Orar con el obispo del Sagrario abandonado (mayo 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2020.

«El que busca la gloria del que lo ha enviado, ese es veraz y en él no hay injusticia» (Jn 7,18)

«El camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad» (Benedicto XVI, 19 agosto 2011).


Inteligencia y amor, razón y fe, van de la mano. Son inseparables. El papa emérito, Benedicto XVI, lo estudió y lo pregonó repetidas veces. Para nosotros, católicos del siglo XXI, la verdad no es una teoría ficticia, ni un idilio soñado, ni una utopía inalcanzable, ni un paraíso imaginario. No. La verdad es una persona viva: Jesucristo, camino, verdad y vida. La verdad de Jesucristo compromete, lo exige todo, nos pone en movimiento, nos hace obreros de la justicia y de la paz, implica a todo discípulo, nos mueve a la plenitud en el amor.

La verdad cristiana es inteligente, porque, apoyada en la Palabra divina, que no miente, responde a las grandes preguntas del ser humano: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿cuál es mi misión en esta tierra?, ¿por qué hay en mí una sed tan grande de amor y de verdad?, ¿qué es la verdad?

La verdad cristiana es amorosa, porque responde a la necesidad más importante del ser humano: ser amado y poder amar. La razón reside en el hecho de haber sido creados por amor y para el amor.

La verdad completa, perfecta, inimitable es una persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre: «Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud» (Col 1,19); «porque en Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9); «hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4,13).

Este tiempo de adoración eucarística es una nueva oportunidad que nos concede el Padre para adentrarnos en el Corazón de Jesús, para descansar en su pecho, en su Corazón amante y amoroso, como el discípulo amado en la última cena. Así, adorándolo, dejándonos iluminar por Él, la Verdad, desearemos más y más vivir en la verdad. La puerta para tener acceso a la verdad de Jesús y a todo momento de adoración eucarística es la humildad, como diría santa Teresa de Jesús: «La humildad es andar en verdad».

Oración inicial
Alabado y bendito seas, Padre, porque enviaste a tu Unigénito como Camino que nos conduce a ti, como Verdad que permanece para siempre, como Vida que nos da vida en abundancia y nos anticipa, ya aquí en la tierra, la vida eterna; concédenos ser humildes como Él, que se anonadó, ser obedientes a tu voluntad, como Él vivía alimentado de ella, ser verdaderos –limpios de corazón– como Él es el veraz, ser libres porque Él nos libera del pecado y de la muerte. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Se proclaman con sosiego: Jn 8,32; Jn 7,28-29; Jn 7,18; Jn 3,33; Jn 3,21.

«¿Qué es la verdad?»
«Y, ¿qué es la verdad?», es la pregunta que Pilato dirigió a Jesús en el diálogo entre ambos, cuando el Señor estaba siendo juzgado en el pretorio romano, después que los judíos se lo habían entregado al gobernador del imperio para que lo condenara a muerte. Jesús no responde a la pregunta. La deja en el aire, porque ya antes había afirmando quién era, de dónde venía y quién le enviaba: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37).

Estaba clara la afirmación, pero era necesario escucharle al Maestro nazareno no solo con los oídos, sino con el corazón. Por eso, la pregunta del gobernador queda en el aire.

Verdad, libertad, luz y obras según Dios son inseparables en la vida de Jesús. Cada gesto de amor, cada milagro de curación, cada signo de su manifestación gloriosa (bodas de Caná, multiplicación de panes y peces, resurrección de Lázaro) son expresión histórica, concreta y transformadora de quién es y de parte de quién viene: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

Decía Benedicto XVI: «Los nihilistas niegan la existencia de cualquier verdad; los fundamentalistas tienen la pretensión de imponerla por la fuerza. El nihilismo y el fundamentalismo coinciden en un peligroso desprecio del hombre y de su vida y, en última instancia, de Dios mismo» (6/12/2005).

Para el cristiano, la verdad no es una idea maravillosa, ni una corriente de pensamiento, ni una escuela de filosofía, ni una opinión política. Puede haber (¡es coherente con la inteligencia humana!) pequeñas verdades. Cierto. Pero para nosotros la verdad es una persona: Jesucristo.

Pidamos al Resucitado y al Espíritu Santo que el Señor pueda añadir sobre nosotros lo mismo que sucedió cuanto se presentó a los Once: «Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45).

Jesús les envió, revestidos de la fuerza del Paráclito, para que fueran sus testigos hasta los confines de la tierra. El envío lo actualiza hoy para cada uno de nosotros. Evangelizamos no por proselitismo, ni imponiendo el Evangelio, ni lavando el cerebro a nadie. No. Evangelizamos porque Jesucristo, vivo, resucitado, Señor de cielo y tierra, juez de vivos y muertos, ha salido a nuestro encuentro, nos ha enamorado, nos ha seducido, nos ha amado, nos sigue entregando su Cuerpo y su Sangre, su Divinidad y su Palabra. Evangelizamos porque hemos conocido la verdad, y la verdad (Él mismo) nos ha hecho libres.

Escuchamos a san Manuel González
«Jesús es siempre Maestro; lo mismo sobre su Cátedra del pesebre de Belén, sobre el pavés de la sinagoga y del templo, sobre la Cruz del Calvario, sobre el solio pontificio de Pedro, como oculto bajo las especies de una Hostia consagrada y guardado dentro del copón del más ruinoso y abandonado Sagrario. ¡Siempre Maestro! ¡Siempre pudiendo afirmar, como ante el tribunal de sus enemigos, que Él había venido a dar testimonio de la verdad! Jesús no sólo es siempre Maestro, sino también y en todos sus estados, de gloria como de ignominia, es siempre Palabra de Dios, lo mismo en el seno del Padre, como encarnado en el seno de María u oculto en el fondo del Copón» (OO.CC. I, n. 997).

Oración final
Oh, Padre, escucha la oración que te hemos presentado y tantos otros deseos, anhelos, búsquedas e inquietudes que la Palabra suscita en nosotros, para que, por la luz y la fuerza del Espíritu consolador, sepamos unir inteligencia y amor, razón y fe, haciendo muy nuestra la exclamación de tu Hijo: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.