha!, para ver –con ojos de fe– la presencia de Dios en todo lo que acontece: «Dios actúa en las obras de sus criaturas» (CIC 308). Actúa creándonos a su imagen y semejanza, dándonos la dignidad de actuar por nosotros mismos, capacitándonos para que seamos causa y principio de otras muchas iniciativas y moviéndonos a cooperar en su designio salvífico en favor de todos los hombres. La providencia de Dios, iluminadora y santificadora, actúa, respetando nuestra libertad, para que sigamos anunciando el Evangelio y eucaristizando la Humanidad.

Oración inicial
Oh Dios, que guardas y gobiernas por tu providencia todo lo que has creado, mueve nuestra libertad para elegir siempre el bien y cumplir en todo tu voluntad, cooperando contigo en la conservación de todo lo creado y en la salvación de los hombres, porque eres Tú quien ha empezado en cada uno tu obra buena y la quieres llevar a término. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Rm 8,28-30

Origen, guía y meta
Creemos que Dios es origen, guía y meta de todo lo creado. Es Señor del mundo y de la historia. Sus caminos no son nuestros caminos. Sus planes no son nuestros planes. Hemos de estar abiertos a la sorpresa de Dios: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,8).

Los caminos de la providencia divina nos son con frecuencia desconocidos. La fe nos atestigua que venimos de Dios y a Dios volveremos, después de la visita de la hermana muerte. Y mientras peregrinamos por esta tierra, el Señor resucitado nos acompaña: (cf. Mt 28,20). Solo en el reino de los Cielos, cuando contemplemos cada a cara a Cristo glorioso se nos desvelarán esos caminos y planes de Dios: «Todo sucede para nuestro bien», cuando nos dejemos amar por el Padre, abrazar por la amistad con el Hijo y guiar por el Espíritu Santo.

Desde la fe, al modo de los mártires, contemplaremos los acontecimientos más sangrantes y sufrientes como designio divino para el bien de la Humanidad. Dios no quiere el sufrimiento ni la muerte. Dios se duele de tanta tragedia y odio que asalta en las relaciones humanas. Pero Él puede sacar un enorme bien de las consecuencias del mal si todo lo unimos a la muerte y resurrección de Cristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24).

Morir en Cristo para resucitar en Él. Sin esta realidad la muerte de los mártires sería inútil. En Cristo, muerto y resucitado, todo adquiere sentido, esperanza y luz: «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). ¡Qué paradoja, hermanos! De la mayor injusticia de la historia –la muerte de Cristo como un malhechor– brota la vida definitiva, la victoria cierta, el Cristo glorioso, triunfante. En Él y con Él tenemos acceso a su gloria: «Y a los que predestinó, los llamó, a los que llamó los justificó, a los que justificó, los glorificó» (Rm 8,30). La gloria de Dios es el hombre viviente. La vida del hombre es entrar en la gloria de Dios.

El testimonio de los santos
Santa Catalina de Siena: «Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin».

Santo Tomás Moro, en una carta su hija, antes del martirio: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».

San Rafael Arnaiz: «Saborear la cruz… vivir enfermo, ignorado, abandonado de todos… Solo tú y en la cruz… Qué dulce son las amarguras, las soledades, las penas, devoradas y sorbidas en silencio sin ayuda. Qué dulce son las lágrimas derramadas junto a tu cruz».

¡Y qué fe tan luminosa y viva irradian los escritos de san Manuel! Son hechos de vida, leídos con ojos creyentes, donde nada es casualidad, sino providencia divina. Sin esa mirada de fe muchas de las obras e iniciativas que emprendió san Manuel en Huelva, Málaga o Palencia, se hubieran quedado a medio hacer. Su confianza en la providencia de Dios era absoluta. Cuando una obra es de Dios, como las escuelas para niños en Huelva, o el seminario a las afueras de Málaga, si se pide a Dios y a la gente, esa iniciativa sale adelante. Dios no se deja ganar en generosidad.

Oración de los fieles
Pongamos ante la mirada del Providente nuestras necesidades. Respondemos: Señor, escúchanos.

  • Padre, para que crezca nuestra fe en el poder de la gracia y en tu intervención en nuestras vidas. Oremos.
  • Creador del cielo y de la tierra, para que miremos con los ojos de tu Hijo los acontecimientos duros, frustrantes o dolorosos y en todo descubramos tu acción providente. Oremos.
  • Hijo Unigénito, Señor de la vida, para que sepamos abrazar las pequeñas cruces de cada día desde el sentido redentor de tu cruz gloriosa. Oremos.
  • Siervo de los siervos, que te hiciste grano de trigo muriendo en tierra como semilla fecunda para resucitar victorioso, haznos ver cómo te sirves de todo para hacer fecunda la misión evangelizadora. Oremos.

Oración final
Oh Dios, Padre providente y misericordioso, aviva en nosotros una fe tan firme y luminosa que en todo lo que sucede descubramos tu designio de amor para con los hombres. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.