Historias de familia (mayo 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2020.

Buena clientela… y mejor Amo: la segunda visita ad limina de D. Manuel González

En septiembre de 1927, tras la audiencia con la que finalizaba su segunda visita ad limina, D. Manuel se despide de nuevo de Pío XI, quien le pregunta:
– ¿Es muy largo el camino de Málaga a Roma?
– «Cinco días de viaje», le respondería D. Manuel.
– «Largo es el camino».
– «Incomparablemente más largo es, Stmo. Padre, el cariño y adhesión de los Malagueños y de su pobre Obispo hacia Vuestra Santidad».


Desconocemos la fecha en la que D. Manuel emprendió, en 1927, el que sería su cuarto viaje a Roma. Es probable que lo comenzara en Elorrio pues el 3 de septiembre escribió desde allí una cariñosa carta a la hija de D. Manuel Siurot, Antoñita, con motivo de su boda que debía celebrarse el 30 de octubre. Seguramente ante la perspectiva de no estar de vuelta a tiempo para felicitarla por su matrimonio, decidió escribirle antes de partir.

Un único motivo
De aquella visita a Roma solo conservamos la narración que D. Manuel escribirá a su retorno, fechada el 7 de octubre de aquel año y que se reproduce tanto en el Boletín de la Diócesis de Málaga, como en El Granito de Arena (n. 482, de 20/10/1927, pp. 610-614). El viaje no tenía otro motivo más que realizar la visita ad limina, que, como establecía el Derecho canónico, debían hacer los obispos cada cinco años. Habiendo sido la última en el otoño de 1922, correspondía regresar en 1927.

Preparada la correspondiente memoria sobre el estado de la diócesis en el último quinquenio que debía presentar ante la Sagrada Congregación Consistorial, D. Manuel, acompañado de D. Fernando Díaz de Gelo, que figuraba como covisitador, emprendería un viaje hacia Italia de cuyo trayecto no tenemos datos. En su crónica explicará que carecía de tiempo para detenerse en detalles sobre el viaje y, privándonos por tanto de las anécdotas y de las impresiones de los días de camino, se centrará en narrar solo los detalles de su visita al papa.

Conocemos la fecha en la que D. Manuel y D. Fernando se postraron ante las tumbas de san Pedro y san Pablo, como es tradición al iniciar la visita ad limina. Lo hicieron el día 15 de septiembre, pues entre la documentación de esta, que se custodia en el Archivo Apostólico Vaticano, se encuentran el diploma expedido con esta fecha por el Prefecto de la Casa Pontificia, Mons. Caccia Dominioni, tras la visita a la tumba de san Pedro y, de misma fecha, el certificado expedido por el Vicario de la Basílica de San Pablo Extramuros, que acredita el paso por aquel lugar del obispo de Málaga.

Pero, como queda dicho, de nada de esto escribirá D. Manuel, solo lo hará de las palabras que intercambió con el papa en la audiencia con la que debió finalizar la visita. Con orgullo contará cómo consiguió alegrar al santo padre contándole detalles acerca de la Iglesia malagueña; hablándole del progreso de las obras de piedad eucarística, del creciente número de colegios religiosos. Le habló también de la prensa católica; por un lado, de las hojitas parroquiales que se imprimían en muchos pueblos de la diócesis pero también de la labor informativa que, acorde con el sentir de la Iglesia, venía haciendo La Unión Mercantil, instrumentos de aquello que dio en llamarse «la buena prensa». Sin embargo, igual que en la entrevista que hacía cinco años ambos habían mantenido, los dos temas centrales de la conversación fueron de nuevo, la Obra de las Marías y los Discípulos de San Juan y el seminario.

Un tema recurrente
En 1922 D. Manuel había mostrado al papa los planos del nuevo seminario, ahora aquellos edificios estaban ya construidos y en uso. En febrero de 1926 habían sido visitados por los Reyes de España. Dos meses después, en abril, fue finalmente bendecida la Iglesia. Ahora, en cuanto regresara a España, estaba prevista la bendición de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que iba a presidir el seminario y con ello sería entronizado en la ciudad de Málaga, que con este acto, renovaría su consagración a Él. No es difícil imaginar al obispo dando detalles de todos aquellos acontecimientos a un papa que se caracterizó por su afán de promocionar los seminarios. Entre las cosas que escribió en su crónica tras la visita, recordaba cómo, en un determinado momento, le dijo al papa: «el Obispo no tiene otra cosa que hacer que formar y conservar Sacerdotes buenos y por medio de éstos hacer los demás», a lo que él le respondió con aplomo: «sin duda ninguna». También recalcará cómo el papa repetía asombrado «seis millones de liras en su Seminario», refiriéndose así a la cantidad de dinero italiano equivalente a los dos millones de pesetas que había costado ponerlo en marcha. Y, al final, a modo de conclusión: «¡Buen Seminario, buena diócesis y buena clientela tiene el Obispo de Málaga!» a lo que D. Manuel contestó enseguida «y mejor Amo», pues «con oración y confianza en Él se ha hecho y se conserva».

Continuaba el santo padre interesándose por las cuestiones del seminario malagueño hasta que en un momento dado, justo tras recibir la medalla–insignia que sobre este se había acuñado, se levantó de su silla y dirigiéndose hacia unas estanterías tomó en sus manos una pequeña cajita roja que depositó en las de D. Manuel: «queremos pagar la medalla de su Seminario con la medalla de mi Seminario», le dijo recalcando los posesivos, y mientras D. Manuel agachando su cabeza besaba el regalo que acababa de recibir del papa, pudo escuchar que decía «sí, el Seminario es más importante que la catedral».

Más importante que la catedral
Seguramente D. Manuel tardaría un buen rato en reparar en los detalles de la medalla que le había entregado el papa. Era de plata, de unos 35 gramos, se trataba de una acuñación delicada, uno de los primeros diseños de Aurelio Mistruzzi, que con el tiempo será considerado como uno de los más importantes grabadores que trabajaron para la Santa Sede. En el anverso la efigie de Pío XI de perfil, en el reverso la imagen de un edificio, el proyectado para ser la nueva sede del seminario menor de Roma, que este Pontífice quiso ampliar trasladándolo desde San Juan de Letrán hasta un lugar muy cercano a la Basílica de San Pedro.

La construcción había comenzado en 1927 y la acuñación de esta medalla se hizo ese mismo año con el fin de recaudar fondos para levantarlo, según puede verse en la leyenda. Hoy, viendo la silueta del edificio que aparece en la medalla, lo reconocemos como el Palazzo del Governatorato y es que, en 1929, tras los Pactos de Letrán, una vez alcanzado un acuerdo de convivencia entre el Reino de Italia y el papa, este tuvo la oportunidad de levantar el seminario de la diócesis de Roma en un lugar más adecuado y espacioso, aprovechando el edificio recién construido y todavía no inaugurado cerca de la Basílica de San Pedro como sede para los organismos del nuevo estado Ciudad del Vaticano. Aquel edificio nunca sería usado como seminario, aunque todavía conserva el aspecto con el que fue diseñado por Giuseppe Momo para serlo.

La Obra de las Marías
No podía, D. Manuel, dejar de hablar al papa de la Obra de las Marías y de los Discípulos de San Juan. En 1922, durante la que fue su primera visita ad limina, se la había presentado al santo padre. Ahora, cinco años después y tras hablarle de los actos de desagravio que, ante el abandono de tantos Sagrarios solitarios, llevaban a cabo las Marías y los Juanes, le anunció al papa que «para ser sólo y mejores Marías, y dedicarse a formar y conservar el espíritu de la Obra en las otras» había ya un grupo de ellas viviendo en comunidad. Interesado por conocer de aquel nuevo estado de la obra, preguntó y escuchó con atención las respuestas de D. Manuel, para concluir dictaminado «esa Obra necesita del papa una bendición especial; no, más que especial, especialísima».

Acabado el tiempo de la audiencia, solo quedaba entregar al santo padre el óbolo, el donativo que la diócesis ofrecía al papa. Hoy puede resultar difícil de imaginar, pero la situación económica de la Santa Sede en aquellos años era muy precaria. Desde 1870, el papa, privado de las que fueron sus posesiones en la península italiana tras la unificación del país, y sin contar con medios de financiación propios, dependía en gran medida de las aportaciones económicas que le llegaban a través de los obispos desde las diócesis de todo el mundo. Solo a partir de 1929 cambiaría esta situación. Por eso el cardenal Secretario de Estado agradecería en una carta (publicada en el Boletín Oficial de la Diócesis de Málaga, 1927, p. 373) la limosna ofrecida por la diócesis a la Sede Apostólica. Se trataba de unas 15.000 pts, una suma importante en una época en la que el salario medio semanal de un obrero cualificado en Málaga era de 45 pts.

Regreso a la diócesis
Cinco días de viaje esperaban de nuevo a D. Manuel, los que le separaban de los fieles de su querida diócesis y a quienes quería decir: «el Papa contento con sus hijos Malagueños, los bendice por medio de su Obispo».

El próximo 16 de mayo se cumplirá un siglo desde la colocación de la primera piedra del Seminario de Málaga. Por otra parte, el 3 de mayo comenzará el Año jubilar para la conmemoración del centenario de la fundación de las Marías Nazarenas. Hemos visto cómo D. Manuel quiso compartir con el sucesor de Pedro su ilusión por sacar adelante uno y otro proyecto, pidiendo con humildad la bendición del sumo pontífice para ambos.

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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