Con mirada eucarística (junio 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2020.

Desde el yo hasta el nosotros

En esta nuestra soledad acompañada, desde nuestro confinamiento por causa de un ser tan minúsculo conocido como coronavirus, muchos son los sentimientos que acuden y reposan en el interior del alma, sobre todo, los que aparecen y se recrean en palabras tales como esperanza, gracias, amor, Dios…

Palabras que incorporan siempre al otro, que hacen posible el tránsito del «yo», egoísta y solitario, al «nosotros», comprometido y solidario. Nosotros, donde cuenta Él.

Esperanza
Todo pareciera noche oscura, invierno intransitable. Pero Él está arropando el devenir de la primavera, asomado en la canción del mes de mayo, con fuentes de agua viva. Por si acaso viene también con ella, con la Madre, por si se acaba el vino. Tiene la esperanza la forma de un Sagrario.
Hoy es la primavera, el sol desciende
en su tubo de luz hasta nosotros
y estampa por las caras
una mirada blanca, de oro y limpia.
El prado sonriente, compulsivo,
revienta de color por los pulmones
y las acequias cortas, incipientes,
el agua se abotonan como un hábito.
Alzo mis manos y en mis manos alzo
todo el jolgorio de la nueva vida,
el aire se recrea perfumado,
las hojas mecen
un clamor de pétalos,
mi alma vuela a Ti, vuela más alto.
Hoy es la primavera, todo
tiene la paz pequeña de un Sagrario,
todo es redondo como luna llena,
todo es rendido como mar echada.
Azulado en la cumbre el monte eleva
su cruz florida de ascensión y canto,
canta la estrella que, apagada arriba,
siempre a la aurora resucitará mañana,
cantan los hombres con el pecho henchido,
cantan los cielos y la tierra canta,
todo es himno, Señor, salmo incendiado,
el mundo es un espejo con canciones,
cantamos mi alma y yo, Tú también cantas.

Gracias
Gracias, Señor, porque estoy vivo. Gracias, Señor, porque en este arduo andar de nuestra corta vida, Tú me das gratuita la existencia, los ojos para ver, el labio para besar, los brazos para abrazar. Gracias porque Tú me haces la carga ligera y estás siempre, siempre a la puerta. Y detrás del umbral, cuando la casa pareciera oscura y sin sentido, tú siempre estás iluminando el margen puntual de la otra orilla.
Esta angustia pesada que me arrastra
por la cuesta cansada, el lodo frío,
hoy te la traigo toda aquí, Señor,
hecha un ovillo mi fuerza derretida.
No puedo más, le digo al alma
que de mí tira con su viento inmenso,
déjame que me pierda en el suspiro
de la tarde que acaba fracasada,
mi miedo sin remedio y sin sentido.
Y una vez más el alma mía,
la que me apunta a Ti, delirio y flecha,
me anima a que a Ti vaya y que te diga
que te quiero, Señor, porque estoy vivo.

Amor
Jamás hubo tanto diálogo amoroso con el otro: el que cuida, el que se añora, el de al lado. Jamás el alma amasó más ansias por fundirse con el ser amado, por buscar las expresiones más divinas, por diseñar mejor el sentimiento. Jamás hubo un propósito más grande: el mundo ya no será lo mismo. Y el amor nos hizo prisioneros. Bendita prisión amorosa, pues goza de la mayor Verdad, la que nos hace libres.
Llegar a Ti y quedarme
como un árbol plantado que te tienta
y que Tú pongas en mi pecho herido
tus manos que me tocan y acarician.
Con el alma viajera y dolorida
de tanto en mí subir por tantas cuestas
llegar a Ti y perderme
en el sueño que Tú para mí sueñas.
Los dos juntos al fin,
mirándote a los ojos, Tú mirando,
llegar a Ti y tenerte
y saltar y reír y no dejarte.
Para llegar a Ti
solo quiero, Señor, que Tú lo quieras.

Y Dios
Este ser miserable, corto, pobre, renegado, angustiado, indigente…este ser humano, hombre o mujer, establece un diálogo con Dios. Lo necesita. Lo necesita para dar sentido a su existencia. Acércate a un Sagrario, a tu Sagrario. Contempla en él la luz titilante de su lamparilla, de tu lamparilla. A esa luz verás que no estás solo. Qué grande compañía: tú y Él, Él y yo, nosotros.
Qué haría yo sin Ti, sin este sitio
al que yo acudo como chispa al fuego,
a quién dijera yo las palabras más horrendas,
a quién mirara yo con mirada más borrosa,
qué haría yo sin tu quietud redonda.
Qué fuera yo con esta angustia enloquecida
si no tuviera un pecho en que apoyarla
y qué pulso tendría el pulso mío
sin tus venas, tu sangre, tu latido.
Qué sería de mí si en el camino
que se encharca de lluvia y barro espeso
no estuvieras conmigo apaciguando el agua,
qué fuera yo, Señor, si Tú no fueras.
Qué te trajera a Ti con estas manos
resecas y vacías más que un hueco
si en ellas no pusieras las caricias,
qué serían mis manos sin tus dedos.
En qué pensar, si Tú no me pensaras
y qué sentir, Señor, si yo no te sintiera,
para qué amar, por qué, sino contigo,
a qué vivir, si Tú te hubieras muerto.
Qué haría yo, Señor, sin esta cuerda
con la que el alma a Ti me ciñe como un cíngulo,
esta alma mía en la que Tú me miras,
esta alma mía en la que yo te veo.
Qué haría yo sin Ti.
Lucrecio Serrano, del poemario Mi alma y yo

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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