Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (mayo de 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2020.

San Manuel siempre estuvo a mi lado ¡y yo no lo sabía!

«Necesitamos al Señor, que ve en nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una belleza perdurable. Con Él descubrimos que somos valiosos en nuestra debilidad, nos damos cuenta de que somos como cristales hermosísimos, frágiles y preciosos al mismo tiempo. Y si, como el cristal, somos transparentes ante Él, su luz, la luz de la misericordia brilla en nosotros y, por medio nuestro, en el mundo» (papa Francisco). Estas palabras del papa Francisco iluminan el testimonio de vida de Belén Perales, a quien entrevistamos en esta ocasión. Ella tiene 56 años, vive en Madrid y es empresaria, tiene tres hijas: Alejandra, Gabriela y Paula. De la mano de san Manuel ha recorrido un camino de reencuentro con el Señor y con esa belleza perdurable que guardaba dentro de sí.


Querida Belén, has recorrido a lo largo de tus años un camino de encuentro y desencuentro con el Señor, ¿podrías contarnos un poco acerca de ti, de tu experiencia de fe?
¡Claro que sí! Nací en una familia católica allá por los años 60. En mi infancia tuve momentos de mucha fe, sin embargo, a los 15 años la perdí. Puedo decir que me hice atea y además muy combativa, cada vez que alguien hablaba de Dios me ponía muy nerviosa, me sentaba bastante mal. Llevaba conmigo muchas heridas del pasado y así me mantuve por mucho tiempo. Me volví súper rebelde, empecé a buscar el amor de las personas, el éxito, el dinero. Con 22 años monté mi propia empresa y cada vez crecían más mis ansias de dinero, de poder.

Iba por la vida dando tumbos, muy alejada de Dios. Tuve a mi primera hija y en un determinado momento, ella se hizo católica y fue por eso que entró la religión en casa. A mí esto me sentaba muy mal, de hecho le llegué a pedir que me prometiera que nunca sería monja, pues la veía tan entusiasmada que llegué a pensarlo; ahora lo miro de lejos y con lo que ha cambiado mi vida, sería lo que más desearía.

Yo me daba cuenta de que a mi hija le iba muy bien con este tema, al menos no daba guerra. Cuando tuve a las otras dos pequeñas, pensé que las llevaría a un colegio católico, algo totalmente paradójico, pues yo no creía.

Ellas aprendieron a rezar y rezaban a todas horas, yo me decía: «¡Pero madre mía, esto qué es, qué horror!». A mí me sentaba bastante mal. A pesar de todo, seguían yendo a ese colegio y yo, como soy muy sociable, cada día las llevaba y traía, y había hecho buena amistad con otras madres.

Al tiempo, la más pequeña comenzó a tener un problema ocular muy grave, hasta el punto de casi perder la vista. Como yo hablaba con todo el mundo y conocía tanta gente, la madre de uno de los niños que era muy amigo de mi hija Paula, que es la que tenía el problema, por error me envió un pin USB de la virgen María. Al recibirlo, yo me decía: «¿Qué hace mandándome esto?», es verdad que yo estaba muy metida en el colegio, pero nunca había contado a nadie que no creía en Dios. Ella también comenzó a decirme que rezaba por Paula y a mí me parecía bien, se lo agradecía, pero nada más.

Esta señora, sin embargo, pertenecía a la parroquia, en ese entonces llamada beato Manuel González, de Madrid, ¿cómo se valió san Manuel de su cercanía contigo para hacerse el encontradizo en tu camino?
Es una historia curiosa. Un día en la puerta del colegio me dio unas estampas que yo no sé de quién serían, imagino que de san Manuel, y yo, como todos los días me iba a tomar un café con mis amigas, y ellas sí que eran creyentes, les repartí las estampas y todas se quedaron súper agradecidas. Después, como para caerle bien, le conté que había compartido las estampas con mis amigas, entonces ella me dijo: «no te preocupes que voy a traerte algo mucho mejor». Yo me dije «¡Madre mía, me va a traer un taco de estampas ¿y yo qué hago?!», pues no las quería.

A los días nos encontramos y pone en mi mano una foto de un hombre tipo tamaño carné, yo la miro, y como ella era gordita pensé que era la foto un familiar suyo, entonces le pregunto: «¿es tu tío?». No tenía ni idea de por qué me traía una foto así. A ella le dio la risa y me explicó que era una reliquia del beato Manuel González, el titular de su parroquia.

Realmente yo no tenía mucha idea de a qué se refería y la guardé en mi cartera, en un bolsillo pequeño y me olvidé totalmente. La verdad es que tenía mucho miedo de que ella siguiera trayéndome más cosas, pues no hubiese sabido qué hacer.

La cuestión es que a partir de ese momento san Manuel me acompañó siempre, estaba a mi lado y yo no lo sabía. Es más, estuvo conmigo en el momento de mi conversión y en muchos otros que vinieron después.

¿Te gustaría contarnos cómo fue, después de todo este tiempo, tu experiencia de reencuentro con el Señor?
¡Por supuesto! Cada vez que lo recuerdo me emociono. Fue un momento muy grande para mí, había estado alejada durante 35 años. Era verano y nos habíamos ido de crucero con mis hijas. Ellas insistían en ir al Vaticano y yo no quería, sin embargo allí acabamos. Allí, frente a la tumba de san Juan Pablo II el Señor entró en mi vida, afortunadamente.

Salí de allí totalmente conmocionada, yo nunca había oído hablar de la misericordia de Dios, para mí un resbalón significaba que ya estaba todo acabado, que no había marcha atrás y me encontré con el que es la misericordia.

Esto fue en el 2012 y, sin embargo, hasta el 2014 entraba a veces a escondidas a Misa, no sabía qué tenía que hacer, no me enteraba muy bien, habían sido muchos años fuera de la Iglesia. Yo no había recibido una educación acerca de la presencia de Jesús en la Eucaristía, a lo mejor me lo habían explicado, pero yo no me había enterado. No sabía lo que era una fe viva, ni que Jesús me quería, que es el mejor de los amigos, que está siempre para ayudarme y levantarme. Tampoco sabía que yo podía responder a esa amistad.

Más adelante, una catequista de mi hija me invitó a una parroquia y fue para mí un regalo, allí me confesé, supe que Dios me perdonaba y me acogía, y cuando el sacerdote me dijo que podía comulgar yo no podía creerlo.

En todos esos momentos la reliquia de san Manuel había estado en mi cartera, no olvido la fuerza con que sujetaba el bolso donde la llevaba el día que me confesé. Aún así, no sabía nada de él, nada de nada, era simplemente la foto de mi amiga, la madre de un compañero de mi hija.

¿Cómo lo conociste?, ¿en qué momento te reencontraste con esa reliquia que te acompañaba siempre?
Fue gracias a una peregrinación que hice a Fátima. Como os decía antes, yo estaba en la parroquia con mis hijas y con mi fe, había dejado a todos mis amigos anteriores y en la parroquia todavía no conocía a nadie de forma cercana. Un día me metí en la página web porque sentía que tenía que apuntarme en algún grupo, quería hacer raíces allí, pues pensaba: no sea que tenga un bajón de fe y me marche.

Le comenté al sacerdote que quería apuntarme a algo y me comentó que había una peregrinación a Fátima con el grupo de los carismáticos y allí me fui con mis hijas. Fui a ese viaje con heridas muy profundas dentro, me costaba mucho perdonar.

Mis hijas en Fátima, al ritmo del grupo carismático, no paraban de rezar, les encantaba, y yo no lo podía creer, a mí me gustaba rezar, pero no tanto. En un momento tuvimos una adoración eucarística, yo no sabía lo que era aquello, me aburría. Le dije a mis hijas que nos marchábamos y en eso una de las chicas me convence para ponerme en la fila para recibir la bendición, y allí, junto al altar y la custodia, percibí con mucha fuerza la presencia de Jesús en la Eucaristía. Esa noche, ya en el hotel, fue como un reencuentro conmigo misma, con mi infancia, con la fe que tenía de pequeña.

Al día siguiente, después de desayunar, abrí la billetera y encontré la reliquia, estaba con una de las chicas que había ido a la peregrinación y me dice: «¡Si es san Manuel!, a quien tanto cariño le tengo, es el santo de los Sagrarios abandonados». Ella comenzó a explicarme un poco la historia de don Manuel y su relación con la Eucaristía.

Al regresar de Fátima empiezo a descubrir la presencia de Jesús en el Sagrario, empiezo a visitarlo, a participar de las adoraciones eucarísticas. Actualmente vivo muy unida a Jesús, sé que está conmigo todas las horas de mi vida. Y san Manuel tuvo mucho que ver en todo esto, él me ha hecho amar al Señor.

Desde hace un tiempo tienes un canal de Youtube que ha ido creciendo mucho, ¿podrías contarnos cómo ha surgido y de qué forma está vinculado san Manuel?
Hace tiempo comenzamos con la gente del barrio un grupo en mi casa en el que nos reuníamos para rezar el Rosario. Allí siempre ponía como signo una cruz, la imagen de la Virgen y dos reliquias: la de san Manuel y la de santa Gema. Después ya no podíamos reunirnos, entonces se me ocurrió crear el canal de Youtube que se llama «El Rosario de las 11 p.m.». Y desde el primer día, de la misma forma, me acompaña y acompaña a tantos la reliquia de san Manuel, pues yo sé que intercede por tantas personas que se conectan alrededor del mundo y con las que rezamos cada noche. Es una alegría para mí que cada noche él nos acompañe y enseñe a amar al Señor a través de María.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *