Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

«Los sufrimientos de ahora no se pueden comparar
con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18)

El sufrimiento forma parte de nuestra existencia humana, de nuestro paso por esta tierra. El sufrimiento es mucho más que el dolor. Este, normalmente, se ciñe a lo corporal, a causa de las enfermedades transitorias o crónicas, o a la pérdida de seres queridos.


El sufrimiento abarca a todas las dimensiones de la persona: corporal, intelectual, afectiva, relacional, laboral, espiritual…Si la necesidad más importante del ser humano, además de alimentarse y tener garantizada una mínima subsistencia, es ser amado y poder amar, entonces el mayor sufrimiento es no sentirse amado por nadie, estar completamente solo, ser tenido por escoria de la sociedad.

La experiencia que estamos viviendo de esta pandemia del coronavirus, con tantas muertes y tantas otras personas infectadas, nos está conduciendo a abrirnos a las grandes preguntas que todo ser humano ha de hacerse:

  • ¿Qué sentido tiene mi vida?
  • ¿Soy consciente de mi debilidad y pequeñez?
  • ¿Por qué vivo y para qué vivo?
  • ¿Qué sentido tiene el sufrimiento en la Humanidad?
  • ¿Por qué existe el mal?
  • ¿Cómo afronto mi propia muerte?
  • ¿Qué hay detrás de la muerte?

Tal vez en otras muchas ocasiones nos hemos formulado estas preguntas. Tal vez estén ya contestadas. Tal vez, no. Sea como sea, es bueno y necesario ponerlas ante la mirada de Dios, responderlas desde la luz de la Palabra divina, el testimonio de Jesucristo y de los santos y los mártires, o la sencilla herencia de personas de profunda fe que hemos conocido en nuestra historia personal, en la familia o en la comunidad cristiana.

El testimonio de san Manuel González es estímulo, luz y esperanza para afrontar las situaciones de sufrimiento que nos toca vivir.

Postrémonos ante Jesús Eucaristía, en adoración, reconociéndole como el Pan de la vida, el Médico del cuerpo y del alma, el Hijo amado que nos ama y da sentido a nuestro paso por la tierra. ¡Venid, adorémosle!

Oración inicial
Vengo ante ti, Cristo sacramentado, para adorarte, reconociéndote como único dueño y Señor de mi vida, creyendo en tu presencia real y sacramental en medio de nosotros; te pido que des luz a todos mis sufrimientos, que fortalezcas a los que están solos y abandonados, que transformes a toda la Humanidad en una gran familia de hijos tuyos, donde quien sufre encuentra tu consuelo y el aliento generoso de los demás. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Rm 8,18-24

Meditación
La adoración eucarística ha de estar acompañada de la contemplación de los misterios de la vida de Cristo. Ante la realidad del sufrimiento humano hemos de contemplar al Hijo de Dios clavado en la cruz y, desde Él, con la inteligencia de la fe, creer que ningún sufrimiento es inútil cuando el que sufre se une a los dolores de la Pasión de Cristo, que con su muerte y resurrección trajo la redención al género humano: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).

El Apóstol de los gentiles nos comunica su propia experiencia. Nos ayuda hoy, siglo XXI, a penetrar en el sentido salvífico del sufrimiento.

Es a la luz del misterio de la redención donde adquiere sentido nuestro sufrimiento. La última palabra no la tiene el pecado del hombre, la muerte, o la insidia del demonio, sino la victoria de Cristo, su resurrección, la certeza de la eterna bienaventuranza, la entrada en la gloria de Dios.

El hombre sufre cuando experimenta cualquier mal. Ahora bien, ¿qué es el mal?

Para algunas culturas, religiones y corrientes de filosofía, la propia existencia humana es un mal del que hay que liberarse. El cristianismo proclama el bien de la existencia, la alegría de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, de ser hijos suyos por el Bautismo.

El sufrimiento existe porque existe el mal. Porque en su origen el ser humano fue creado para la inmortalidad: «Dios creó al hombre incorruptible, lo hizo a imagen de su propio ser; mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando» (Sab 2,23-24).

Dios Padre envió a su Unigénito como salvador para que el amor venciera al sufrimiento y la muerte: «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Dios envía a su Hijo haciéndose en todo igual a nosotros, menos en el pecado, asumiendo la finitud, la temporalidad, el sufrimiento y la muerte de la condición humana. Dios lo envió para liberar al que crea en Él, de todo mal, incluido el sufrimiento.

La enfermedad más grave
La enfermedad más grave es el pecado, porque este produce separación de Dios, de su amor y del prójimo. La muerte más terrible es la pérdida de la vida eterna. De estas dos esclavitudes ha venido a liberarnos Jesucristo, asumiendo la esencia del Siervo de Yahvé: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero fue traspasado por nuestras rebeliones, torturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-5).

Esta varón de dolores es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Solo Él, el Unigénito, podía cargar sobre sí, desde el amor infinito del Padre, los pecados de toda la Humanidad. En su sufrimiento nuestros pecados han sido borrados.

El sufrimiento humano es siempre una prueba, a veces muy dura, a la que es sometida la Humanidad. Una prueba que purifica nuestra fe, que nos lanza al abandono en las manos del Padre, como Jesús en la cruz, que nos garantiza que nunca nos faltará el amor de Dios: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?; ¿la angustia?; ¿la persecución?; ¿el hambre?; ¿la desnudez?; ¿el peligro?; ¿la espada? […] En todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, […] ni ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35-39).

El sufrimiento ciertamente pertenece al misterio del hombre. Y el misterio del hombre solo se ilumina desde la verdad y la vida de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre: «en realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque […] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (GS 22).

En Cristo y desde Cristo el sentido del sufrimiento es sobrenatural y natural. Sobrenatural en cuanto que encuentra su luz y su esperanza en el misterio de la redención: Cristo, muerto y resucitado, que vence el mal y trae la salvación eterna. Natural, en cuanto que cada persona en esa situación se topa con su finitud y se encuentra a sí misma y afianza su propia dignidad y su misión en esta tierra.

Escuchemos a san Manuel
Meditando la última petición del Padrenuestro, afirma el obispo del Sagrario abandonado: «Y líbranos del mal. Obstáculos, además del pecado y del peligro de caer en él por la tentación, son los otros males del alma y del cuerpo que me privan de los medios necesarios para mi adelantamiento. Pido, pues, se alejen, pero únicamente en la medida en que pueden menoscabar la gloria de Dios y mi verdadera felicidad, pues cuando el Señor permite los males, es para sacar de ellos mayores y más sólidos bienes. ¡Cuán grande es la delicadeza de nuestro Padre celestial y del Corazón de nuestro hermano Jesús! Sólo permite suframos lo indispensable para nuestra salud verdadera. ¿Me doy cuenta de los innumerables males de que sabiéndolo yo, y sin saberlo, el Señor me ha librado, y se lo agradezco? ¿Tengo fe viva y seguridad de que quiere y puede librarme de ellos y de que, cuando me deja en algún sufrimiento es para mayor bien mío y porque me ama?» (OO.CC. II, n. 2644).

«Dice san Francisco de Sales: Vale más una onza de sufrimiento que una libra de acción. ¿Os enteráis almas de enfermos, de débiles, de perseguidos, de despreciados, de los que el mundo llama infelices y pobre gente? Ofreced onzas y onzas de sufrimientos llevados en silencio y con honra y al fin de la jornada, el Corazón de Jesús os presentará las grandes obras labradas con vuestras lágrimas» (OO. CC. II, n. 2845).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.