Orar con el obispo del Sagrario abandonado (junio 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2020.

«Sacaréis agua con gozo
de las fuentes de la salvación» (Is 12,3)

Afirma san Manuel González: «Que no se me alarmen los teólogos si hablo de definir lo indefinible. El Corazón de Jesús, a nuestra corta vista, es una especie de máquina divina, en la que se mete un muñeco de barro soberbio y presuntuoso y se saca un santo. ¿Que parece fuerte la palabra muñeco? Sustituidla por la de tibio, ingrato, flojo, inconstante, pícaro, según os venga mejor. Lo que sostengo es: que como uno se dedique en serio a pedir y a trabajar por meterse en el Corazón de Jesús, y, si desgraciadamente se sale por una mala partida, a volverse a meter, sale Santo; ¡así con S mayúscula! ¿Que hacia dónde sale? Pues para el mismísimo cielo, que lo esperará con las dos puertas abiertas» (OO.CC. II, n. 3271).


¿Qué es el Corazón de Jesús? Es la capacidad divina de amar sin límites, de transformar a todo aquel que se deja amar, desde la sencillez y la humildad, a imitación de María, la esclava humilde del Señor.

¿Qué somos?  Muñecos de barro, siervos inútiles, tantas veces cargados de soberbia y presunción, muy seguros de nosotros mismos.

¿Qué sucede a quien se confía en el Corazón de Jesús? Queda transformado. Sale Santo (con mayúscula), porque es obra suya, obra de la gracia divina. Camina hacia el cielo. Ese hijo de Dios es llevado en alas de águila por el Espíritu Santo.

Junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús. En su solemnidad, la Iglesia celebra el amor hasta el extremo que Jesús nos tiene, dando la vida por todos los hombres, en amor y obediencia al Padre, ungido por el Espíritu, manifestando cómo «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4) y cómo ese amor de donación completa del Hijo está expresando el amor del Padre por cada ser humano y por toda la Humanidad.

Dios es amor. Nos ha amado primero. Nos ha entregado «a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). Jesús significa «Dios salva». Él es el Salvador: «El Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo» (1Jn 4,14).

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús expresa el reconocimiento de la entrega total del Hijo como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). La totalidad de su persona se da, se entrega, sin reservarse nada, por amor al Padre y a los hombres. El Corazón de Cristo es Cristo mismo en su totalidad, Hijo del Padre, Verbo encarnado, sabiduría increada, caridad infinita, alfa y omega, principio y fin de todo lo creado, santificación de toda la Humanidad, hermano entre los hermanos, cordero y pastor, siervo y Señor, humillado y enaltecido, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es mirada contemplativa a su costado abierto por la lanzada del soldado para que, dejándonos asombrar por este amor gratuito e infinito, amor ágape, hagamos nuestras las palabras del discípulo amado al pie de la cruz: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad para que también vosotros creáis» (Jn 19,35). Miremos el costado abierto de Cristo, su Corazón traspasado por la lanza del soldado, su Corazón herido por nuestros pecados, su Corazón deseoso de bañarnos en su misericordia. Adorémosle en su presencia eucarística para reparar el terrible daño que nuestros pecados y los pecados de la Humanidad causan al Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia.

Oración inicial
Oh Padre de infinita misericordia, por la acción de tu Espíritu, llénanos de alegría desbordante al contemplar el Corazón herido de tu Hijo, tu amado, tu predilecto, y así darte gracias por los inmensos méritos de su pasión, muerte y resurrección y por la inagotable lluvia de bendiciones que su amor derrama sobre todos los que lo buscan y lo contemplan. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Is 12,1-6

Meditación
«Te doy gracias, Señor»: Toda nuestra vida ha de ser una ininterrumpida acción de gracias al Padre por su Hijo amado. El lugar por excelencia para darle gracias es la Eucaristía.

«Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas»: si el profeta invitaba al pueblo a la acción de gracias, cuánto más nosotros hemos de dar gracias por el mayor de los prodigios: la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, abriéndonos las puertas del Paraíso.

«Ha cesado tu ira y me has consolado»: Al Padre le duele nuestro pecado, porque hiere a su Hijo que está en pasión hasta el final de los siglos. En su infinita misericordia, el Padre cambia su ira en clemencia, su dolor en consuelo. Nuestro Dios es el Dios de todo consuelo.

Amor que consuela
El Corazón de Cristo sigue amando: «Como el Padre me ha amado así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9). El oficio de Cristo resucitado –dice san Ignacio de Loyola– es consolar. Así, llenos de su amor consolador, daremos gratis lo que Él nos ha dado gratis: «¡El Dios de todo consuelo nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados!» (2Co 1,4).

Todo lo anunciado por Dios en los profetas tuvo pleno cumplimiento en Jesús. Él es nuestro Salvador: «Él es mi Dios y Salvador; confiaré y no temeré, porque mi fuerza y me poder es el Señor, él fue mi salvación» (Is 12,2).En los tres últimos meses, donde la pandemia del coronavirus ha sumergido a tantas personas en el miedo a perder la vida o el trabajo, en la tristeza de estar tantas horas en soledad en casa, en el dolor por la pérdida de seres queridos, en el sufrimiento por la incertidumbre ante el futuro, en la desilusión de no poder comulgar a diario, hay riesgo de enfriarse en la fe y en la esperanza.

Escuchamos nuevamente a san Manuel González
En su libro Nuestro barro ofrece una serie de recetas ante las más diversas situaciones de contrariedad que pueden presentarse en la vida. También hoy, delante de Jesús Sacramentado, podemos meditar sus palabras. Son medicina eucarística para esos momentos de desolación, cansancio, abatimiento, frustración que podemos atravesar.

«El miedo al decaimiento. Un alma que tiene sobre ella tantas obligaciones como males de barro sobre su cuerpo y harto menudean éstos, me dice que le da muy buen resultado la aplicación de esta receta: “…me vuelven los mareos y no hago caso; hago lo que tengo que hacer ahora sin preocuparme del luego y aprieto con el Sagrario y digo: Creo en mi médico Jesús, que me quiere curar. Espero en mi médico Jesús, que me quiere curar. Amo a mi médico Jesús, que me está curando. Y le aseguro que me alivio”. Enfermos ¿vamos, a ensayar la receta?» (OO. CC. II, n. 3056).

«El que no abandona a los abandonados. Una pobre alma que pasa por la tierra sola, enferma y privada del oído, me escribe una frase de acción de gracias por un librillo que le mandé sobre la confianza y el abandono en la misericordia del Corazón de Jesús. Esa frase es, a la vez que un gemido de desahogo, una gran enseñanza para los que sufren solos: “he recibido su librito que es muy apropiado a las necesidades y pruebas por que pasa mi alma, porque ¡es tanto lo que sufro cuando me creo abandonada de Dios y pienso que todo lo que me pasa es efecto de su cólera provocada por mis infidelidades!… ¡Tenemos tanta necesidad de saber que Dios nos ama los que sabemos que nadie nos ama en la tierra…!”» (OO.CC. II, n. 3069).

San Manuel González señala, como tantos otros místicos, dónde está el fuego que enciende los corazones, la llama de amor viva que levanta los decaimientos, la verdadera caridad que lo comparte todo: «hace falta remediar este frío; mucho calor que encienda esos espíritus yertos: y es necesario además que ese calor sea de tal naturaleza que sirva para el cuerpo y para el alma: ¿puede ser eso?» (OO.CC. II, n. 3317).

Unirse en oración
Oremos con confianza a ese Corazón de Jesús que nos enciende en fuego divino: «Corazón de Jesús, calor de todos los que tienen frío: da un poco de tu calor a todas esas almas que viven en invierno perpetuo, y haz que éstas, ya abrigadas, se acuerden de que hay niños, obreros, ancianos, sirvientes y muchos, muchos pobrecitos que tienen mucho frío» (OO.CC. II, n. 3318).

Fuego que enciende el corazón y agua que sacia la sed son dos imágenes concretas y expresiones del infinito amor de Dios por la Humanidad. Del costado de Cristo manó sangre y agua: «sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,3).

La fuente que mana y corre es el mismo Jesús. El agua viva que sacia nuestra sed de amor, de plenitud, de verdad, de santidad es Cristo, agua viva que colma de gozo, paz, paciencia, generosidad nuestro corazón humano y nos trae la salvación.

Oración: «Alfarero divino» (OO.CC. II, n. 3274)

«Corazón de Jesús sacramentado,
por tu Madre Inmaculada,
te pido concedas a este pobre barro mío:
Hacer bien a los malos sin hacerme malo.
Olerte desde lejos. Adivinarte oculto.
Sentirte presente por instinto.
Conocerte y conocerme.
Amarte y despreciarme.
Reconocerte mío y reconocerme tuyo.
Enloquecerme amándote.
Ser tuyo más que mío.
No ser mío para ser sólo tuyo.
Ser Tú y no ser yo.
Dejar sabor y olor a Ti en pos de mí.
Hacer mucho bien en torno mío y que nadie más que Tú, caiga en la cuenta.
Que me paguen mis cariños y sacrificios por mis prójimos con olvido para mí y cariño para Ti.
Dejar a todo el que me mire o me oiga un poco de luz y de paz y que sólo lo agradezcan a Ti».

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.