Editorial (junio 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2020.

Cuando todo cambia

El coronavirus ha cambiado nuestra vidas, nuestra forma de actuar, de movernos, de relacionarnos, de viajar… Lo queramos admitir o no, no somos los mismos de hace tres meses. Quizás hemos descubierto nuevos miedos y, a la vez, hemos comenzado a dar más valor a situaciones y actitudes a las que antes no prestábamos demasiada atención.

Ha cambiado, también, la forma en que nos relacionamos con Dios. En muchos países se han suspendido las Misas y en no pocos hasta se han cerrado por ley los templos. La Iglesia ha sido la primera, en todo lugar, en demostrar una gran responsabilidad ciudadana. Vivir la caridad era, y sigue siendo, aceptar el no poder ir a la parroquia, no comulgar, o mirar la Misa en la televisión.

Que esta situación nos haya casi desapropiado de nosotros mismos no significa que Dios haya cambiado. Afortunadamente Él es el Amor infinito, a prueba de guerras y pandemias y, sobre todo, a prueba de negaciones e indiferencia. ¡Cuántas situaciones habremos vivido en estos últimos meses en las que hemos podido descubrir la mano amorosa de Dios, su sonrisa, su ternura! ¡Él siempre estaba en la sonrisa de un niño! (esa que volvimos a escuchar cuando se autorizó a los niños a salir de sus casas por un breve período de tiempo). ¡Dios siempre se ha gozado en la naturaleza, esa gran obra suya! (esa misma que miramos con ojos nuevos cuando se nos autorizó a pasear y, con responsabilidad, fuimos al parque más cercano a tomar un poco de aire).

Más aún, Dios jamás dejó de mirarnos a través de los ojos de los más necesitados. Ese mismo Dios que dijo «lo que hicisteis a uno de estos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40) siguió haciéndosenos presente en las manos suplicantes de ayuda, de alimento, de consuelo ante el dolor por la enfermedad o la pérdida de un ser querido. Sí, Dios, como mendigo, se nos hacía presente, como siempre, pero cuando todo cambió, pudimos descubrirlo de formas nuevas.

En varios países donde residen los lectores de El Granito de Arena, se están comenzando a autorizar salidas y, sobre todo, a participar en la celebración eucarística y asistir a Misa. Volveremos a encontrarnos con Dios, a comulgarlo, a recibirlo. Sin embargo, no será un encuentro tras dos meses. Será algo mucho más especial que eso. Será descubrir que el Dios que se hace pan es el mismo que se hizo pobre y se nos manifestó en la indigencia de aquel que un día pudo comer gracias a nuestra generosidad. El Dios que viene a nosotros en la transubstanciación es el mismo que pudimos escuchar en el canto de pájaro, en el rayo de sol de aquella mañana. Más aún, el Dios resucitado, es el que llevó su consuelo a tantos que vivieron el dolor, el luto, la enfermedad, la separación para siempre, a través de quienes se hicieron solidarios, cercanos, quienes llamaron día a día a aquellos que sabían estaban sufriendo la soledad. Dios, de esta forma, a través de nosotros, que ya habíamos sido uno en Él por cada Comunión, llegó a todos sus hijos. Él, que nunca cambia, pudo llegar a nosotros y a todos de formas nuevas.

Nos queda aún mucho camino por recorrer. Muchas cosas sabemos que cambiarán. Muchos dudan de que la vida, en general, vuelva a ser como antes. Pasará tiempo antes que volvamos a viajar, a comprar y a relacionarnos con los demás como lo hacíamos antes de marzo de este año. Sin embargo, Dios, el que no cambia, lo ha cambiado todo, porque ha traído compañía a la soledad, ha llevado consuelo a los que sufrían y nos ha dado a nosotros, creyentes, la certeza de su cercanía, a prueba de virus, a prueba de guerras. ¡Él siempre está!

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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