La liturgia, encuentro con Cristo (mayo 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2020.

Ad Cœnam Agni: a la Cena del Cordero

El himno pascual de Vísperas es una auténtica profesión de fe eclesial en la victoria de Cristo: por los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía la multitud creyente, renacida a la gracia y agregada al triunfo del Cordero, está llamada a participar del fruto del árbol de la vida del Paraíso. Este es el objeto de nuestra alabanza y el mensaje para el mundo.


Jesucristo mismo te dice: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y comeremos juntos» (Ap 3,20). Compartir su mesa supone participar de su misma vida. Él, en el contexto de la Pascua de Israel, celebra su propia Pascua con la donación de sí, convirtiéndose en el verdadero Cordero que lleva a cumplimiento todo el culto antiguo (cf. 2Cor 5,17; Ef 5,2). Y, ahora, en los signos de un banquete el Espíritu Santo nos permite participar del mismo sacrificio de Cristo: su entrega al Padre. Este sacramento de la Cena es prefiguración, mejor prenda, de la Cena del Cordero: el banquete de las bodas eternas al que estamos invitados por el Bautismo (cf. Ap 19,9).

Esto se pone de manifiesto, de una manera especial, en la Pascua; y, de manera, muy concreta y catequética en el himno litúrgico del Oficio de Vísperas de la Cincuentena pascual. Un himno que ya en el siglo XIX fue traducido y cantado como antífona para cantar durante la comunión de la Misa. Un texto que, también, se puede cantar, en sus diversas versiones o traducciones, a la hora de exponer el Santísimo Sacramento durante la Cincuentena Pascual o los domingos durante el Tiempo Ordinario.

Su música la podemos encontrar fácilmente en internet tanto con el título Ad Cœnam Agni como Ad regias Agni dapes.

Himno pascual en siete estrofas
En el Oficio divino, el himno es la pieza introductoria que sitúa a cada comunidad orante y a cada persona en la hora de la jornada (mañana o tarde) y en el tiempo litúrgico de la celebración (Adviento, Navidad, Pascua, etc.). No estamos, pues, ante una simple canción devota. El himno, dando la tonalidad propia de cada oración, nos sitúa en clima de oración festiva y expresa nuestra fe (cf. Ordenación General de la Liturgia de las Horas [OGLH], 42).

Este himno fue, durante muchos siglos, el único que existía en la Iglesia romana para el Oficio de Vísperas de la Cincuentena Pascual; por lo tanto, es el texto que conoció e hizo cantar las maravillas de la Pascua a san Manuel González García. Desgranarlo es entrar en el sentido del tiempo litúrgico de la Cincuentena, o de cada domingo, y participar en la alegría de la novedad de la Pascua.

En el himno del Oficio vespertino, que se celebra cuando se encienden las lámparas, el protagonista es el Cordero: «Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero, el mismo «que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado» (CatIC, 1137).

1. Ad cenam Agni próvidi
Invitados a las bodas del Cordero
revestidos de vestiduras de salvación,
después del tránsito del Mar Rojo
cantamos a Cristo como Príncipe.
El destino de los bautizados, que simbólicamente «han atravesado las aguas del Mar Rojo» (1Cor 10,2) y han recibido en el primer sacramento «las blancas túnicas», es participar en «la Cena de bodas del Cordero» (Ap 19,9; cf. Ex 13). La prenda, o sacramento, de esa realidad la anticipamos en cada Eucaristía, memorial de la Cena de Pascua de Cristo, a quien confesamos como Señor.

Esta primera estrofa del himno pascual evoca a los néofitos (recién bautizados) revestidos con las túnicas de la salvación (stolis salutis) a punto ser admitidos, por vez primera, al banquete nupcial del Cordero: la mesa eucarística. Antiguamente, y todavía en algunos lugares, los recién bautizados llevan en la liturgia de la octava de Pascua sus vestidos blancos talares. Esa túnica era, muchas veces, la vestidura con la que eran sepultados; indicando, así, el sentido pascual de la muerte cristiana.

2. Cuius corpus sanctíssimum
Él, cuyo cuerpo santísimo
fue inmolado en el ara de la cruz
ha derramado su sangre roja
gracias a ella vivimos en Dios.
«La sangre será la señal» de la liberación para la vida (cf. Ex 12,13). En la Pascua anual, como cada domingo, pascua semanal, recordamos que hemos sido rescatados del pecado «con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha ni defecto» (1Pe 1,18 ss.); pero, también, que participamos sacramentalmente de ese Misterio: Él ha querido que los bautizados «gustando de su sangre rosada y de su cuerpo santísimo, inmolado tórridamente en el ara de la Cruz, pudiésemos vivir la misma vida de Dios».

Es interesante el uso del adjetivo tórrido (abrasado) unido al suplicio de la cruz (in ara crucis torridum); de hecho, el cordero tras ser degollado era asado (torridum) en unos maderos cruzados: «un asador le atraviesa desde la cabeza a los pies, y otro por las espaldas, al que se sujetaban las patas delanteras del cordero» (Justino, Dial. 40,3).

3. Protécti paschæ véspere
Protegidos en la tarde de la Pascua
contra el ángel exterminador
hemos sido arrancados
del pesado yugo del Faraón.
Protegidos en la víspera de la Pascua contra el ángel exterminador que libró a los primogénitos de los hebreos, nosotros hemos sido arrancados del pesado yugo del Faraón (cf. Ex 14,30). La primera pascua se celebró antes de la gran liberación por eso toda celebración pascual es, también, espera de la salvación. La pascua de los panes ácimos y del cordero fue instituida como memorial de la liberación de Israel de la servidumbre egipcia. En el pueblo de los rescatados, cada año, como respuesta a las cuestiones del más pequeño de la familia, se volverían a relatar las maravillas que hizo el Señor: una historia siempre presente como memorial y acción de gracias a Dios.

4. Iam pascha nostrum Christus est
Nuestra Pascua es Cristo
el inocente Cordero inmolado
nos dio su carne como comida
el pan ácimo de la sinceridad.
«Sin derramamiento de sangre no hay perdón» (Heb 10,22); sin embargo, el nuevo pueblo de Dios ya no mata corderos: se sabe liberado por la sangre de Cristo, cordero de Pascua inmolado (cf. 1Cor 5,7). Jesús murió en el día en que se sacrificaba el cordero pascual; murió como verdadero cordero que entrega su vida, derrama su sangre, para darnos vida eterna (Jn 3,16). Somos liberados, redimidos, rescatados por la sangre de ese Cordero para una vida nueva en sinceridad y verdad (cf. Jn 8,32).

«Nos dio su carne como comida: el pan de la pureza y de la sinceridad» para celebrar la Pascua de nuestra vida (cf. 1Cor 5,8). La expresión «ácimos de sinceridad» o «limpios de malas acciones» se refiere a nosotros, los bautizados en Cristo. Estamos llamados a dejar la vieja levadura a fin de ser nueva masa, sin levadura; porque «nuestra Pascua, que es Cristo, fue sacrificada» (cf. 1Cor 5,7). «Justificados en su sangre» celebramos la fiesta de la vida «con el pan ácimo de la sinceridad y la verdad» (Rm 5,9). Las palabras de esta estrofa expresan el núcleo de nuestra fe por eso las cantamos en la Noche santa y en el día de Pascua durante la Comunión (cf. 1Cor 5,7 ss; «Nuestra Pascua inmolada»).

5. O vera, digna hóstia
Es víctima realmente digna
por quien el infierno fue aniquilado
y liberado el pueblo cautivo
le restituye el premio de la Vida.
«¡Digno es el Cordero Inmolado!» (cf. Ap 5,9; 5,12). Esta víctima, hostia perfecta e inmaculada, ya estaba prefigurada en la Pascua de Israel: el cordero pascual sin defecto (cf. Ex 12,5). «El pueblo cautivo» por el pecado ha sido «rescatado con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha ni defecto» (1Pe 1,18 ss.).

En el libro del Éxodo (12,46) se dice que no debía quebrarse ni un solo hueso del cordero de la pascua (cf. Num 9,2; Sal 33,20). El cuarto evangelista subraya que eso sucedió con Cristo (cf. Jn 19,32. 36). Jesús, «auténtica víctima celestial», en el madero derrama su sangre para la liberación: «el premio de la vida eterna» (Jn 3,16). No fueron quebrados los huesos sino los cerrojos y la puerta de los infiernos (tártara), y (en el inframundo de la muerte) una multitud de cautivos (que esperaba la Redención en el Abismo de la historia) ha recibido el premio de la vida.

6. Consúrgit Christus túmulo
Jesucristo se levanta del sepulcro
vuelve vencedor de los infiernos
encadenando al tirano,
y abriendo las puertas del Paraíso.
La tumba vacía de Jerusalén, aquel túmulo, es un signo para el mundo: el sábado ha pasado definitivamente y el domingo, día en que Cristo ha vencido, es nuestra jornada de esperanza. El que se entregó a la oblación con la humildad del cordero resurge del abismo (báratro) con la fuerza del León (cf. Ap 5,5) y lleva con Él a los que han sido lavados en el agua y en la sangre (cf. Ez 36,25; Hb 9,14; 10,22 1Cor 6,11; Ap 7,14).

El himno es una confesión explícita de victoria y esperanza: el tirano de la Humanidad no puede ya impedir el acceso al Paraíso, abierto de par en par, por la sangre del Cordero. Tenemos acceso al árbol de la vida: podemos mirar con esperanza, podemos volvernos con certeza esperanzada hacia Oriente (cf. Gn 2,8; Bar 4,36).

7. Esto perénne mentibus
Sé tú, Jesús, para nosotros
el gozo perenne de la Pascua,
y dígnate hacer partícipes de tu triunfo
a quienes hemos renacido a la gracia.
El himno, confesión de fe pascual, se torna hermosa plegaria de súplica en la hora de la tarde: la hora del sacrificio vespertino en el Templo, la hora de la Cena, la hora de la entrega en la cruz. En esa hora de la misericordia y de la indulgencia, como decían los antiguos hispanos, se eleva la plegaria como el incienso en medio del gozo pascual: los dones de la gratuidad, la alegría y la victoria del León (cf. Ap 5,5).

Su doxología
Gloria a ti, Señor,
resucitado de entre los muertos,
con el Padre y al Espíritu Santo
por los siglos de los siglos. Amén.
Si leemos despacio algunos textos bíblicos (Lc 22,15 ss.; Mt 26,29; Ap 19,7-9; 15,1-3) nos daremos cuenta de la dimensión escatológica o futura que toda Eucaristía lleva consigo. No en vano, celebramos en sacramento la Cena del Señor, memorial de «aquella» memorable Cena de Pascua, hasta que Él venga para comer juntos en la Cena eterna. Lo hacemos con la doxología trinitaria de la Iglesia donde se subraya la «resurrección de entre los muertos»: la victoria.

El León de Judá
Cuando Juan, según el Libro de la Revelación, contempla por primera vez al Cordero lo que está buscando es un león. En efecto, ante la incapacidad de que nadie le explique el sin sentido de una historia de sufrimiento («abrir los sellos del libro enrollado») el vidente se angustia pero escucha: «No llores; porque el León de la tribu de Judá, el descendiente de David, ha vencido y puede abrir el libro y sus siete sellos» (Ap 5,5). Juan busca a su alrededor al León de Judá, pero lo que ve no es un animal poderoso sino un humilde Cordero que, a pesar de aparecer «como si hubiera sido sacrificado» (Ap 5,6), está en pie, victorioso, ocupando el trono del cielo (Ap 22,3), como Señor y Juez de la historia (Ap 6,15-16). Este es Jesús de Nazaret, «el Cordero de Dios» (Jn 1,29.36; cf. Hch 8,32 ss.; 1Pe 1,19). Así fue presentado por el Bautista, predicado en la primera catequesis y, ahora, cantado por nosotros en la liturgia.

Texto latino
1. Ad cenam Agni próvidi,/ stolis salutis cándidi,
post tránsitum maris Rubri
Christo canámus Príncipi.

2. Cuius corpus sanctíssimum
in ara crucis tórridum,
sed et cruórem róseum / gustándo, Deo vívimus.

3. Protécti paschæ véspere / a devastánte ángelo,
de Pharaónis aspero / sumus erépti imperio.

4. Iam pascha nostrum Christus est,
Agnus occísus innocens;
sinceritátis ázyma / qui carnem suam obtulit.

5. O vera, digna hóstia,
per quam fragúntur tártara,
captíva plebs redímitur, réddúntur vitæ prǽmia.

6. Consúrgit Christus túmulo,
victor redit de bárathro,
tyránnum trudens vínculo
et Paradísum réserans.

7. Esto perénne mentibus,
paschále, Iesu, gáudium,
et nos renátos grátiæ / tuis triúmphis ággrega.

8. Glória tibi Dómine, / Qui surrexísti a mórtuis,
cum Patre et almo Spíritu, in sempitérna sǽcula.
Amen.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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